Durante casi cuarenta años, el discurso neoliberal triunfante ha impedido que se pusiera en funcionamiento una tasa sobre las transacciones financieras alegando sus dificultades operativas. Al tiempo que esta decisión ideológica se convertía en dogma, los avances tecnológicos en informática y las políticas de desregulación han permitido una globalización financiera de la economía que, sobre la base de inventar productos financieros cada vez más sofisticadas, ha llevado a un proceso de multiplicación especulativa de los movimientos de capitales con el fin de ganar cuanto más mejor en el menor tiempo posible y, por supuesto, sin pagar impuestos o pagando los más bajos posibles en nombre de la libertad económica.

Hasta tan punto ha llegado a interiorizarse el dogma de fe que el todavía presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, fiel parroquiano, sigue afirmando que una tasa impuesta en Europa sobre las transacciones financieras y no en otras partes del mundo, significaría una pérdida importante de actividad en la Unión Europea. Es decir, es mejor no hacer nada y amenazar con subidas de tipos, que dar un paso adelante que posteriormente puedan seguir otras zonas. ¿Se imaginan lo que hubiera supuesto para la historia de Europa y de los europeos, seguir el razonamiento de Trichet, y no avanzar en la conquista de derechos sino es todos juntos?

Pero las cosas están cambiando gracias a las movilizaciones de los ciudadanos. Y así, recientemente el presidente de la Comisión Europea ha propuesto la creación de una tasa a las transacciones financieras dentro de la UE, que recaudará 55.000 millones de euros al año. Parece sensato que si los europeos hemos aportado 4,6 billones de euros al sector financiero en tres años, y estos siguen teniendo beneficios milmillonarios contribuyan a la sociedad a salir de la crisis.

La tasa gravará con un tipo del 0,1% las compraventas de acciones y bonos y con un tipo del 0,01% las de derivados. Y aquí, aunque es un paso muy importante, viene el primer pero a la propuesta, que demuestra que todavía hay miedo y falta de autonomía de la política respecto de los grandes poderes económicos. ¿Por qué tan poco? ¿Por si se produce deslocalización? ¿Nos hemos deslocalizado los europeos que hemos dado 4,6 billones de euros en tres años a los bancos? No hay que tener miedo, porque lo que hay que hacer después de la tasa es acabar con los paraísos fiscales. Los dirigentes europeos tienen que ser conscientes que los ciudadanos europeos queremos otro tipo de sociedad y ya no vamos a parar hasta conseguirlo.

Está bien que se aplique a todas las transacciones entre instituciones financieras en el caso de que al menos una de las partes esté en la UE. Algo que según la propia UE supone el 85% del total. Esta medida permitirá recaudar de manera estable un volumen considerable de recursos para hacer política en la Europa. Pero aquí, viene el segundo pero de la propuesta. ¿Por qué hay que esperar hasta el 1 de enero de 2014 para ponerlo en funcionamiento?

Hay que introducir el impuesto sobre las transacciones financieras ya, el año que viene, porque estamos viviendo una crisis de deuda donde se necesitan recursos y no se pueden permitir los recortes de los servicios públicos. Retrasarlo dos años, supone dejar de ingresar más de 100.000 millones de euros que vendrían muy bien en la situación actual.

Alguien puede decir que es precipitado y que se necesita tiempo para tener las herramientas adecuadas. Vale, que comienza el 1 de enero de 2012 y se vayan perfeccionando con su uso y con la recaudación real. Porque muchos europeos lo que temen es que al final todo esto se quede en un anuncio bloqueado por la burocracia comunitaria con la ayuda de algún Estado como el Reino Unido.

Para que no suceda hay que estar agiles y cambiar las reglas de juego con el apoyo de los ciudadanos y dejar de sacralizar la lucha contra el déficit. Cambiar la capacidad de veto, crear eurobonos, retirar las nuevas sanciones a los países con déficit cuando las políticas son para mejorar la vida de la gente, en definitiva, hacer un gobierno económico.

Una buena noticia, vamos a por la siguiente.