Con el nombramiento del general Petreus para liderar el esfuerzo de guerra contra los talibanes, el Presidente de Estados Unidos persigue varios objetivos: 1) cerrar pronto la crisis; 2) evitar la polémica sobre la idoneidad del elegido; 3) mandar el mensaje de que no flojea ni vacila en adoptar medidas contundentes, caiga quien caiga.

El general Petreus es, posiblemente, el militar más popular de Estados Unidos. Era el jefe de McChrystal como responsable del llamado Comando Central (que incluye la zona del Cercano y Medio Oriente). Bush lo nombró jefe máximo en Irak y allí diseñó la estrategia del incremento de tropas («surge») y la compra de voluntades sunníes, con las que se asume que cambió la tendencia de la guerra y puso a la defensiva a la contrainsurgencia. Algunos analistas creen que, aunque las diferencias son notables, tratará de aplicar aquí políticas similares.

El reportaje que provocó la crisis apareció en la revista Rolling Stones. Comentarios críticos más o menos informales de los colaboradores del general McChrystal, en tono irónico, irrespetuoso e incluso despectivo, terminaron puestos negro sobre blanco, para escándalo, en primer lugar, del propio militar que supo, nada más leerlo, que una tormenta se iba a cernir sobre Washington. Primero se disculpó. Cuando se dio cuenta de que suerte estaba echada, ofreció su cargo. Antes de ser cesado.

En todo caso, conviene dar al conflicto la dimensión que tiene. Como dice THE ECONOMIST, McChrystal no es otro McArthur: «ha obedecido órdenes, no las ha desafiado». Cierto, pero ha tolerado que afloraran el importante desprecio que él y su staff sentían por los hombres del Presidente y la falta de confianza en el propio Obama.

Los periodistas norteamericanos que han rastreado estos días cómo se precipitaron los acontecimientos recuerdan que McChrystal ha evidenciado no pocas veces sus escasas habilidades en el trato con diplomáticos y altos funcionarios, tanto de su propio país como de los aliados. Su procedencia -servicios especiales de combate- y su formación militar -muy selectiva y aislada de círculos civiles- habrían favorecido este desencuentro. Su principal mentor, el Secretario de Defensa Gates, no pudo defenderlo y tuvo que admitir que sus comentarios fueron un «completo error» y revelaban «muy poca capacidad de juicio». Valoración que, casi calcada, recogió el propio Obama para llamarlo a capítulo y destituirlo.

Durante estos meses de dudas, vacilaciones, demoras y temores acerca de la mejor estrategia en Afganistán, se ha transparentado la falta de sintonía recurrente entre la Casa Blanca y el mando militar. Para complicar más las cosas, entre los propios encargados de aplicar, evaluar y revisar los aspectos políticos de la actuación en Afganistán también se han producido divergencias no menores. McChrystal no soportaba al enviado especial Holbrooke y éste no gusta al embajador Eikenberry (un general retirado), quien a su vez no mantenía un diálogo fluido con McChrystal. Según el NEW YORK TIMES, «muchos de los principales asesores del Presidente se han criticado mutuamente, tanto en presencia de periodistas como de funcionarios aliados, generalmente en conversaciones privadas y casi siempre off the record». Obama ha admitido tácitamente esta situación y no ha eludido una reprimenda pública. Algunos no descartan más ceses.

En este ambiente de «todos contra todos» o de «orquesta desafinada», de río revuelto y turbio, ha aprovechado para pescar el presidente afgano, que tenía precisamente en el general McChrystal a su interlocutor privilegiado (de hecho, intentó frenar su destitución), mientras los mencionados Holbrooke y Eikenberry eran sus enemigos jurados. Hamid Karzai arrastra una incomodidad sonora desde que Obama y Clinton pusieran seriamente en cuestión la limpieza de las elecciones de agosto que le revalidaron al frente del país. Las regañinas públicas de la Casa Blanca debido a su falta de compromiso en la lucha contra la corrupción, que mina la credibilidad del gobierno afgano, han convertido la relación en un diálogo de sordos, crispado e insostenible.

