Y aún así, permanece la duda sobre el verdadero apoyo de que disfrute el nuevo presidente. Es más que probable que los ‘taliban’, único núcleo solvente de la oposición antisistema, pueden preservar su legitimidad de alternativa. A no ser que ocurrieran, pronto, dos cosas: un desfondamiento de sus capacidades militares (harto improbable) o un exitoso proceso negociador (todavía razonablemente probable).

PERFIDIAS Y RENCORES

Se ha sabido esta semana, por una filtración a THE NEW YORK TIMES, que el todavía Presidente Karzai habría entablado contactos secretos con los ‘taliban’ sin el conocimiento de los aliados occidentales (de Washington, en particular). No parece que esta iniciativa haya proporcionado réditos dignos del esfuerzo realizado o del riesgo asumido.

Importa resaltar este matiz: lo que irrita en Washington no es la opción negociadora. No puede serlo, cuando desde la Casa Blanca también lo ha intentado hasta hace poco. El malestar norteamericano se debe al empeño de Karzai por exhibir su descontento, frustración y alejamiento de los patrones norteamericanos. «Pérfido Karzai», lo calificó recientemente un editorial de THE NEW YORK TIMES, que suele mostrarse alineado con la sensibilidad de la Casa Blanca en el asunto de Afganistán, al conocer que el presidente afgano había filtrado una falsa información que atribuía una reciente masacre de civiles a soldados norteamericanos. Las heridas están más que abiertas desde que Karzai se negara a firmar el acuerdo bilateral de seguridad con Washington para encuadrar la cooperación militar tras la retirada de las tropas de combate estadounidenses.

Más allá de estos juicios morales (además de los políticos), es explicable que Karzai quisiera blindar su legado con una desesperada iniciativa que lo liberara de su imagen de «marioneta de los extranjeros» y le proporcionara altura de estadista. Pretensión ilusoria, tras dos mandatos fallidos, plagados de incompetencia, corrupción y contradicciones. Y, sin embargo, muchos observadores consideran que la negociación es, sigue siendo, una opción no sólo viable, sino recomendable. A buen seguro, estuvo sobre la mesa en la revisión que la Casa Blanca ha hecho esta misma semana, con la participación de la cúpula militar.

EL DILEMA DE LA NEGOCIACIÓN

El pasado octubre, en un artículo para FOREIGN AFFAIRS, Stephen Biddle, examinaba pros y contras, elementos y riesgos de esa opción negociadora. Por su interés, tratamos de sintetizarlos aquí.

Biddle compara el escenario afgano con lo que Nixon denominó «el decente intervalo» en las postrimerías de la guerra de Vietnam, es decir, el lapso de tiempo entre la retirada de Estados Unidos y la ya presentida derrota de sus aliados survietnamitas. En Afganistán, solo habría, según su visión, dos alternativas reales: negociar seriamente con los ‘taliban’ o dejar el país completamente, sin lastre ni compromisos futuros. El curso medio que ha intentado Obama habría sido fallido y costoso, y, por ello, cada día que pase más difícil de mantener.

Biddle admite, como tantos otros especialistas (2), que la solución militar es imposible, incluidos reputados ‘halcones’. El incremento de tropas que Obama aceptó a regañadientes no bastó para debilitar decisivamente a los estudiantes coránicos. La ISAF costó 6.500 millones de dólares en 2013, una cifra superior a todo el presupuesto afgano. Pero sólo han servido para mantener contenida la amenaza del derrumbamiento del Estado local.

La política de la Casa Blanca estaba apoyada en una estrategia de tutela a distancia, con una ‘discreta’ presencia de unos diez mil asesores y entrenadores, bajo el marco legal de un acuerdo bilateral de seguridad. Se calcula que, durante años, este nuevo esquema de garantías contra una emergencia taliban costaría entre ocho y doce mil millones de dólares anuales. Tres veces más que la ayuda a Israel, por ejemplo. Pero mucho más difícil de defender políticamente en el Congreso, sin duda. De ahí, el atractivo de la vía negociadora.

La negociación presenta, empero, un doble filo. Las ventajas con evidentes, a falta de una solución militar y del coste de una paz fría. El nuevo gobierno afgano no va a ser más competente que el actual, ni más independiente. Seguramente, tampoco más limpio, más honesto. Los ‘taliban’ seguirán hurgando en esa herida de la falta de legitimidad o credibilidad.

Surge la duda sobre la voluntad de los extremistas islámicos de avenirse a un pacto. Hay razones para ello: un exilio demasiado prolongado, la amenaza de extinción de sus líderes, las tensiones indisimulables con sus protectores paquistaníes, el cansancio de una guerra que ellos tampoco podrán nunca ganar. O, para ponerlo en positivo: la negociación puede blindar la legitimidad de la causa taliban, dotarles de estatus político, favorecer su futura hegemonía.

No faltan los enemigos de la negociación: algunas facciones ‘taliban’ irreductibles, unos desconfiados patronos paquistaníes (si no se les garantiza ganancias en la operación), las comunidades no pastunes del norte de Afganistán (enemigos acérrimos del Mulah Omar)… Y no pocos conservadores norteamericanos, por considerar que negociar es admitir debilidad. O por pura oposición a los designios del Presidente Obama.

Por todo ello, el pacto debe satisfacer legítimas aspiraciones de todas las partes. Los ‘talibán’ deben renunciar a la violencia, romper con Al Qaeda y aceptar la Constitución actual; a cambio, obtendrían la retirada de los militares extranjeros y estatus de partido legal. La élite gobernante, por su parte, tendría que competir electoral e institucionalmente con sus rivales, pero conservarían, al menos de momento, su hegemonía política y blindaje constitucional. Pakistán tendría que renunciar a tratar a Afganistán como un estado vasallo, pero ganaría una frontera pacífica y estable y recibiría garantías de que no se formaría un eje indio-afgano, su gran pesadilla estratégica e histórica.

Esta solución no sería ideal para Estados Unidos, pero al menos eliminaría el santuario afgano para el terrorismo islámico y el riesgo de desestabilización regional. La consolidación de estos logros exige, en todo caso, paciencia, esfuerzo y vigilancia. Ayuda condicionada al cumplimiento claro de lo acordado, ciertas concesiones llamativas (liberación de presos muy señalados) y un pulso fatigoso con renuentes congresistas en un periodo electoral.

(1) Endind the War in Afghanistan. How to Avoid Failure on the Installment Plan. Stephen Biddle. FOREIG AFFAIRS. September/October 2013. Biddle es profesor de la Universidad George Washington y miembro del Council of Foreign Relations.

(2) Interesante también el articulo del especialista en Afganistán Stephen Walt, titulado Los diez principales errores cometidos en la guerra de Afganistán, publicado este mismo mes en FOREIGN POLICY.