“Antes de que el Diablo sepa que has muerto” es una locución que forma parte del proverbio irlandés “Ojalá puedas estar media hora en el cielo antes de que el Diablo sepa que has muerto”. El octogenario Sydney Lumet nos presenta en clave de thriller la historia de los hermanos Andy y Hank Hanson, haciendo prevalecer dicha expresión, que al final resulta ser una auténtica reflexión moral acerca de la condición humana que plantea la historia.

Andy (Philip Seymour Hoffman) es el mayor de los hermanos. Un empresario de aparente éxito, astuto e inteligente, de una posición envidiable para muchos, incluso para su hermano Hank (Ethan Hawke). Sin embargo, no es oro todo lo que reluce en la vida de Andy; problemas con las droga, de dinero, con su mujer… Hank por su parte es el niño mimado de sus padres, pero a diferencia de Andy, es inseguro, caprichoso, irresponsable, inmaduro emocionalmente y siempre aspirando a una vida mejor. Los dos hermanos planean el robo a una joyería, que resulta ser la de sus padres. Este atraco será el punto de inflexión en la vida de cada personaje.

A pesar de este turbador planteamiento Lumet elude el maniqueísmo. Quiere que conozcamos a los personajes, sus motivaciones y que entendamos que en el fondo son todos miserables, de una u otra forma, a los que la única salida que les queda es huir, antes de que su destino los atrape… En este sentido despunta el personaje que encarna Marisa Tomei, el único personaje femenino de peso en la película y, a la vez, el único que quizá logra escapar de lo que le rodea.

Con “Antes de que el Diablo sepa que has muerto” Lumet nos habla del mal, lo mira de frente, sin subterfugios, ni coartadas, tampoco explicaciones. El mal no es lo que nos pasa, no es la imposibilidad de ser en un mundo gobernado por el dinero, ni el fatídico mandato de un padre, tampoco la indiferencia, el egoísmo, la falta de comunicación, la ausencia de sentido, de destino… Esta es la propuesta de la película, y es magnífica, aunque resulte espeluznante en muchos momentos.