La gerontocracia saudí se agota. La muerte de Abdullah ha desencadenado un proceso sucesorio sin aparentes sobresaltos, pese a las dudas suscitadas por los rumores de líneas divergentes en la familia real, debido a la sorda lucha de clanes en la dinastía.

Abdulaziz, el fundador, que tuvo 35 hijos de diferentes esposas, estableció que el trono pasara de hermano a hermano y no de padre a hijo, para que todos los clanes emparentados disfrutaran del privilegio de la corona. Siete de los hermanos eran sudairi, es decir, hijos de la favorita, Hassa, perteneciente a la tribu de ese nombre, una de la más influyentes del reino. Cuatro de los siete hermanos sudairi han sido reyes. Según el peculiar mecanismo de sucesión de la Casa Saud, el nuevo monarca (previa consulta no vinculante a un Consejo que no tiene necesariamente que reunirse) designa a su sucesor y al sucesor del sucesor.

Se había especulado con la posibilidad de que el nuevo rey, Salman, el último sudairi en la línea sucesoria, no respetara la voluntad de su antecesor. Hijo de una concubina yemení y por tanto ajeno al clan privilegiado, y a falta de hermanos por vía materna, Abdullah había designado a su medio hermano Muqrin, hijo de una joven esclava también yemení, como segundo heredero, tras la muerte de los príncipes sudairi Sultán y Nayef. Abdullah ha sido un rey fuerte, ya que no sólo actuó con energía durante la década que estuvo en el trono, sino que desempeñó antes esas funciones por la prolongada enfermedad de su antecesor, Fahd.

Finalmente, se han respetado los pactos tácitos. El sudairi Salman ha mantenido a su medio hermano Muqrin en la posición prevalente de la línea de sucesión. Para dar continuidad a la dinastía, y sin más hermanos ya disponibles en la línea de sucesión, ha optado por lo más previsible. El elegido ha sido Mohammed, el hijo de su hermano Nayef (sudairi), el anterior todopoderoso ministro del Interior hasta su fallecimiento en 2012.

DEL PENÚLTIMO HIJO AL PRIMER NIETO

Este desfile de príncipes en el primer país exportador de petróleo del mundo refleja la naturaleza de un régimen opaco como pocos, en el que una familia no sólo dirige un país, sino que lo administra como un bien propio. Alguna vez se ha dicho que el sistema saudí es feudal. En parte es así, puesto que la soberanía nacional no existe. Como no existe constitución ni otras leyes que las derivadas de la sharia, la ley islámica. La legitimidad reside en la voluntad de la familia real. Un Consejo o Shura, formado por apenas un centenar y medio de notables, eleva propuestas legislativas al trono. La familia es extensa y resistente al cambio, pese a que ya hace décadas que sus integrantes se van a vivir y estudiar a Occidente para aprender a dirigir el país como si fuera una empresa. Una empresa familiar.

Aparentemente, cada periodo real está marcado por la personalidad del monarca. Pero dentro de límites muy estrictos. Una especie de Consejo de Familia cumple un papel análogo al de los Consejos reales en el antiguo régimen de las naciones europeas. Cada rey puede ser más o menos aperturista, abierta o discretamente reformista, pero su programa o sus decisiones no son del todo suyas o sólo son aparentemente suyas. La impronta que marca cada reinado se resuelve en gestos, por lo demás escasos, debido al hermetismo del sistema.

El nuevo rey, Salman, tiene la pinta de que disfrutará de un reinado breve, debido a su frágil salud. Algunos saudólogos le atribuyen incluso incapacidad o escasa capacidad para el desempeño del cargo. Pero es improbable que sea apartado del trono. Ocurrió con Saud, el primer hijo del patriarca y fue un trauma por el que se tratará de evitar por todos los medios.

Algunos especialistas occidentales en el reino saudí parecen obviar el perfil de Salman, al que asimilan con un periodo de transición o tenencia de la corona, y se centran en escudriñar los perfiles de Muqrin y, sobre todo, del primer nieto que, si no hay sobresaltos o accidentes, será rey: Mohammed Bin Nayef o “hijo de Nayef”.

¿UN ‘GORBACHOV SAUDÍ?

Muqrin, el benjamín de los hijos de Abdelazziz, podría acceder al trono a una edad más temprana (ahora tiene 69 años) que sus medio-hermanos. Se le considera aperturista y reformista, pero con los límites ya señalados para Arabia. En otras palabras, no cabe esperar que sea una especie de “Gorbachov saudí”.

