Autor: Manuel Muela

NACIONALIZACIONES Y BANCA PÚBLICA

En los pasados dos años se han producido nacionalizaciones de entidades de crédito que han culminado, por el momento, con la nacionalización del grupo Bankia, cuarto banco español procedente de la fusión de varias Cajas de Ahorros. Fusión estimulada por las políticas de concentración bancarias presentadas como panacea para resolver las dificultades del sistema crediticio, y en especial de las Cajas de Ahorros. El resultado de tales políticas se comenta por sí solo y no vale la pena insistir en su improcedencia, como he hecho en anteriores ocasiones; sin embargo, sí esta justificado, en mi opinión, plantear con seriedad que el Estado asuma las responsabilidades contraídas y tenga en cuenta el hecho, ya incuestionable, de que se ha convertido en el dueño único del primer grupo crediticio de España, si a Bankia se le añaden las nacionalizaciones anteriores, sin descartar nuevas incorporaciones como consecuencia de nuestra aguda crisis económica y de la debilidad del negocio bancario. Resulta necesario y urgente plantear sin ambages un proyecto estratégico y de negocio de Banca pública para enfrentar los años difíciles que todavía esperan a la economía española.

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EUROPA: UN PROYECTO DESVANECIDO

En la tradición política y cultural española Europa siempre ha ocupado un lugar capital, unas veces para ignorar o combatir las corrientes e ideas de allende los Pirineos y otras, como sucede en las últimas décadas, para hacer un ejercicio de fidelidad acrítica con todo lo que proviene de nuestros vecinos y socios del continente. Esto último se explica, en mi opinión, por dos razones: una, el anhelo de algunas elites españolas por superar el aislamiento de España y otra, cierto complejo de inferioridad, adobado con la indolencia tradicional, que se resume en la vieja expresión de Unamuno “¡que inventen ellos!”. La mezcla de ambas ha producido un discurso político alicorto, que se nota mucho más en un momento en el que la Europa continental cercana, la Unión Europea, está inmersa en una crisis aguda que vaticina cambios políticos y económicos importantes; porque, se quiera reconocer o no, nos enfrentamos a la caída de un proyecto del que se especula si será volado de forma controlada o quedará al albur de los acontecimientos.

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MÁS ESPAÑA Y MENOS INGENUIDAD CON LA UNIÓN EUROPEA

En estos tiempos, dolientes e inciertos para todos, se acaban de producir dos hechos, aparentemente no relacionados, que deben mover a la reflexión y a la revisión de algunos principios considerados hasta ahora intangibles. Los hechos son: primero, el desdén sufrido por nuestro gobierno en Bruselas cuando ha planteado la revisión de los sacrosantos límites de déficit y, segundo, la cifra creciente e insostenible de parados en febrero, que parece importar poco en la UE y se toma con una pasmosa naturalidad aquí. Ambos hechos, creo que obligan a revisar el principio de la confianza casi única en la asistencia exterior, ya que, a medio plazo, poco o casi nada se puede esperar. Se impone, a mi juicio, volcar los esfuerzos en la política doméstica para fortalecer a nuestro Estado, que parece claramente incapacitado para enfrentar una tarea de reconstrucción genuinamente unitaria y nacional.

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LA REFORMA FINANCIERA Y EL MITO DE LA CONCENTRACIÓN BANCARIA

El reciente Decreto-Ley sobre el saneamiento financiero, que se convalidó el 16 de febrero en las Cortes, mantiene la columna vertebral de la política seguida por el Gobierno anterior, que consistía en estimular la concentración bancaria en España. La nueva norma va más allá del estímulo, pretende la concentración a toda costa. Lo que sucede es que tal pretensión se produce con la economía en depresión y con las entidades crediticias, las ya concentradas y las sin concentrar, gravemente dañadas. El lema imperante es ¡concéntrense y ya veremos qué pasa! Así de simple y así de inquietante. Creo que en esta materia, como en todas, conviene huir de la superficialidad y buscar las justificaciones de lo que se pretende, teniendo presente, además, sus implicaciones en las reglas de la competencia. De entrada, el ser grande no es en sí mismo un objetivo bueno o malo; lo verdaderamente importante es ser eficaz en el tipo de negocio que se desarrolle. Y digo esto, porque nuestra experiencia en concentraciones de entidades de crédito tiene bastantes claroscuros, sobre todo si analizamos las más recientes en el sector, jurídicamente desaparecido, de las Cajas de Ahorros, donde, en mi opinión se han dilapidado dineros y esfuerzos, sobre todo de los trabajadores, con magros resultados que a la vista están.

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LA SUBASTA DE LA CAM Y EL PAPEL DEL ESTADO

La subasta de la Caja del Mediterráneo, que parece prácticamente desierta, ya que solo presenta propuesta un banco de tamaño mediano, obliga a reflexionar de nuevo acerca de la procedencia de mantener las políticas de reestructuración del sistema crediticio español que, a todas luces, están resultando fallidas. Y, entre tales políticas, se encuentra la negación a gestionar aquellas entidades que han recibido recursos públicos, bien en forma de préstamos bien en forma de capital. Todas ellas, incluyendo la que se pretende subastar, representan alrededor del 20 por 100 de los activos del sistema crediticio, formando el mayor grupo financiero de banca minorista del país, que, gestionado de forma homogénea y prudente, podría ser un instrumento eficaz para superar la aguda crisis crediticia que venimos padeciendo. Todo el mundo clama contra esa sequía y pocos caen en la cuenta del papel que le podría corresponder al Estado en su resolución.

