Las recientes elecciones catalanas, y hace unos meses las municipales y autonómicas, si han dejado una cuestión meridianamente clara es que la sociedad española en su conjunto, y la catalana como parte esencial de la misma, están demandando un profundo cambio en la vida política. También han indicado que es en la política y desde la política el terreno de juego donde este cambio ha de iniciarse. El árbitro (los ciudadanos) ha pitado el inicio del partido. Hay jugadores sobre el terreno, hay propuesta importante de juego (la reforma constitucional y no solo ésta), el juez de la contienda decidirá el 20 de diciembre y por tanto el tiempo de juego ha comenzado. Ahora como dicen los futboleros los jugadores deben «saber leer el partido» y pensar que el vencedor no se llevará el trofeo sino que asumirá la difícil tarea de liderar el gran reto para la regeneración de la vida pública de España, que ha de iniciarse tras las elecciones generales, sin miedos ni riesgos.

Cuáles deben ser los contenidos de la reforma constitucional será el gran debate de las próximas semanas. Los contenidos de la misma, serán la gran oferta que habrán de  mostrar a los ciudadanos los diferentes postulantes a liderar este proceso. Siendo además conscientes que en esta ocasión salir del desencanto, en el que hemos estado viviendo en estos años, sólo puede ser obra de una gran acción colectiva y consensuada y que ha de transcender de la política a la sociedad en su conjunto.

A estos efectos, recomiendo vivamente la relectura de un artículo de los años ochenta de Elías Díaz, «El dulce encanto del desencanto»[i], en el cual refiriéndose a la frustrante situación anímica que vivía España tras la aprobación de la Constitución del 78 y no eran llevados a cabo los cambios que el país necesitaba, decía el profesor: «… lo que ya hay (en parte) y lo que tiene que haber y fortalecerse -sin soluciones tecnocráticas- es trabajo serio, análisis riguroso de los problemas, conocimiento a fondo de las cosas, crítica fundada y libre (por lo menos, intento de todo ello) y, de paso, exigencia de responsabilidad, incluso jurídica, para todos. Ya está bien, creo, de lloros y de lamentos «estéticos», cuando no de un vulgar sadomasoquismo con «daños a terceros». Quien tenga algo que decir sobre algo, que lo diga, esté o no equivocado (ya se dice, por supuesto): y quien sepa o crea saber cómo solucionar algún problema concreto (o no concreto), que lo diga también; que diga cómo se hace o cómo se soluciona; al menos, cómo empieza de verdad a solucionarse. Y quien sepa hacerlo, que lo haga: desde luego, si el pueblo le autoriza a ello; nada de salvadores por la gracia de Dios…».

Creo que es bastante trasladable a la situación actual y recuperar la pulsión de cambio que el cuarto quinquenio del siglo XXI está demandando.

El líder Albert Rivera, reclamando para sí el liderazgo de este camino a transitar, habla de cuarta regeneración (Felipe, Aznar, Zapatero y ahora él). Ni de lejos hablamos de un cambio político de «quítate tú que me pongo yo». Rajoy y el PP no pueden oír y menos pronunciar ni la palabra cambio –menos, regeneración- oír, ni escuchar, les produce una sensación de vértigo, pues ellos son objeto del cambio político y no de momento sujeto de él. Están inhabilitados para remover estructuras, borrar privilegios y crear mecanismos que puedan significar transformación y modernización pues la corrupción interiorizada imposibilita tener visión de hacia dónde hay que caminar.

En definitiva, regenerar es salir del estancamiento político en el que nos encontramos desde hace ya demasiados años. Reformular la Política con mayúsculas para hacer políticas, con minúscula, más eficientes social y económicamente. Quitar lo viejo e inservible y sustituirlo por nuevos planteamientos que se ajusten a una nueva sociedad producto de la gran transformación que se ha producido en ella, tanto por la revolución científico tecnológica, la única revolución que ha tenido resultados positivos en el último siglo, como por la evolución en el desarrollo social que ha modificado las expectativas cívicas.

En una democracia saludable y en progreso como debe ser la nuestra y la europea, lo normal y no lo extraordinario, es que los partidos presenten exigencias parecidas o incluso idénticas en muchos temas.

La propia reforma constitucional es uno de ellos y eso es a la larga positivo pues propicia el consenso. Pero también la agenda se compone de cuestiones que en este minuto se han convertido en esenciales. La reforma de los partidos políticos, de su funcionamiento, financiación, incompatibilidades, de la legislación electoral; la reforma laboral, las relaciones laborales, la revitalización y reformulación del papel de los sindicatos, pues sin sindicatos no hay economía social de mercado que valga; el funcionamiento eficaz y transparente de las Administraciones Públicas, la desaparición de instituciones que han quedado superadas con el tiempo como las Diputaciones Provinciales, o las que se duplican, el control de la contratación pública para evitar la corrupción y muy importante, los modelos de gestión de los organismos públicos; las relaciones entre la empresa privada y el poder público; la búsqueda de una posición de equilibrio entre consumidor y mercado, más lejos y eficaz que dejar todo a la reclamación jurídica, evitar las practicas de colusión, la expulsión del mercado de las empresas corruptoras, la inhabilitación de sus directivos; un modelo educativo estable y de calidad, la potenciación y salvaguardia de la innovación científica y tecnológica como política de Estado; la erradicación de la violencia de género como la mayor lacra de una sociedad que se dice avanzada, y un largo etc… que sería muy prolijo plasmar aquí al completo. La gran lista de tareas a abordar y cambiar yo creo que está hecha por todos.

Estamos por tanto, esperemos, ante un debate donde las cuestiones relacionadas con prioridades, el orden en abordar los asuntos que hay que resolver, los métodos de resolución y los acentos que se ponen en cada problema, se convierten cada vez más en sustancia para la formación de la opinión de los ciudadanos sobre lo que han de decidir en Diciembre. Ello facilitará el gran Pacto que desde la convergencia de la pluralidad ha de producirse.

A la sociedad española le falta hoy ilusión, voluntad y capacidad política para la resolución de los problemas que tiene encima de la mesa. En 1982 es lo que se puso en marcha para salir del desencanto en el que había caído por inacción una democracia joven como era la española.

Ahora somos una democracia imperfecta, pero madura, y el reto igualmente es regenerar sobre todo ilusión colectiva.

[i] Diario El País, domingo 29 de junio de 1980 http://elpais.com/diario/1980/06/29/opinion/331077607_850215.html