La principal tarea encomendada al Gobierno de España es, desde el inicio de la crisis, la reversión en la escalada del paro, el empobrecimiento y la desigualdad. Rajoy y su aparataje mediático procura hacer calar el mensaje de que “la crisis quedó atrás”, a partir de datos macroeconómicos muy discutibles, como el raquítico crecimiento del segundo trimestre (0,6%), la reducción de la prima de riesgo (en torno a los 130 puntos básicos) o el tirón estacional de las contrataciones.

Sin embargo, la realidad que sufren los españoles habla de un desempleo desmesurado (el mayor de la zona euro), una precariedad laboral creciente, una pobreza rampante entre clases medias y trabajadoras y unas desigualdades en progresión geométrica. No hay argumentario macroeconómico ni propaganda oficialista que pueda desmentir el sufrimiento de millones de hogares en nuestro país.

Las previsiones, además, no son nada halagüeñas. La Europa de la austeridad se estanca en su núcleo duro franco-alemán, y las supuestas “raíces vigorosas de la recuperación” a las que alude Rajoy no son sino las mismas bases frágiles sobre las que se asentó el fallido “milagro español” de principios de siglo: una demanda interna lastrada por la deuda, un turismo eminentemente playero y una construcción puramente especulativa, al calor de la escasa retribución del dinero. No. Ni Europa saldrá de la crisis con la austeridad, ni España saldrá de su agujero con más adosados y más chiringuitos.

El Gobierno solo aprobará esta asignatura preparando el examen de una manera radicalmente distinta. Promoviendo en Europa la flexibilización en los objetivos del déficit, adaptando los objetivos de su política monetaria a la creación de empleo, impulsando la actividad económica con inversión pública, devaluando la moneda común y aplicando un plan de recate social para combatir la precariedad creciente. Eso en Europa, y en España más le valiera atender la propuesta de Pedro Sánchez en orden a afrontar la “transición económica” pendiente, soportando el nuevo crecimiento sobre una apuesta decidida por la investigación, la innovación y el conocimiento.

La segunda asignatura, la de la desafección ciudadana hacia la política, también lleva camino de quedar pendiente para el próximo curso. Cada vez más españoles están más hartos de corruptelas y sinvergonzadas, y la mayoría de los discursos oficiales les suenan a autojustificaciones y excusas para no hacer nada. Ciertamente no es un problema solo español, porque ahí están los resultados electorales de los populismos anti-política en Francia, Alemania, Reino Unido e Italia, por ejemplo.

Desde la oposición, y concretamente desde el PSOE, se han hecho propuestas valientes y útiles, para prohibir la financiación empresarial a los partidos, para limitar los aforamientos, para impedir los indultos indecentes, para bloquear las puertas giratorias, para asegurar el funcionamiento democrático de los partidos… Pero la respuesta del Gobierno no ha podido ser más decepcionante. Rajoy acaba de lanzar una especie de ultimátum: o los demás partidos tragan con la reforma electoral destinada a blindar a los alcaldes del PP, o que se vayan olvidando de regeneraciones y limpiezas.

La mal llamada “elección directa de los alcaldes” va camino de convertirse en una engañifa descomunal, a la altura tan solo del famoso “derecho a decidir” patrocinado por el independentismo catalán. De entrada, es mentira que el PP esté proponiendo que los ciudadanos elijan directamente a sus alcaldes. Lo que propone realmente el PP es que los ciudadanos sigan eligiendo a los concejales y, partiendo del hecho de que las derechas suelen concentrarse en una lista y las izquierdas suelen dividirse en varias, conceder automáticamente la alcaldía y la mayoría del pleno municipal al partido que obtenga más votos.En consecuencia, el PP intenta vender como más democrático un procedimiento que automatiza la proclamación como alcalde del cabeza de una lista votada por el 40% del censo, al tiempo que impide la conformación democrática de mayorías programáticas entre los representantes del 60% del mismo censo.

La desafección solo remitirá cuando los ciudadanos comprueben que sus representantes les representan realmente, y cuando las instituciones afronten un rearme ético y cívico creíble, diciendo lo que se piensa y haciendo lo que se dice, asumiendo procedimientos democráticos en su funcionamiento interno, incorporando una financiación limpia, renunciando a aforamientos sospechosos, erradicando indultos inexplicables, expulsando a los sinvergüenzas, eligiendo cargos por competencia antes que por afinidad, volando las puertas giratorias… Y todo esto no se discursea. Se hace o no se hace.

La asignatura separatista se suspende adrede. La derecha nacionalista catalana y la derecha nacionalista española se retroalimentan mutuamente en su escalada de pulsos y baladronadas. Unos se pintan la cara con la estelada, y otros se pintan la cara con la rojigualda, al tiempo que unos y otros se olvidan de lo que importa a catalanes y españoles en general. Lo de este verano ha sido una competición de tautologías absurdas. Mientras Mas y Junqueras defendían que “democracia es votar”, Rajoy respondía que “democracia es respetar la Ley”. Pero en realidad los unos saben que democracia no es votar todo lo que a uno se le ocurra, y los otros saben que democracia es la ley pero es algo más que la ley. A estas alturas, muchos pensamos que el “problema catalán” no se resuelve porque su falta de resolución ayuda a movilizar los electorados de la derecha catalana y de la derecha española.

Esta asignatura solo se resolverá cuando unos, otros y todos nos pongamos a hacer política de verdad, que no es un mero intercambio de eslóganes y amenazas, sino mucho más. Hay un descontento evidente en buena parte de la sociedad catalana, y en el resto de la sociedad española, por los fallos e insuficiencias en el modelo territorial vigente. Este descontento está afectando a los afectos y a la convivencia misma. Y hacer uso de estos sentimientos para obtener rendimientos políticos y electorales, como están haciendo muchos, allí y aquí, es de una inconsciencia y de una irresponsabilidad mayúscula. Sentémonos en serio, analicemos los problemas y apliquémosles soluciones útiles y compartidas. El camino del progreso en Cataluña, en España y en Europa no pasa por la discordia y la segregación, sino por el entendimiento y la unión federal.

Puede que Rajoy y los suyos sean los que se presenten al examen, pero me temo que los suspensos los vamos a pagar todos…