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RECAPITALIZAR LA BANCA EUROPEA ¿PARA QUÉ?

La crisis financiera y de crédito, agravada por el desmoronamiento de los mercados de deuda pública o soberana europea, junto con el fracaso de las políticas de rescate y de las pruebas de stress bancario, ha puesto a las autoridades de la Unión Monetaria Europea en un auténtico disparadero, que servirá para medir su capacidad de enfrentar problemas de magnitud desconocida en el ámbito económico-financiero. Y, por el momento, la respuesta no puede ser, en mi opinión, más decepcionante: se trata de insistir en mantener inalteradas las reglas tradicionales, confiando vanamente en que el mercado irá subsanando los problemas, eso sí, con la ayuda de unos Estados que se encuentran exhaustos en sus capacidades fiscales, cuando no en el umbral de la quiebra. Es la explicación que se me ocurre ante los últimos planteamientos, que preconizan el reforzamiento del capital de los bancos con el fin de eludir el cáliz del reconocimiento de las pérdidas en materia de deuda soberana, ahora de Grecia, y más adelante de otros países de la periferia europea.

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SOBRE LA AMENAZA AL ESTADO DE BIENESTAR

La reforma constitucional ejecutada por los dos partidos dominantes que, en mi opinión, resultará baldía si no se acometen cambios constitucionales que ordenen la estructura del Estado y den vigor al poder público, ha generado estupefacción y malestar, porque, se dice, que supone una amenaza al Estado de Bienestar. Y es posible que sea así; pero, no nos engañemos, tal reforma y las que pueden seguir no son ni más ni menos que la conclusión lógica de un discurso elaborado durante años, y que es doctrina oficial, consistente en predicar las bondades del mercado, la laxitud de las regulaciones en materia laboral, la ineficiencia de lo público y el lastre de la protección social. Por eso importa saber si ha llegado el momento de variar los ejes de ese discurso o simplemente se trata de realizar declaraciones estridentes para acallar la mala conciencia, sin atacar el nudo de la cuestión.

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MEMORIA Y FUTURO DE LA REPÚBLICA

En este año en el que se cumple el 80 aniversario de la proclamación de la Segunda República, parece justificado hacer un ejercicio de memoria, que no de nostalgia, para encarar nuestro futuro y evitar esa afirmación tan reiterada de que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”. Como nuestros representantes públicos siguen ocupados en sus asuntos, desdeñando, en la mayoría de los casos, lo que preocupa a los ciudadanos, creo que la ocasión es propicia para echar la vista atrás y deducir algunas enseñanzas.

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LA CRISIS DE LA DEUDA Y LA UNIÓN MONETARIA

Hace más de tres años -agosto de 2007- que se inició un ciclo económico de aguda crisis financiera, debida en parte a una expansión crediticia sin precedentes, que ha desbordado a algunos gobiernos y a determinadas organizaciones supranacionales, que parecen impotentes para ordenar el desbarajuste. Es el caso de la Unión Monetaria europea que tiene que hacer frente a los problemas de sus socios periféricos y se muestra dubitativa sobre ello. La falta de resolución y la debilidad aumentan la envergadura de los problemas y estimulan el apetito de los mercados, siempre insaciables e inmisericordes cuando no encuentran resistencia. Ahora se ceban con la deuda de los países con problemas, entre ellos el nuestro, con la convicción de que siempre habrá un prestamista de última instancia, la propia Unión Monetaria.

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EL LABERINTO CATALÁN ¿O ESPAÑOL?

Una vez más, con motivo del fallo del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, la clase política catalana, que no los catalanes, ha sacado a relucir la lista de agravios tradicional junto con la ensoñación de dotarse, en la práctica, de un Estado propio, que actuaría como bálsamo de fierabrás contra los males que aquejan al país. Un remedo alicorto de los “cahiers de doleances” de la prerrevolución francesa de 1789, sin concesión alguna a la autocrítica de quienes vienen gobernando la amplísima autonomía de Cataluña desde hace casi treinta años, con la complacencia, a mi juicio excesiva, de los diferentes gobiernos españoles.

Desde la segunda mitad del siglo XIX Cataluña aparece entre las primeras regiones de España por su nivel de desarrollo y de educación: las burguesías emergentes contribuyeron al impulso de la industrialización catalana y supieron sacar provecho del repliegue de España a su territorio peninsular, una vez independizadas las grandes colonias de América del Sur, cuya conclusión fue la pérdida de Cuba y Filipinas en 1898. Esa crisis española, combinada con la inteligencia de algunas clases dirigentes catalanas, convirtieron a Cataluña en uno de los sostenes más destacados de la Restauración canovista, que va de 1874 a 1931.

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