Desde otra perspectiva, el Informe para el Club de Roma sobre Microelectrónica y Sociedad (1982), y su paralelo libro ulterior ¿Qué futuro nos aguarda? Las consecuencias sociales de la segunda revolución industrial (1985), adelantó buena parte de los efectos de la revolución tecnológica que entonces se avecinaba sobre las condiciones de vida y trabajo, pronosticando un fuerte ciclo de paro estructural. Algo que ni entonces, ni aún ahora, algunos son capaces de entender en todo su alcance.

Durante los años ochenta tuvimos la suerte de contar con la presencia de Adam Schaff en los Encuentros de Jávea sobre el futuro del socialismo, que durante varios años organizamos en la bella localidad alicantina de ese nombre. En las reuniones no era infrecuente que Adam Schaff nos sorprendiera con análisis y previsiones sobre lo que sucedería en un futuro próximo. Aún recuerdo la ocasión en la que empezó a explicarnos el curso que seguiría la URSS y el bloque del Este. Cuando nos hablaba de una democratización y de una disolución del bloque soviético, incluida una caída del muro de Berlín (impulsada por el propio Gorvachov ?decía?), con la correspondiente reunificación alemana, la sorpresa en la sala fue apreciable. Ni que decir tiene que tales previsiones dieron lugar a sonrisas y guasas entre determinados asistentes, que aún tengo gravadas en la retina. Adam se molestó un poco y desgranó con más detalle sus argumentos, explicaciones e “informaciones” ?advertía.

Poco después, sus previsiones fueron cumpliéndose punto por punto, en casi todos los aspectos, excepto en lo que se refiere a la irrupción en escena de un personaje como Yeltsin. Para Schaff aquello no respondía a su capacidad para anticiparse a los hechos, sino a su información y a su capacidad de análisis.

En los últimos años de vida intelectualmente activa Adam Schaff publicó un librito al que apenas se prestó atención, Humanismo ecuménico (1993). Aunque algunas de las tesis y anticipaciones que se contenían en aquel libro pudieran resultar simpáticas y atractivas, la verdad es que llegaba a conclusiones que a muchos de los que le estimábamos y que seguíamos su obra nos parecieron un tanto inviables y exageradas. Más bien parecían fruto de un ejercicio de wishfull thinking bienintencionado. De hecho, tuve la oportunidad de transmitirle, cariñosa y educadamente, tales impresiones.

En síntesis, lo que pronosticaba y postulaba Schaff en dicho libro era el surgimiento de un nuevo humanismo de fuerte impulso reformador que sería el resultado de una síntesis y aproximación entre el humanismo socialista y un humanismo cristiano inspirado en las raíces del Sermón de la Montaña, la epístola de Pablo a los Corintios y la idea nuclear ?y de amplia convergencia cultural? de “ágape”, cuyas raíces se encuentran también en los planteamientos del rabino Hillel (siglo I de nuestra era) y que se remontan hasta Confucio. Adam refería, en este contexto, el personalismo comunitario de Mounier y otras corrientes modernas de pensamiento y reflexión. Hace poco recordé que, cuando yo le cuestionaba sobre quiénes iban a impulsar ?hipotéticamente? ese movimiento de convergencia, él me insistió en que eso vendría, por el lado cristiano, de la mano de la Compañía de Jesús y alguno de sus hombres más preclaros.

Lógicamente, bien pronto olvidé aquel librito y aquellas últimas conversaciones con Adam Schaff, al que le molestaba un poco que no se comprendieran y aceptaran sus argumentos. Pero, lo cierto es que últimamente algunos de los pronunciamientos del Papa Francisco me han hecho recordar aquel libro. Lo he vuelto a leer y allí están detallados tales análisis y previsiones. En algún momento, Adam Schaff llega a sostener que el movimiento profundo de convergencia por parte de los cristianos se inspirará, entre otros elementos, en el espíritu franciscano.

La verdad es que, hoy por hoy, es difícil saber cómo podrá evolucionar el impulso de regeneración y compromiso social que parece que está propiciando el actual Papa. Pero, lo cierto es que, si este movimiento llegara hasta sus últimas consecuencias y fuera coherente con los criterios anunciados de laicidad, apertura, sencillez y compromiso con los pobres, los necesitados y los excluidos, siendo capaz de ir hasta las raíces de las causas actuales de los problemas sociales, no puede ?o podrá? negarse que estaríamos ante un cambio cultural muy profundo y de un alcance político considerable. ¿Podría llegar a convertirse este nuevo-viejo cristianismo en un factor de progreso y de impulso de las políticas sociales, de equidad y de solidaridad? Si esto ocurriera, y si dichos mensajes tuvieran suficiente eco ciudadano y capacidad de arraigo, podríamos encontrarnos con la acumulación de una fuerza social formidable, de origen diverso, impulsando unos cambios societarios que cada vez se hacen más necesarios. ¿Será posible?