Se dice aquello de que no se le puede pedir peras al olmo. El problema nos llega cuando el olmo es un bonsai del que no se pueden hacer ni palillos. La tercera parte de “Los padres de ella” nos llega 10 años más tarde con muy poco que aportar, y menos que divertir. Uno se siente en la butaca como delante de ese viejo amigo que tan mal sabe contar chistes: apetece reírse, pero apenas se esboza una sonrisa tibia.

De nuevo estamos ante las desventuras del pobre Gaylord “Greg” Focker (Ben Stiller) por caer bien a su suegro Jack (Robert De Niro) y ganarse su admiración y respeto. Ahora ya está casado con su hija y han tenido 2 niños, pero eso es lo de menos. Por el título parecería que los niños van a tener peso en esta parte, que van a “refrescar” un poco los gags de la saga, pero no, son realmente anecdóticos y superfluos. La pareja protagonista podía no haber tenido hijos y casi daría exactamente igual a la trama. Un fallo importante. Aderezamos la historia con dos posibles amantes que podrían hacer peligrar a la pareja (Owen Wilson haciendo de su papel de mesiánico alucinado y Jessica Alba de enfermera estridente), pero sabemos más que de sobra que el amor de ellos dos es blindado a prueba de bombas. Simplemente por el hecho de generar cierta intriga se podía haber tirado por este camino, pero tampoco. Segundo error.

¿Y qué nos queda? Pues un conjunto de actores que repiten sus clichés y sus chistes hasta la extenuación, con un Stiller más soso que de costumbre y un De Niro que hace la parodia de su parodia (que ya es decir), todo en un ambiente humorístico de golpetazos y puntos bajos (el niño vomita, sí, muy gracioso). La primera parte fue una comedia muy entretenida, con el pobre novio queriendo hacer las cosas a derechas, con un poquito de picaresca, lo cual lo hacía realista y divertido, pero aquí esos mínimos dobleces del personaje se han esfumado. Es todo un “a ver quién es más macho de los dos”. El final forzado es ridículo, y el “mix” de los títulos de crédito no digamos.

Si se entra a esta película se sabe a lo que se va. Pero se le puede pedir un mínimo nivel de diversión, y los 98 minutos de película casi se hacen largos, como un capítulo de telecomedia mediocre estirado sin más. Eso sí, los actores se deben de haber divertido mucho, de eso no hay duda, pero lo que somos los demás… Quien se quiera animar a gastar los 8 euros de entrada y la hora y media que dura que se abstenga de ver el tráiler, porque realmente en él se ven los gags de humor que se van a ver, ni uno más. Sin duda ver el tráiler ahorra tiempo y dinero. Esperemos que en la segunda parte de la surrealista y ácida “Zoolander” Stiller esté más inspirado que aquí.

Lo mejor: Que no dura mucho y es moderadamente agradable.

Lo peor: No debería sorprendernos a estas alturas que se muestre a Sevilla como un villorrio mejicano de casas de adobe, pero no deja de tocarnos las narices.