¿Podría serlo Mohammed Bin Nayef? Por edad (55 años), por educación, por un acomodo más natural a los tiempos, tal vez. Pero ni su temperamento, ni su trayectoria anticipan un reinado conciliador, sino conservador, enormemente atento a la preservación sin fisuras de los intereses de la dinastía. ¿Será el pivote de la dinastía, como asegura el profesor de Princeton Bernard Haykal? (2).

Mohammed heredó de su padre, Nayef, el puesto de ministro del Interior. Tal cargo reúne las competencias sobre seguridad e inteligencia. Bin Nayef ha sido inequívocamente implacable con cualquier foco de contestación opositora o de las organizaciones de derechos humanos. En cuanto al peligro ‘yihadista‘, el ministro y ahora heredero segundo aparece como un duro enemigo. Lo que contrasta con la sensibilidad favorable a los islamistas radicales que se atribuye al nuevo monarca. Salman fue durante años el mejor de los islamistas radicales y captador de fondos de los mujaidines afganos en los ochenta y de los musulmanes bosnios en los noventa (3).

Es algo poco discutido que en el régimen saudí anidan todavía simpatías (¿complicidades?) no resueltas hacia el extremismo rigorista islámico, según sospechan los servicios de inteligencia occidentales. Como es sabido, la alianza de la corona saudí con el wahabismo, una corriente de interpretación muy rígida del Islam ha favorecido una cierta ambigüedad frente a las manifestaciones extremistas fuera del reino.

CONTINUIDAD, PERO…

De Salman a Bin Nayef no se esperan cambios en la política exterior saudí, aunque sí mayor asertividad. El momento es delicado. El empeño de Obama por resolver pacíficamente el dossier nuclear iraní y las reticencias de la Casa Blanca a propiciar directamente la caída del régimen sirio, aliado de Teherán, han irritado profundamente en Riad. Nada desean más los saudís que el férreo control (si no la caída) de los ayatollahs, por su activismo ya sea en la defensa, avance y propagación de la causa del chiismo en toda la región (Siria, Iraq, Líbano, Bahrein, Yemen, etc.).

En todo caso, no conviene dramatizar en exceso las tensiones entre Washington y Riad. Obama quiso presentar sus respetos al nuevo rey, en su viaje de vuelta de la India. Después de todo, los Saud comparten intereses estratégicos con Occidente. El petróleo es un factor determinante. Mucho se ha escrito sobre las razones de Arabia para mantener a toda costa la producción y favorecer así la caída de los precios. Es una medida que tiene efectos múltiples. El descenso de los ingresos perjudica a todos los países exportadores, pero sobre todo a los que más necesidad tienen de arcas llenas: Irán y Rusia, países sometidos a sanciones internacionales, en cabeza.

Que los saudíes se empeñen en mantener los precios bajos para hacer daño al enemigo iraní es comprensible. Pero el mismo reino se encuentra necesitado de recursos para sostener sus servicios públicos, cada vez más abultados y sus recursos financieros menguan.

Los expertos señalan otra razón para la política saudí: asegurarse una mejor posición de competencia frente a los nuevos productos petroleros norteamericanos. Las compañías estadounidenses necesitan que el petróleo no baje de 50$ para que sea rentable la extracción del crudo ligero o shale (4). Cuanto más barato el petróleo, menos beneficio y, por tanto, menos posibilidad de que haya menos competencia en el mercado. El equilibrio es más difícil cada día.


 

(1) Para información adicional sobre el complejo mecanismo de poder interno saudí, es muy recomendable del trabajo de SIMON HENDERSON, publicado por el Instituto Washington para el Cercano Oriente, titulado “After Abdhullah. Succession in Saudi Arabia”, en agosto de 2009. Una revisión resumida y actualizada, escrita días antes de la muerte del rey: “Royal Roulette”, FOREIGN POLICY, 7 de enero.

(2) Perfil interesante de Mohammed Bin Nayef en el NEW YORK TIMES, de 26 de enero.

(3) «King Salman Shady History». DAVID ANDREW WEINBERG. FOREING POLICY. 28 de enero.

(4) “Riyadh’s Oil Play”. BILAL SAAB Y ROBERT MANNING. FOREIGN AFFAIRS, 6 de enero.