El silencio de la aspirante por el partido socialista Marina Silva ante temas como el aborto y el cambio de postura hacia otros como la homosexualidad, le costó el apoyo del electorado en la primera vuelta electoral celebrada el pasado 5 de octubre. Su posición claramente inclinada hacia la derecha más neoliberal, desencantó a los electores pese a haber sido presentada en las encuestas como la clara candidata a pelear en la segunda vuelta. El archiconocido “donde dije digo, digo Diego” no ha convencido a un pueblo que conserva –para desgracia de algunos –el espíritu revolucionario que despertó en el 2013 y que cada vez se hace más latente a través de las redes sociales. La ciudadanía está cansada de cambios de intereses, de posturas paternalistas y discursos donde la ideología solo sirve para conseguir votos, mientras las promesas son tan efímeras como el tiempo en que se tarda en llegar al poder. Dudas que abordan a los brasileños que se debaten entre acusaciones de populismo y corrupción, mientras esperan a que sus políticos despierten y entiendan que el pueblo quiere vivir en democracia y que la democracia es trabajar para el pueblo. Un mal que parece que está de moda en las sociedades actuales. Lástima que Brasil quede lo suficientemente lejos como para que esta oleada de acontecimientos que marcan las elecciones en un país democrático pasen casi desapercibidas en nuestro país.

Más cerca de nuestras fronteras, otras elecciones han marcado el devenir político de otro país democrático, en este caso, el de nuestros vecinos franceses. Fue a finales de septiembre y aunque la repercusión y las consecuencias prácticas son menos trascendentales, las políticas de recortes de los últimos tiempos del Gobierno de Hollande y Valls han colmado la paciencia de los galos, que han decidido ayudar con sus votos a la derecha a reconquistar también el Senado. Las principales consecuencias vendrán en forma de escollo para aprobar las polémicas reformas. El significado último, es el espaldarazo de una ciudadanía en desacuerdo con la política económica de unos dirigentes que han virado el programa con el que conquistaron el Gobierno, y que en lugar de proteger la sanidad, la educación, y reforzar el poder adquisitivo de los hogares, buscan rebajas para las grandes empresas a costa del sacrificio de la gran mayoría de los franceses. En definitiva, la tercera derrota consecutiva de los socialistas vecinos en las urnas, y la sensación de desaliento y falta de apoyo generalizado. Sin olvidar la incursión del Frente Nacional en la Cámara Alta, dando entrada así a la ultraderecha en el Senado.

Estos dos ejemplos son aplicables a nuestro país. El mensaje subyacente marca la actualidad política de España: una ciudadanía desencantada, harta de engaños, con una clase media que agoniza a golpe de recorte, con una tasa de paro escandalosa, con la flexibilidad laboral traducida en largas jornadas y bajos salarios, con escasos derechos, con políticos que juegan a un constante “y tú más”, con un clima enrarecido donde la sensación de crispación alcanza niveles muy elevados entre los ciudadanos e invitan a, sin saber bien hacia dónde dirigirse, buscar alternativas que ponga fin a privilegios y estafas.

La democracia agoniza estrujada por las grandes fortunas de empresarios idolatrados por algunos que, sin embargo, montan sus fábricas en países lejanos para evitar impuestos y regulaciones que garanticen ingresos a las arcas públicas y dignidad a sus trabajadores, respectivamente. La lista de millonarios ha crecido en torno al 24% en España durante la primera mitad de este año, pese a estos años de crisis (o tal vez gracias a ellos), mientras cada vez son más los que asumen que nunca llegarán a mileuristas (término tan denostado en otros tiempos) o ven cómo bancos con directivos de dudosa integridad se quedan con sus casas, o cómo el sistema les condena a la subsistencia esclavizándoles en trabajos que degradan la condición humana, sometiéndola a transacciones que enriquecen a los de siempre a costa del sufrimiento de demasiados.

Populistas o no, se buscan proyectos políticos convincentes, que cumplan con lo que prometen. Se buscan políticos valientes con ganas de devolver a los ciudadanos la esperanza de lograr el cambio. A ser posible, políticos que sepan gobernar y que entiendan que su gobierno ha de estar al servicio de las personas que conforman un país y no de los intereses de unos cuantos privilegiados. Estamos ante una oportunidad única para partidos nuevos que surgen de forma espontánea, pero también para los partidos consolidados que, desde la experiencia, han de entender que es el momento de dar oxígeno a la democracia y alzar la voz contra la desigualdad, pero no porque quede bien en un programa electoral, sino porque estén convencidos de la necesidad de tomar medidas severas para erradicarla.