Autor: Domingo Antonio Medina

MUJERES DE BANGLADESH

Son más o menos las seis de la mañana. Cuatro muchachos se aproximan a los bordes de un puente. Debajo de él un barranquillo convertido en carretera. Uno de ellos se queda al comienzo. Otro se desplaza hasta el final. Deben dar el ‘agüita’ ante cualquier peligro. Los otros dos sacan de una especie de talega una bandera de unos tres metros de largo por otro de ancho. Roja. Se puede leer, en letras amarillas, ¡Viva el primero de mayo! Las siglas PCE y la hoz y el martillo completan la bandera. La despliegan y la atan fuertemente a los barandales metálicos del puente. Eligieron ponerla en el lado izquierdo para que los automovilistas que bajaban por la carretera, entrando a la ciudad baja, tuvieran necesariamente que verla. Estaban en todo. Sin saberlo, en ese mismo momento, ‘guerrilleros de Cristo Rey’ pintaban, en los bajos del puente, consignas tales como ‘San José Obrero no era marxista’. Alguno gritó ‘Viva Cristo Rey’. Los que se habían quedado en los extremos del puente, al oír ese grito de guerra ultra, dieron el ‘agüita’ y los cuatro salieron a escape, dos por cada dirección posible y, a su vez, superado el puente, en otras tantas direcciones. Estaban en todo. La bandera duró puesta hasta más o menos las diez de la mañana –otros, jóvenes también, se encargaron de controlar esta cuestión-. La policía retiró la bandera. Las pintadas siguieron ahí meses, tal vez años.

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GERONTOCIDIO

Herbert Spencer, un inglés que nació allá por 1820, tuvo entre sus innumerables actividades la de colaborador-redactor del ‘The Economist’, esa publicación que en la actualidad y desde entonces, pontifica sobre la economía mundial y a la que acuden de manera más o menos velada, ministros y secretarios de estado, cuando no presidentes de gobierno directamente, para explicar las medidas que toman y así granjearse sus bondades en forma de artículos y editoriales.

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