Por suficientemente conocida, no nos detendremos en la polémica suscitada por los panfletos de la organización local del Partido Popular de Badalona, en favor de la expulsión de los rumanos en situación de residencia ilegal. Ocupémonos de los otros dos casos.

ILEGALES APARENTES

En Arizona se ha promulgado una ley que permite detenciones de personas inmigrantes presuntamente ilegales por su mera apariencia externa. Morenos, más bajitos que los nativos: o sea, latinos. Arizona es uno de los estados de la Unión con más alta concentración de inmigrantes.

La pérfida ley con tintes racistas que ha firmado el gobernador -republicano- de Arizona es una patata hirviendo. Que haya expresado su apoyo un político como John McCain, senador por ese Estado, pero en su día partidario de iniciativas para legalizar a los inmigrantes irregulares, indica hasta qué punto los republicanos están dispuestos a lo que sea para perseguir un vuelco político y abortar el giro al centro.

Uno de los asesores de Bush y McCain en materia de inmigración, Mark McKinnon, señalaba estos días en el NEW YORK TIMES que «los republicanos salivan por las ganancias inmediatas sin detenerse mucho en los perjuicios a largo plazo». Lo malo es que los demócratas también está presos de las mismas servidumbres electorales. Cuando el empleo se resiste a brotar, a pesar de la candidez de ciertos indicadores macroeconómicos, la defensa de derechos de los inmigrantes, percibidos como competidores desleales en el mercado de trabajo, se les antoja arriesgada. Sobre todo a aquellos políticos que tienen su escaño bajo la luz roja de riesgo. Muchos demócratas se encuentran atrapados entre la fidelidad a dos electorados artificialmente confrontados: los obreros («blue collars») sin trabajo y los latinos que contemplan con desazón la retórica xenófoba en alza.

Algunos líderes demócratas temen que el ejemplo de Arizona cunda en otros Estados apremiados por las presiones laborales, según una estimación de LOS ANGELES TIMES. La presunción de que actitudes duras hacia los irregulares pueden producir réditos electorales inmediatos podrían desencadenar el efecto contagio. Se calcula que en todo el territorio de Estados Unidos viven de forma ilegal más de quince millones de trabajadores extranjeros sin permiso de residencia.

No ha contribuido a prevenir el fenómeno la pasividad del gobierno federal durante el tiempo en que se ha venido gestando esta ley. Se lo reprochan a la administración Obama algunos medios liberales como THE NEW YORK TIMES o BOSTON GLOBE, con raíces muy lejanas de las tierras cálidas del suroeste. Conviene recordar que la revisión completa del sistema legal relacionado con la inmigración fue uno de los principales compromisos del candidato Obama. Otras urgencias políticas han ido demorando esta acometida, que se sitúa de nuevo en lo más alto de la agenda de la Casa Blanca, según ha admitido estos días el propio presidente.

Conforme aumenta la indignación en medios latinos estructurados y con influencia, crece la impresión de que el gobierno federal podría poner en marcha algún tipo de actuación para abortar la aplicación de la ley en Arizona. Anima a ello que también desde sectores de indisputable acreditación conservadora se hayan alzado voces de repudio a la ley. «Es muy de difícil de aplicar, sin amenazar las libertades civiles», ha comentado no precisamente un progresista como Jebb Bush, hermano del ex-presidente y ex-gobernador de Florida. En este estado, con muy fuerte presencia de cubanos exiliados, los latinos afincados y arraigados en el establishment constituyen una sólida base electoral para el partido republicano.

DESASTRES Y DEMAGOGIAS

La letalidad del debate migratorio aparece también en Gran Bretaña. Por debajo del contraste de las recetas para sanear cuentas y garantizar servicios emerge el malestar provocado por una complicada pedagogía de los asuntos migratorios. Según las encuestas de opinión, la inmigración es el segundo asunto que más preocupa a los británicos, después de la crisis económica.

Aunque con discursos de distinto tono, conservadores y laboristas habían arremetido contra el candidato liberal-demócrata, por su posición favorable a una amnistía para los sin papeles. El principal diario conservador no tabloide, el DAILY TELEGRAPH, ha calificado de «locura» las ideas de Nick Clegg. Los tories están practicando un juego peligroso: con su línea dura frente a la inmigración están sembrando xenofobia y alimentando expectativas electorales del Bloque Nacional, en el cálculo de que, finalmente, los electores molestos por la inmigración acudirán al voto útil y les votaran a ellos para forzar un giro radical de política en esa materia. Para los laboristas, el debate ya era de por si incómodo e indeseable. Feudos obreros golpeados por la crisis corren peligro de sucumbir a la demagogia ultraderechista. De ahí el perfil bajo de las propuestas laboristas y la falta de prudencia que Brown ha venido imputando al candidato emergente.

Pero nadie se podía imaginar el terrible estrambote de esta semana, en Rochdale. Este episodio se ha convertido ya en la bomba mediática de la campaña. La frustración de la votante laborista jubilada por la falta de empleo, su desagrado por el «aluvión» de inmigrantes del Este, las dificultosas explicaciones de Brown y el desahogo posterior del primer ministro convertido en exabrupto público por mor de otro micrófono que no se cerró a tiempo han conformado un cuadro de desastre. La prensa conservadora ha magnificado el incidente, mientras los estrategas laboristas se mesan los cabellos. Pero más allá de la peripecia fatal y de la hipócrita utilización del «resbalón», lo ocurrido pone en evidencia la peligrosidad del dossier migratorio, especialmente para la izquierda. La «intolerancia» que Brown apreció en la jubilada de Rochdale tiene los tentáculos muy desarrollados

La corrección y el arte del disimulo obliga al PP catalán a maquillar el brote populista antirumano en Badalona. Sin desautorizarlo, por supuesto. En Gran Bretaña habrá que esperar a la expresión electoral de la xenofobia, aunque ésta puede quedar camuflada bajo opciones más contenidas. En Arizona se han superado ya los límites de lo que resulta tolerable en un sistema democrático. ¿Cuánto tiempo pasará para que cunda el ejemplo? Las luces están en ámbar.