La recién estrenada película del australiano Michael Rowe , ganador de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes del 2010, nos sumerge en un triste pero hermoso drama que gira en torno a ejes tan intensos como el amor, el sexo, la soledad, pero desde una perspectiva pequeña, de relato nimio, con una forma casi minimalista, sin querer hacer ruido, de puntillas. Es quizás precisamente esa búsqueda de la sencillez (qué fácil habría sido volver este drama en melodrama superficial) lo que lo convierte en un producto destilado, y lo que finalmente lo alza y le da la fuerza en la memoria que se merece. Menos es más muy a menudo.

Laura (Mónica del Carmen) es una joven que vive en un pequeño piso de Méjico DF, ganándose la vida como periodista, alejada de su familia. A la sensación de desarraigo se le suma una búsqueda del amor que no encuentra, y que suple con sexo esporádico con desconocidos. Con uno de ellos inicia una relación sexual turbia, pero con el objeto de sentirse querida, parte de alguien. La película contiene escenas de sexo explícito, pero rodadas con realismo, con una naturalidad cruda, que no desagradable. Se muestra el sexo tal cual es, con una cámara estática al margen de los protagonistas, sin caer en el morbo o lo escabroso. Naturalmente alguien puede sentirse ofendido por lo que se muestra, pero realmente aseguro que prácticamente cualquiera puede verlo sin problemas (hay escenas más duras y desagradables en películas comerciales).

El director no quiere hacer una película sobre el sexo, y si alguien busca únicamente eso aquí se equivoca y se va a aburrir sin duda, pues no es ésta una cinta erótica. Es ésta una película sobre qué es lo que causa esta “caída” al sexo con desconocidos. Rowe indaga en la soledad que emana de las grandes ciudades, el desarraigo de gente que busca en ellas un futuro, el desamor y la pérdida, con un personaje central, Laura, tan cotidiano que podría ser cualquiera de nosotros y a la vez lleno de matices. Es ésta una película pequeña y humana, hecha con mimo y con mucha sinceridad.

La puesta en escena es prácticamente teatral. A veces uno tiene la sensación de que el guión original en realidad parte de un libreto: sólo hay un escenario, la casa de Laura, todo pasa entre sus cuatro paredes. No se necesita más. La cámara permanece quieta en la mayor parte del tiempo, detenida, como un espectador en el patio de butacas. Los pocos medios que tiene esta cinta (los créditos finales casi parecen de un corto de estudiante) demuestra que lo importante, como siempre ha sido, es contar una historia, una experiencia vital, y podemos entrar en ella sin demasiados adornos, no los necesitamos. Este minimalismo, el uso del espacio en off, afianza más la sensación de pérdida que arrastra Laura y el vacío exterior es el reflejo de su vacío interior.

No es ésta una película comercial, y no gustará a públicos mayoritarios, pero quien quiera conocer una pequeña gran historia contada con una cuidada sencillez puede acercarse sin problemas a ella. No dejará indiferente.

Lo mejor: La forma en que el director exprime al máximo los pocos medios de que dispone para llegar al corazón del espectador.

Lo peor: Que alguien se quede en lo superficial del sexo explícito y no se preocupe de los sentimientos que laten detrás del personaje central.