A menudo fijamos la atención sobre quiénes sufren las peores consecuencias de la crisis, como es lógico. Millones de parados, empresarios en quiebra, recorte de derechos, pobreza y exclusión social… Por el contrario, rara vez atendemos a quiénes no solo no sufren, sino que obtienen ventajas en medio del desastre generalizado. ¿La crisis económica en Europa perjudica a todos por igual? ¿Hay quiénes se están beneficiando de la persistencia de la crisis? ¿A quién conviene que la crisis no se solucione a corto plazo? Las respuestas a estas preguntas pueden resultar de gran interés para conocer las razones auténticas sobre lo que está ocurriendo.

Hablemos de Alemania. ¿A Alemania le conviene solucionar rápidamente la crisis económica en el conjunto de Europa? ¿Qué hay detrás del dogmatismo alemán con las recetas de la austeridad y el ajuste fiscal? ¿Por qué Alemania no permite hacer al Banco Central Europeo lo que están haciendo todos los bancos centrales del mundo para proteger la estabilidad de su moneda e impulsar el crecimiento? Y, a todo esto, si los bancos centrales tienen su sede en las capitales políticas, ¿por qué el banco central de todos los europeos está radicado en Frankfurt?

La realidad es que Alemania está financiando su deuda con un interés ínfimo, a veces incluso negativo, mientras las primas de riesgo castran cualquier oportunidad de despegue económico entre sus socios del club europeo. La verdad es que la economía alemana está obteniendo magras ventajas competitivas en el sufrimiento de los países de su entorno. Hubo un tiempo en el que las economías europeas tendieron a homogeneizar sus potenciales en la industria, en la formación de su capital humano, en su esfuerzo investigador e innovador.

Aquella tendencia al equilibrio se ha invertido claramente. Alemania es más primera potencia europea que nunca. Mientras españoles, italianos y franceses sacrifican sus sistemas educativos y sus inversiones en innovación sobre el altar del ajuste fiscal, Alemania consolida su ventaja sobre los demás en lo que Juan Ignacio Bartolomé sigue llamando el “reparto internacional del trabajo”. Mientras nosotros nos desangramos a cuenta de las recetas de austeridad “made in Germany”, nuestros mejores ingenieros, formados a cuenta del presupuesto español, emigran a Alemania para reforzar aún más la economía teutona. Lo que no lograron Napoleón y Hitler a cañonazos, lo está consiguiendo Merkel a través de las instituciones comunitarias.

Pero no solo los alemanes obtienen beneficio de esta crisis. Los grandes especuladores de las finanzas necesitan un terreno libre y propicio para sus juegos de riesgo y acumulación. Las autoridades monetarias serias en Wall Street, en la ‘city’ londinense y en el sureste asiático no admiten ya las prácticas de casino que ponen en jaque los cimientos de sus economías reales. Sin embargo, en Europa sigue habiendo barra libre, porque los rectores de su Banco Central, lejos de servir al interés general de los ciudadanos europeos, tan solo sirve al interés de quien les pone, les quita y les manda, desde Berlín. A los especuladores también les viene bien la crisis y su lucrativa inestabilidad.

Y no conviene olvidar a quienes aprovechan la crisis para sacar de los cajones los programas políticos más reaccionarios, aquellos que acumulaban el polvo de los años durante los que nadie se atrevió a ponerlos en práctica. Pero la crisis legitima el discurso del sacrificio, y camufla el abuso como austeridad. Los españoles lo sabemos bien. Ahí está la reforma laboral que desarma los derechos de los trabajadores, y la amnistía fiscal que lava el dinero sucio de los criminales inmobiliarios, y los destrozos en el Estado de Bienestar, que abren la brecha de la desigualdad.

¡Claro que la crisis no afecta a todos por igual! Hay quienes trabajan para que no concluya demasiado pronto. Y el trabajo de los demás debiera ser el de desenmascararlos, denunciarlos y combatirlos.