Ibarretxe va a pasar a la historia por el famoso «referéndum de Ibarretxe». Igual que Pitágoras por su teorema o Aquiles por su talón. Pero, al contrario que éstos, y salvo, quizás, en la ikastola de su pueblo, ningún niño lo estudiará en el futuro. Y eso, yo creo que le tiene cabreado. Eso, y que haya perdido su puesto de trabajo, al igual que muchos otros que, posiblemente, le pasen factura.

Ibarretxe se empeñó en que los españoles nacidos en Euskadi tuvieran unos derechos superiores al resto de los españoles nacidos en otros sitios. Y se fue al Congreso de los Diputados para preguntar a esos otros españoles si les parecía bien tener menos derechos que los vascos. Pero esa pretensión, aunque estaba justificada por su falso aspecto democrático, no cuajó. No era democracia todo lo que brillaba y ahora hemos tenido la ocasión de comprobarlo.

En lo que parece el final de la carrera política de Ibarretxe ha hecho una doble exhibición: seguir defendiendo su referéndum como epítome de la democracia y deslegitimar al Lehendakari elegido por el mismo estamento que le nombró a él otras veces. Curioso sentido democrático el que ha demostrado e inoportuno el momento que ha elegido para mostrar sus carencias ya que, aunque el culto a los muertos obliga a hablar bien de un político en su despedida, en el caso de Ibarretxe no va ser así.

Ojalá que sus herederos entiendan el valor de la democracia, sistema en el que, por encima de la circunstancia de quien sea el elegido en cada momento, los hombres evitan tener que usar la fuerza para conseguir el poder. Por eso, cada vez que se deslegitima el resultado de un proceso electoral, se deteriora el sistema mismo y se aboga, seguramente que de manera involuntaria, por la barbarie.

Así pues, descanse en paz el Sr. Ibarretxe y en democracia el resto de los ciudadanos vascos, los que no han ganado las elecciones y los que no las han perdido.