Es cierto que sus recetas para afrontar la crisis bancaria y financiera son tímidas, un tanto complacientes con los propios responsables del desastre y están lastradas por un equipo demasiado vinculado a intereses sospechosos. Que su apuesta por la reactivación económica es oportuna y deseada por la gente, pero esta plagada de compromisos y maniobras que podrían aminoran su impacto, como le reprocha el Nobel Krugman. Que la liquidación de las depravaciones herederas de la era Bush ha devuelto un aire de decencia a la Casa Blanca, pero una incómoda ambigüedad a la hora de detectar y castigar a los violadores deliberados de los derechos humanos empañan sus propósitos. Como dice Human Rights Watch, en este terreno, Obama ha hecho “progresos significativos” pero también ha dado “pasos en falso”.

Quizás lo más valioso de estos cien días es que Obama no ha querido disimular sus debilidades, sus dudas, sus componendas. Puede ser ingenuidad o falta de experiencia. O pura exigencia de su marketing político, en el que exhibe una destreza impresionante. Pero, en positivo, puede tratarse de una apuesta atrevida por la honestidad. Los norteamericanos aprecian que el presidente más popular en una generación no presuma de poder resolverlo todo. De momento, les vale con que les hable claro. Por supuesto, quieren soluciones, quieren recuperar los empleos perdidos, las casas hipotecadas, el futuro secuestrado. Pero agradecen que no se les haga el discurso ni las poses de salvapatrias.

Desde fuera de Estados Unidos, Obama ha sido un alivio. Menos ingenuos, los europeos aplazan el análisis de fondo hasta completar un kilometraje más amplio, pero se sienten cómodos con el comportamiento del piloto. Con el estilo de liderazgo de Obama se puede trabajar. Los problemas volverán, las tensiones no se podrán evitar. Pero se confía en una gestión sin dramatismo de los conflictos.

Los latinoamericanos, acostumbrados a ser despreciados cuando no vilipendiados por el vecino del Norte, son los que mejor pueden apreciar este cambio en Washington. El cruce de desafíos positivos con Cuba, el apretón de manos de Chávez, las invitaciones a compartir y no a imponer no solucionan nada de por sí, pero todos aceptan que se trata de gestos positivos que había que dar, y se han dado.

No es raro que el WALL STREET JOURNAL dude de la fe de Obama en el diálogo con sus aliados y adversarios. O que LOS ANGELES TIMES asegure que «el presidente haya recorrido el mundo criticando a su predecesor, flagelando la nación en el altar de la opinión pública internacional”. Es pura expresión de la incomodidad del establishment. Por el contrario, la llamada prensa liberal percibe en América “alivio y orgullo” (THE NEW YORK TIMES) por el entusiasmo que despierta el Presidente.

Paciencia y humildad. Un buen ejemplo de este nuevo paradigma en la política exterior lo señaló Hillary Clinton cuando admitió los errores de Estados Unidos en el crecimiento del narcotráfico, auténtica amenaza de destrucción de lo que queda de democracia en el vecino México. La asunción de responsabilidades coloca a Washington ante el inevitable cambio de juego. Que Obama se haya atrevido a abordar el intrincado problema de la inmigración ilegal –un fenómeno hispano- le añade valentía al empeño.

Desde una perspectiva progresista hay otras actuaciones que resultan inquietantes. Si los años de Obama no sirven para invertir la tendencia antiredistributiva de los últimos treinta años, la decepción podría ser enorme y los efectos, a medio y largo plazo, demoledores. Por eso, la consecución de la reforma del sistema salud resulta tan emblemática. No sólo resolvería una deuda social histórica: constituiría el mayor desafío a los grandes intereses que condicionan la democracia norteamericana.

Las fracturas sociales en Estados Unidos han alcanzado una dimensión de la que se tiene quizás poca conciencia en Europa. Hemos importado un modelo que resulta tóxico para un proyecto de justicia social. Europa necesita revisar principios y prácticas que se han presentado como indiscutibles en los últimos treinta años. Paradójicamente, del mismo lugar del que vino la perversión pueden llegar ahora ciertas inspiraciones reparadoras. Obama no es un revolucionario, no tiene esa ambición, y sus credenciales reformistas están por demostrar. Pero basta con que cambie las agujas allá para que caigas acá determinados muros conceptuales.

La otra amenaza tiene que ver con las responsabilidades de Estados Unidos en la recomposición del orden mundial. Los medios progresistas andan estos días muy inquietos por la lectura que consejeros del presidente están haciendo sobre lo que podemos denominar “intercambio de guerras”. Iraq por Afganistán. El discurso de la lucha contra el terror está plagado de falsedades, de profecías autocumplidas, de profunda deshonestidad intelectual. Obama no las produce, pero puede intoxicarse con residuos muy activos que siguen corrompiendo el pensamiento estratégico del establishment norteamericano. No se ha explicado por qué el avance taliban amenaza a Estados Unidos a Occidente, porque difícilmente sea verdad. A los que amenaza es a los afganos, sobre todo a ciertos sectores de la población. Pero el principal responsable de la recuperación islamofanática ha sido la irresponsable política norteamericana: la histórica, pero también la reciente. No puede taparse la torpeza con una “guerra justa”. Y Obama, a veces, da la sensación de que se autocomplace con esa pirueta.

Y finalmente, otro elemento de preocupación es el silencio ante los mecanismos falaces del sistema político. Irrita ese gusto de los norteamericanos por creerse protegidos por la pureza de los orígenes. El historiador Howard Zinni ha dejado escritas páginas soberbias sobre la perversión intrínseca de la democracia americana. En este asunto, Obama está siendo demasiado convencional, por el momento. Puede ser una cuestión de prioridades, o de agotamiento de energías, él, tan hiperactivo. Pero parece más bien la resistencia clásica a no aceptar la terrible levedad del oficio de político en Estados Unidos. La creatividad de su campaña, la irresistible modernidad de su discurso, la fortaleza tecnológica en la construcción del nuevo imaginario no pueden ocultar la extrema necesidad que la democracia norteamericana tiene de reinventarse, si no quiere convertirse en un puro artificio. En estos cien días no ha habido un hueco para eso. Pero también es verdad que pocos lo han reclamado.