Pero, en serio, salvo las propuestas francesas para el crecimiento europeo, avanzamos mucho más en declaraciones que en actos. En las elecciones nacionales se habló de Europa, en los congresos políticos también, y mucho. Pero de concretar programas, de articular por escrito las reformas necesarias, que todos reconocen urgentes, poco o nada. Ya sabemos, nuestra última campaña de elecciones generales debería habernos convencido si no lo estuviésemos, que hay un mundo entre los programas prometidos y lo que el vencedor hace después. Las últimas elecciones francesas han demostrado, se puede lamentar pero así es, que los electores se movilizan mucho más para una elección que personifica el Poder, la presidencia, que para unas elecciones generales. Desde luego es imperativo, y de seguro se hará, que los partidos socialistas de Europa aprueben un programa común para la convocatoria electoral. Cómo y cuándo llegarán al acuerdo es algo incierto. Sería ideal que todos se pusieran de acuerdo sobre reformas institucionales, sociales, económicas, financieras, que hicieran progresar la construcción europea. Pero, en este calendario de elecciones intermedias entre convocatorias nacionales, mucho es de temer que cada partido mire a sus intereses nacionales. Y también, que los electores decidan en función de la situación local. Debemos, por lo tanto, tener ilusión, pero también realismo.

Hay una condición particular que puede cambiarlo todo. Es la personalización de la elección. Si los partidos socialistas deciden, como parece anunciado, que presentarán un candidato a la Presidencia de la Comisión, podrían personalizar la consulta, dándole otro significado, y quizás otra adhesión popular. ¿Por qué? Porque todo depende de a quién se propone. Las Instituciones europeas nos han acostumbrado a que las designaciones de los cargos esenciales, para la gestión -si hablamos de Barroso-, para la representación -cuando se trata del Presidente Van Rompuy- o de la así llamada ministra de exteriores, Ashton, se realicen según el principio del más pequeño denominador común. No se trata de criticar el valor individual de los mentados, sino de apreciar porqué han sido escogidos. Como dice el vulgo, porque “ni pinchan ni cortan”. Hay que temer que los pruritos nacionales, las variaciones, por no decir vacilaciones ideológicas, lleven al Partido socialista europeo a seguir tal pauta: elegir un hombre cuya máxima cualidad sea el consenso blando, que permita seguir con los poderes nacionales. Aún cuando la evolución del mundo transforme algunos países en meras provincias que cualquier multimillonario puede comprar.

¿Pero, qué ocurrirí si con el tiempo necesario los socialistas presentaran un candidato cuya voluntad socialista y europea fuese apoyada por el renombre que sus éxitos ejecutivos han demostrado? ¿Y también por la constancia de sus proposiciones de desarrollo de la construcción y de la solidaridad europeas? Un candidato del perfil de Felipe González, por dar un ejemplo, pues él, antaño, pero en otras condiciones de premura, rechazó la oferta ¿Qué ocurriría si tal “Presidenciable” recorriera Europa proponiendo, en nombre de todos los socialistas europeos, un programa?

Seguro que deben existir en nuestros veintisiete países posibles candidatos, con personalidad conocida y voluntad de gobierno y transformación.

Desde luego, el Presidente de la Comisión es un desconocido para la mayoría de los ciudadanos y parece difícil y poco justificable pensar que se puede cambiar el curso de la construcción europea haciendo campaña por un personaje aparentemente tan lejano para el elector. La Historia, siempre una gran maestra, enseña, aunque nos pese a los marxistas, socialistas y demócratas, que la geografía política del mundo se construyó casi siempre partiendo de una personalidad poco conocida que se transformó en símbolo del poder, construyó el Estado con sus fronteras, y después llegó el concepto de Nación. Sin pensar que así pueda ocurrir con Europa, tantos emperadores lo ensayaron y fracasaron, que no sobra personalizar una lucha política para ilustrar mejor las ideas.

Dos años no son muchos para encontrar el «bicho raro», proponerlo y hacer la campaña. Pero, ¿se seguirá tal camino?