El mismo “papi” dirigió hace pocas semanas un casting de “velinas” para aderezar la candidatura del partido hegemónico en Italia al Europarlamento. Al mismo tiempo, ese partido ejercía su mayoría para legalizar las patrullas ciudadanas contra los inmigrantes y para convertir a los “sin papeles” en delincuentes. Y volvió a ganar las elecciones.

Sin salir del círculo romano y en la antesala mediática del G-8, el mismísimo Benedicto XVI firmaba en directo para todas las televisiones del mundo su última encíclica a favor de la “gobernanza democrática global”. Solo unas horas antes, su cardenal en Honduras cerraba filas con los militares golpistas que sacaron a un Presidente democrático de su país en pijama y a punta de fusil. Nadie se lo ha reprochado

Del cielo a la tierra, y acercando mucho el objetivo, Esperanza Aguirre reduce un 2% el sueldo a sus altos cargos “para combatir la crisis”. Grandes reportajes alegóricos en Telemadrid y medios afines. En letra pequeña se lee que esos mismos sueldos se incrementaron más de un 6% a principios de año y que, además, la suma de lo supuestamente ahorrado alcanza los ¡115.000 euros! La Presidenta lo celebra despreciando las acusaciones de demagogia y haciéndose una foto con Pau Gasol, sin pedirle, por lo que sabemos, que rebaje un 2% también su ficha con los Lakers.

Es el triunfo apoteósico de la política espectáculo. Y funciona. Se sustituye el trabajo por la escenificación. La acción política por el gesto. La idea por el eslogan. El liderazgo por la encuesta. La confianza por la popularidad. Pero funciona. Así se ganan elecciones. Así se gobierna. Un tiempo al menos. Hasta que el cartón piedra se derrumba, las lentejuelas pierden brillo y la sonrisa se desdibuja. Porque el espectáculo no resuelve problemas, no crea empleo, no atiende al necesitado… Y entonces, ¿qué? Pues a buscar un espectáculo mejor, con un protagonista más alto y más guapo, con más luces, más colores, más pirotecnia, más eslóganes…

La política siempre tuvo algo de interpretación. Es necesario. Junto a las ideologías, las planificaciones, los proyectos y los presupuestos, en ocasiones es preciso transmitir emociones. Confianza, seguridad, optimismo. Hoy día, sin embargo, la herramienta se ha convertido en el objetivo mismo, y ya no sabemos para qué queremos treinta segundos de telediario. Solo sabemos que hemos de salir más que nuestro adversario. Que nuestro rostro debe mostrar una sonrisa más grande. Que nuestra frase debe ser más redonda e ingeniosa. Que nuestro aserto debe coincidir más con la mayoría revelada en el oráculo de la encuesta…

Cuidado. Si convertimos la política en un circo, el dueño del circo se convertirá en el dueño de la política. La frase es de Jordi Sevilla, pero la hago mía. ¡Ave, Papi!