Es cierto que aquella bandera estadounidense sobre la luna constituía un movimiento clave sobre el tablero de la guerra fría en los últimos años sesenta. Y también es preciso recordar que los impulsores del programa Apolo eran conscientes de estar dando los primeros pasos en la carrera por la explotación económica del ciberespacio. Pero nada de esto enturbiaba la clara convicción de la mayoría de que el “pequeño paso” de Armstrong acabaría repercutiendo positivamente en sus vidas.

Me temo que la sensación general hoy es bien distinta. Existe plena confianza en la capacidad humana para continuar venciendo límites, pero no está nada claro que el conjunto obtenga resultados positivos de tales conquistas. Los conceptos con lo que se asocia en la actualidad el avance tecnológico tienen menos que ver con el progreso general que con el auge del consumismo, la acumulación de riqueza en pocas manos, el perfeccionamiento del arte de la guerra, y el riesgo de sustituir puestos de trabajo por máquinas que aumenten el paro.

De hecho, la “guerra de las galaxias” de Reagan finiquitó el último atisbo romántico en la carrera espacial. Aún hoy se sospecha que más del 90% del uso de los satélites en órbita tiene un propósito militar. Los nuevos proyectos de alunizaje relacionan inexorablemente su viabilidad con explotaciones comerciales, como es el caso del famoso He3, el combustible perfecto para la futura fusión nuclear. Y pocos dudan a día de hoy que cualquier nueva creación tecnológica tendrá asociada una patente suficientemente rentable, sea en la exploración espacial, en la medicina o en la obtención de energía. En definitiva, no se inventarán medicinas para curar enfermedades de pobres.

Es verdad también que la crisis nos ha devuelto el “tiempo de la política”, la convicción generalizada de que es preferible gobernar los mercados antes que dejar que los mercados nos gobiernen. También la tecnología requiere de un gobierno que someta sus horizontes, sus procedimientos y sus beneficios a la lógica del progreso general. Para que las grandes sinergias del conocimiento global sean destinadas a algo más interesante que la acumulación de riquezas en unos cuantos bolsillos. La lucha contra el hambre. La obtención de agua potable. La explotación de energías renovables. El combate a las enfermedades que matan millones de criaturas sin Visa ni American Express para pagar patentes. La educación. Los derechos humanos…

Recuperemos las metas importantes, y los seres humanos volverán a emocionarse con los futuros Armstrong, Aldrin y Collins.