El público español está de enhorabuena. Por primera vez se han reunido los cuentos casi completos de uno de los grandes de la literatura norteamericana actual. Tobías Wolff (Alabama, 1949), Profesor de la Universidad de Stanford, es autor de varios libros biográficos –“Vida de este chico” y “En el ejército del Faraón”–, novelas –la última, “Vieja escuela”– y tres libros de relatos a los que debe buena parte su fama: “Cazadores en la nieve”, “De regreso al mundo” y “La noche en cuestión”.

Wolff pertenece a esa larga estirpe de grandes cuentistas norteamericanos que han hecho del relato la forma narrativa perfecta para captar las sutilezas, las fracturas y el desarraigo propio de la vida norteamericana. Entre ellos están John Cheever, Raymond Carver, Flannery O’Connor y Carson MacCullers. Todos tienen un sello inconfundible: puro sabor a los USA.

Al igual que su contemporáneo Cormac MacCarthy, Wolf trata conflictos morales a partir de unas historias reales y cotidianas contadas con un estilo descarnado. Ese estilo que le ubica en la órbita del realismo sucio, denominación que considero redundante porque en su hábitat natural el realismo es sucio per se. Sin embargo, carece de la violencia del autor de “No es país para viejos” y es más elíptico, menos evidente.

Wolff escribe sobre la vida matrimonial, las relaciones entre padres e hijos y hermanos, el mundo universitario, la vida militar… En todos esos escenarios y tramas de relaciones siempre hay una cierta tendencia a mostrar momentos de duda o aspectos amargos de la vida. Sus personajes, solitarios y soñadores, muchos de ellos mentirosos compulsivos, suelen enfrentarse a circunstancias cotidianas que, de pronto, revelan un sentido extraordinario, ese sentido que define lo que son y a lo que aspiran.

Los narradores de verdad tratan a sus lectores como personas inteligentes. En “Aquí empieza nuestra historia”, que reúne veintiún relatos ya recogidos en sus anteriores libros más otros diez que ha ido publicando después en revistas y periódicos literarios, Wolf actúa así.

A veces un cuento suyo se inicia con un tono objetivo que hay que descifrar con ironía, porque un personaje se retrata con pocas palabras. Luego la acción discurre sin aparente rumbo fijo y termina precipitándose en un final elocuente pero nunca fácil ni redondo. Es muy raro que la historia acabe trágicamente. La muerte o la desgracia son recursos demasiado obvios. Más bien todo finaliza sin acabar, de una forma oblicua y sugerente, como esa escena en la que una discusión conyugal concluye con la habitación a oscuras: el marido espera a su mujer y siente de pronto que alguien, un extraño, se mueve cerca de él.

Estamos ante finales abiertos que ejemplifican que lo que está contando no requiere de ningún desenlace, pues a continuación la vida sigue su curso normal. Sin embargo, el momento especial que el narrador selecciona le sirve para rastrear ese “orden secreto que entreteje las cosas”, sabiendo que, en su caso, resulta difícil encontrar una única respuesta. De lo que se trata en definitiva es de “comprender trayectorias vitales ajenas” con la literatura, desentrañar las cotidianas complejidades de muchas vidas anónimas.

Alguna vez le preguntaron en España a Tobías Wolf cuánto se metía en la conciencia de sus personajes. Su respuesta fue: “¿Conciencia? Eso son cosas de europeos”. La contestación no es ni blanco ni negro, es un poco gris, porque el escritor se sale por la tangente. Es verdad que él, como narrador, nunca se introduce en conciencias ajenas, pero eso es porque no le hace falta. Sus cuentos enseñan a ver lo que está dentro de las personas sin trampa ni cartón: sólo basta una miranda atenta a las creaciones de este fotógrafo de almas.