Se ha ido el ministro Wert, el peor ministro de Educación y de cuántos ha habido en cualquier Gobierno democrático. Al menos, así lo ha demostrado la valoración popular, pero también la consecuencia de sus acciones y de sus gestos.

Inspiró confianza cuando llegó, porque no provenía del ala dura del PP, porque mantenía buenas relaciones con intelectuales progresistas, porque era un sociólogo reconocido, y un comentarista de medios como la Ser. Se esperaba de él, por tanto, diálogo, consenso y cintura política. Pero resultó ser un hombre prepotente y chulesco, al que le encantaban las broncas mediáticas y la confrontación con su oponente. Todo lo contrario al estilo Gabilondo que dejó el pabellón bien alto.

Pero no sólo ha sido su estilo bronco y agitador, sino también sus acciones, que han dejado el sistema educativo bajo mínimos.

Se va a punto de comenzar un curso escolar con la aplicación de su polémica e innecesaria LOMCE o conocida Ley Wert. Se va dejando tras de sí un caos enorme, desorganización, Comunidades Autónomas (incluso del PP) en contra de la aplicación de la ley, sin currículums desarrollados y con un recorte extraordinario en las becas y un aumento de tasas que hacen temblar a los estudiantes universitarios. Se va dejando a todos inmersos, más que nunca, en el fango de un nuevo sistema educativo que no resuelve ningún problema, que tiene a todo el mundo en contra, y ningún defensor, a excepción de algún gobierno manso del PP, como el valenciano, cuya consellera soñó que, si se portaba bien y hacía los deberes, podría ser la ministra sustituta.

El caso es que en la Comunidad Valenciana, por ejemplo, el año pasado fue dramático, polémico e inútil. Y hoy, aún no se sabe cuándo se comenzará el curso, si volverán a repetirse las recuperaciones en julio, qué asignaturas cursarán los jóvenes (pues no se ha publicado ningún decreto), qué libros hay que comprar, ni qué optativas escoger. El caos es estructural, el enfado de los profesores monumental, y el tormento de los padres es inmenso.

Wert ha quemado toda la confianza en la Administración educativa. Y hace falta recomponerla, pero eso es difícil, muy difícil.

Su cese ha sido, como sería en los viejos tiempos, de noche, a oscuras, sin avisar. Así es como a Rajoy le gusta hacer las cosas, sin ruido, teniendo en vilo a propios y ajenos, sin explicaciones, con el ordeno y mando de quien no tiene razones sino el poder del nombramiento. No creo que Wert se merezca muchas deferencias ni tampoco el premio de un retiro cómodo y dorado como el que se le ofrece. Pero los españoles sí nos merecemos explicaciones, por qué se va y qué significa, qué consecuencias tendrá y si habrá correcciones en la nueva política educativa. ¿Podremos respirar tranquilos?

No sé cuál es el talante y las formas del nuevo ministro, Íñigo Méndez de Vigo, pero ya no tengo ganas de descubrirlas. Han sido demasiadas las decepciones de los Gobiernos de Rajoy y muchos los problemas creados de forma artificial y artificiosa como para dar márgenes de confianza.

Una cosa han de entender los españoles cuando piden “consenso en educación y que dejen de existir leyes que se modifican unas a otras”: deben entender que todos los gobiernos no han actuado igual.

Las leyes educativas propuestas por los Gobiernos socialistas han sido siempre apoyadas por el resto de grupos parlamentarios a excepción del PP, y, en cambio, la ley Wert sólo fue apoyada por el PP con la firme oposición del resto de grupos. Es decir, ha sido siempre el PP quien ha estado en minoría, bien sea en la oposición o en el gobierno, manteniendo una actitud de confrontación contra todos.

Esa forma de gobernar es una vergüenza para el sistema educativo y para nuestro país. El daño que ha hecho Wert es difícilmente reparable a no ser que el PP esté dispuesto a ceder en su arrogancia ideológica y gestual.

Wert se va, pero los jóvenes españoles se quedan a sufrir su irresponsabilidad.