La política es la actividad mediante la que hombres y mujeres organizamos el espacio público que compartimos. Es, por tanto, una actividad imprescindible. Y cuando responde a los valores y a la voluntad de las mayorías es, además, una actividad democrática y noble. Sin embargo, pocas actividades humanas están tan denostadas ante la opinión pública hoy día como la política. Hasta el punto de que muchos de los candidatos que se presentan a las elecciones del día 24 se apresuran paradójicamente a tomar distancias con la política e, incluso, a negar para sí mismos la cualidad del político.

¿Por qué? Porque a menudo se confunde la política con conductas reprochables como el partidismo sectario o el aprovechamiento particular de la representación pública. Y la política, como otras muchas actividades humanas, no es ni buena ni mala en sí misma. Hay políticas buenas y malas, como hay políticos que merecen reconocimiento y otros que merecen reproche. Pero declararse ajeno a la política es tan absurdo como declararse ajeno al transcurrir de los días. La política es inexorable, pero puede llevarse a cabo conforme a la participación de los más o conforme a la participación de los menos. Esta es la cuestión.

En consecuencia, los discursos que llaman a desconfiar de la política con carácter general, o los que establecen una indiferenciación falaz, el “todos son iguales”, en realidad están promoviendo un escenario político concreto: el escenario conservador en el que las mayorías con valores progresistas desisten en la capacidad reformista de sus votos, y permiten que sigan gobernando las minorías con valores regresivos.

En democracia, el voto no es solo un derecho. Es también un deber cívico. Tenemos el deber de interesarnos, de opinar, de participar, de influir y de votar, para que el criterio de cada uno de nosotros cuente en la formación de la voluntad democrática para la organización del espacio público que compartimos. La auto-marginación de la política y del voto no equivale a una postura coherente de rechazo a la institucionalidad presente, sino un apoyo poco inteligente y poco responsable a su permanencia indefinida, y un desistimiento absurdo ante la posibilidad de los cambios deseados. El que calla otorga, en política también.

Como todo deber cívico, el voto ha de ejercerse con responsabilidad. Primero votando. Y después votando en función de las convicciones propias y de los objetivos que se comparten. El voto responsable es el voto que valora los idearios, los programas, los equipos y la credibilidad de las distintas opciones antes de descantarse por una de ellas.

Todos los votos son respetables en democracia, pero unos son más coherentes que otros. Es poco coherente, por ejemplo, votar a la contra, o el voto del enfado y del desahogo. Votar para fastidiar a unos o a otros, porque puede acabar uno fastidiándose a sí mismo. El voto del hartazgo, del “que se vayan todos”, del “qué más da”, puede llevar a las instituciones a muchos representantes sin ideas, sin proyectos, sin equipos y sin solvencia para afrontar retos y para resolver problemas. Y no podemos permitirnos cuatro años de Ayuntamientos y de Gobiernos autonómicos bloqueados e incapaces de administrar la economía, el empleo, los servicios públicos o la convivencia misma.

Respetable pero incoherente es el voto del riesgo. El voto a la formación que apenas se conoce por la imagen de uno de sus dirigentes o la frase ocurrente del tertuliano. Tras algunas sonrisas de cartel y algunas habilidades trabajadas en cursos de dialéctica televisiva, se esconden populismos vacuos e insolvencias manifiestas, que hoy pueden defender A con contundencia, para mañana desdecirse y defender B, C o D, con el mismo furor irreflexivo, tan solo para agradar a las audiencias. ¿Queremos este tipo de políticos al frente de nuestros colegios y hospitales?

Legítimo pero incoherente es el voto conservador, especialmente para aquellos que prefieren el cambio. Quienes llevan años gobernando o sosteniendo gobiernos contrarios a las convicciones de la mayoría, carecen de credibilidad para cambiar de cartel, de eslogan y de discurso y presentarse ante la ciudadanía como adalides del tiempo nuevo. No. Votar a la derecha es votar lo que ha hecho la derecha, lo que la derecha hace y lo que la derecha siempre hará.

El cambio es posible. Pero el cambio seguro y factible exige un voto responsable. No se cambia sin votar. No se cambia votando conservador. Y no se cambia con el voto de la protesta y el bloqueo. Se cambia con el voto de cambio coherente y reformista. El cambio no llega tan solo con el discurso del cambio o la voluntad del cambio. El cambio requiere convicciones, ideas, programas, equipos. Porque de lo contrario, el cambio proclamado puede convertirse tan solo en cambio frustrado.

Cambiemos. A voto limpio.