Hace unos días, el propio Karzai expresó claramente en público su falta de confianza en la capacidad occidental para derrotar a los talibanes. Peor que eso, desautorizó a los ministros y altos cargos que mejor entendimiento mantienen con los norteamericanos hasta forzar algunas dimisiones cuyo alcance y consecuencias están aún por determinar. El presidente afgano se enzarzó en una polémica pública con el director de los servicios de inteligencia y con el ministro del Interior cuando puso en duda que un ataque en la celebración de una boda fuera responsabilidad de los talibanes, como sostenían sus colaboradores. Es un secreto a voces que Karzai, por medio de su hermano y de otros prominentes hombres de negocios que se están enriqueciendo con la guerra y sus oportunidades, negocian pactos y acuerdos con la insurgencia y sus protectores paquistaníes, sin tener en cuenta los parámetros aceptables por los norteamericanos y sus aliados. Karzai está convencido de que la guerra no se puede ganar y estaría preparando un futuro al margen de la tutela occidental.

La política norteamericana en Afganistán no termina de enderezar el rumbo y parece, por momentos, navegar, sino a la deriva, si a base de correcciones continuas. Los supuestos éxitos militares, como el de Marja, este invierno, terminan quedado en nada, porque falla el compromiso de las autoridades afganas, bien por falta de medios, por inadecuada mentalización, por simpatía de la población con la insurgencia o por motivos más lamentables como incompetencia, corrupción o improvisación.

Por si fuera poco, acaba de confirmarse en una investigación del Congreso que fondos públicos norteamericanos han servido para pagar a señores de la guerra y mafias de narcotraficantes a cambio de escolta y seguridad a convoyes militares norteamericanos o afganos. Setenta mil mercenarios viven de estas contrataciones, según ha podido acreditarse. La denuncia sobre estas actividades había sido efectuada hace ya tiempo en el semanario THE NATION por James Scahill, el periodista que mejor ha descrito la «privatización de la guerra» en Irak y Afganistán, protagonizada por la empresa Blackwater y sus afines o derivadas.

Todo este panorama tan poco alentador se proyecta sobre un fondo de interrogantes no resueltas sobre las posibilidades de éxito, en tiempo y forma razonables, de una misión crecientemente cuestionada tanto en Estados Unidos como en numerosos países aliados. La lista de países europeos que comunican reducción de efectivos o anuncian su decisión irreversible de desengancharse aumenta cada mes. Por citar un sólo ejemplo, en el programa de austeridad de Gran Bretaña -posiblemente el aliado más fiable de Estados Unidos- se contempla un recorte del gasto militar que afectará, no lo duda ningún especialista, a las operaciones en Afganistán. En este ambiente de creciente pesimismo, THE GUARDIAN ha desvelado que el enviado especial británico en Afganistán y Pakistán, Sir Sherard Cowper-Coles, acaba de dimitir, en vísperas de la conferencia internacional del mes que viene en Kabul. El diplomático británico estaba convencido de que no se puede ganar la guerra y era abierto partidario de negociar con los talibanes, lo que le llevó a frecuentes choques con mandos militares de la OTAN.

Las tropas norteamericanas de refuerzo no llegarán hasta agosto. La proyectada ofensiva para arrebatar Kandahar al control talibán se mantiene. Para diciembre se anuncia una evaluación de resultados. Pero hace falta mucho más que el incremento de tropas para salir airosos de esta aventura militar. El cese del General McChrystal ha sido la culminación de una tormenta en el cuarto de banderas, pero en las áridas tierras de Afganistán hace tiempo que se ha desatado una inquietante tempestad. Obama ha dado un golpe de autoridad y se ha puesto serio con sus colaboradores. Veremos si tiene efectos positivos.