Hay palabras que se ponen de moda, quizás porque cobran fuerza ante la actitud de las personas. Esto es lo que ocurre con “trampantojo”, que significa la “Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es”.

El concepto de trampantojo nació como la técnica pictórica que intenta engañar a la vista jugando con la perspectiva, el sombreado, el efecto óptico y el fingimiento. Pero, como disponemos de tan sorprendente capacidad adaptativa, acoplamos aquello que más nos interesa a nuestra realidad, es el caso del “fingimiento”.

En esto ha acabado la política española: en un continuo trampantojo de hacernos creer aquello que no es, y lo que es peor, que intencionadamente no se piensa cumplir.

La puesta en escena del PP y Ciudadanos cae ya en el bochorno y en la indignación, si no fuera, porque de tanto repetirlo, alguien puede dudar que fuera de otra manera. Decía con acierto Eduardo Madina que “la excusa de Pablo Casado es el otro Pablo, el Iglesias”. Así es. Si Pablo Casado hubiera pensado sinceramente y de verdad, propiciar un gobierno socialista en solitario, ha tenido infinidad de ocasiones para hacerlo. No hubiera hecho falta repetir las elecciones, podría haber tomado la decisión en primera, en segunda convocatoria, o en cualquier audiencia con el Rey. Pero no fue su intención. Tuvo otra oportunidad de realizarlo en estas segundas elecciones, después del resultado del 10 de noviembre, y sin esperar a que Pedro Sánchez buscara al socio de Podemos, haber dado el gran paso “patriótico” y decir que contaba con la abstención del PP.

A estas alturas de las negociaciones, cuando el propio PP no ha dejado más salidas, cuando ha puesto entre las cuerdas la única posibilidad que tiene el PSOE para formar gobierno, sigue insistiendo en su “trampantojo”, con el fin de engañar intencionadamente a la población, justificar ante sus votantes de derecha, y seguir en la manipulación escénica en la que ha montado su verbo político.

Lo mismo sucede con Arrimadas y Ciudadanos, pero de forma más grave. ¿No ha aprendido nada Inés Arrimadas de lo ocurrido con Rivera?

La gran promesa de la política española que iba a cubrir el espectro de centro (derecha). Un centrismo moderado, moderno, liberal, agnóstico, poco tradicionalista, y con aires europeos que despegó en las elecciones porque ese espacio existe en España, se dio el gran batacazo electoral. Y será uno de los fracasos que se estudien en ciencias políticas, porque lo normal es que un líder pierda su posición acosado por la propia organización, con una pérdida electoral por errores del partido, pero lo sorprendente es que sea el propio líder quien, cegado y borracho de soberbia, no escuche ni a su propia organización, ni a sus líderes autonómicos, ni a sus votantes, quienes desconcertados por el brusco cambio del rumbo de Ciudadanos, optaron por abandonar a la organización.

Nadie, absolutamente nadie, más allá de Arrimadas y cuatro fieles a Rivera, entendió que estaba haciendo políticamente su líder: ¿ocupar el papel del PP? ¿ser más españolista que Vox? ¿ser de derechas en vez de centrista? ¿líneas rojas al PSOE? En definitiva, tanta fue la confusión y el desconcierto que lo pagó en las urnas.

¿Qué hubiera pasado si Ciudadanos hubiera, en su momento, dado el paso de abstenerse a un gobierno del PSOE? No se trata de hacer futuribles porque es evidente que ese era el papel que se esperaba de Ciudadanos: actuar verdaderamente de fuerza equilibradora en la política española.

En cambio, Arrimadas sigue jugando, con sus escasas pertenencias políticas, al trampantojo. A decir palabras grandilocuentes, a echar leña al fuego, a repetir el discurso fracasado, a perder sus posiciones tanto en España como en Catalunya.

Los trampantojos son muy útiles para jugar al escondite político, para decir lo que no es, para engañar deliberadamente, algo que lamentablemente se ha puesto de moda en la política en general (véase a Johnson o a Trump).

Pero acaban siendo inservibles para construir Política, para la convivencia, para el rigor y la seriedad, para las negociaciones de verdad, aquellas basadas en la palabra y el honor, en la credibilidad de los implicados.

Lo lamentable es que la ciudadanía se ha acostumbrado tanto al juego de los engaños que parece que ya no pasan factura electoralmente. ¿De verdad ya no se sancionan las mentiras?