Dice Fred Kaplan, poco sospechoso de ser ‘paloma’ en estos asuntos, que la operación debe concluir. «Game over», asegura en un análisis para SLATE, esta misma semana. Por una cuestión de confianza, argumenta. O de falta generalizada de confianza, más bien. Se agota el crédito de la misión internacional entre los afganos, incluso los más favorables o los que sienten más repugnancia por los taliban. Pero resulta más inquietante que aumenten las razones para que Estados Unidos siga confiando en Hamid Karzai, sostiene Kaplan. Al analista no le gusta la forma ladina con la que el presidente afgano interpretó y condenó la última matanza: empleando inicialmente el plural. Más allá de las motivaciones oportunistas de Karzai, o de las presiones que comprensiblemente tuviera que soportar, lo cierto es que en su mesa debían ya haber llegado los testimonios que ponían en duda la versión oficial provisional.

Vejaciones de cadáveres afganos cometidas por algunos soldados, quema no intencionada pero torpe de ‘coranes’, repetidos errores en bombardeos de limpieza y otras operaciones fallidas de contrainsurgencia, represalias contra soldados ISAF… Y ahora esta matanza. La revisión del calendario se antoja inexcusable. El debate viene de largo, pero estos días ha escalado al puesto de prioridad en la agenda.

LAS OPCIONES DE SALIDA

En la actualidad, hay 90.000 soldados norteamericanos desplegados en Afganistán, lo que supone casi un noventa por ciento del total de tropas internacionales. Según THE NEW YORK TIMES, en la actualidad se dibujan sumariamente tres posturas. El Consejero de Seguridad Nacional defiende que, a la retirada de 22.000 hombres prevista para dentro de medio año (septiembre) se añadan otras dos anticipadas de 10.000 unidades en diciembre y otros tantos, o incluso el doble, seis meses después. Eso dejaría el número de efectivos norteamericanos entre 38.000 y 48.000 hombres justo en el ecuador del año que viene. En 2014 debe estar completada la retirada, con un remanente de tropas para asesoramiento e inspección.

El Vicepresidente Biden, conocido abogado de liquidar esta guerra, se encuentra cada día con más razones para acelerar la transformación de la operación en una misión de contrainsurgencia y entrenamiento, sin más. Poca gente y muy especializada.

El problema es que los militares no lo ven claro. Piensan que una desescalada muy rápida pondría precisamente en peligro la salida, no la facilitaría. La obsesión militar por la ‘exitr strategy’ no es puramente corporativa, aunque algunos expertos creen que los altos mandos exageran los riesgos. Es un debate para especialistas.

LAS CONSIDERACIONES POLÍTICAS

En el plano político, a Obama se le nota que está deseando liquidar la guerra, que él quiso hacer ‘suya’, entre otras cosas para poder liquidar la de Irak y otras acciones de la lamentable ‘guerra contra el terror’, con más apoyo entre ‘halcones’ y conservadores. Como otras tentativas centristas del presidente, la jugada le ha salido medianamente mal. O casi mal de todo, si contamos en su haber, al menos para el público norteamericano, la liquidación de Bin Laden en Pakistán.

El dilema es claro. Año electoral es año de peligros. Y Afganistán es un campo minado. Tanto si se mantiene el calendario como si se acelera. La hostilidad hacia Occidente crece a medida que se amontonan los errores, torpezas y locuras. Pero el regreso de los talibán sigue siendo una opción intolerable para los líderes occidentales.

Hay otras presiones laterales que empujan a la salida. Las organizaciones humanitarias contemplan con preocupación que se les prive de seguridad privada. Es una decisión del Gobierno afgano, que Washington puede a duras penas evitar. Sin ese apoyo resulta imposible mantener algunas misiones, con lo que la estrategia de Obama quebraría estrepitosamente. Ya hay algunas organizaciones que, aún en privado o confidencialmente, han advertido que su tarea está tocando a su fin.

Por otro lado, presiona también que el estómago de los aliados occidentales se reduce día a día. Sarkozy, en campaña más que ningún otro, ya avanzó la anticipación de la retirada francesa. Otros desean hacer lo mismo y apenas lo disimulan.

Obama trata de detener la estampida y llegar a la cumbre de Chicago de la OTAN, en mayo, con las filas prietas. Para esa fecha, sostiene, se habrá ajustado la transformación ordenada de la misión y el calendario correspondiente. «Que la transición no sea un despeñadero», ha dicho hace poco el Presidente. Es un cálculo quizás optimista, sobre todo si continúan ocurriendo acontecimientos ‘desagradables’.

¿Y LOS AFGANOS?

Para los afganos, para la mayoría al menos, parece ser una opción más, en un país desprovisto de esperanza. Los más señalados como pro-occidentales están haciendo las maletas. Literalmente. Y se llevan sus cajas fuertes. Informaciones recientes indican que la salida de capitales por el aeropuerto de Kabul ha aumentado espectacularmente este último año. Se calcula que 4 mil millones de dólares (3 mil millones de euros) han ‘huido’ del país. Para comprender la magnitud del problema, sólo téngase en cuenta otra cifra: el presupuesto de Afganistán es de 15 mil millones de dólares.

Por tanto, indignación de muchos, miedo de algunos, preocupación de todos. Panorama sombrío donde los haya. Irak puede resultar un caso moderado en comparación con lo que habrá que abordar (o contemplar) en Afganistán. Como se suele decir, siempre es más fácil empezar una guerra que terminarla.