Después del enésimo estallido de violencia urbana por motivaciones policiales, raciales y/o sociales, en este último caso en la explosiva ciudad portuaria de Baltimore, el Presidente Obama pidió a la nación un “examen de conciencia” sobre las causas profundas de esta lacra.

Tal empeño nunca se cumplirá o, en el mejor de los casos, no valdrá para nada. Lo más tremendo del asunto es que a nadie mínimamente informado le ha podido sorprender ni mínimamente lo ocurrido.

Hay cientos de casos como el de Baltimore en los Estados Unidos, pero esta ciudad del Estado de Maryland tiene además sobre sí el haber sido magistralmente expuesta en la serie THE WIRE, una de las favoritas del Presidente, precisamente por todos esos factores que la han llevado estos días a las portadas noticiosas. Esta producción televisiva presentaba un paraíso de estupefacientes, de narcotraficantes arrogantes, de fortunas ilegales lavadas, de policías corruptos o directamente criminales, de políticos pervertidos, de periodistas descuidados o comprados, de ciudadanos desengañados y cínicos.

Para que se produjera un estallido de violencia en la ciudad sólo hacía falta una “chispa”, dice el corresponsal de LE MONDE (1). En realidad, chispas saltan a diario. Lo que desencadena el infierno es que esa chispa sea transmitida. Y para eso ya no es preciso una cámara profesional de televisión: con el video escuálido de un teléfono móvil es más que suficiente.

Los últimos disturbios con motivaciones policiales/raciales/ sociales (Ferguson, North Charleston, Baltimore) pueden dar una sensación de que el problema se ha agravado, que hay una degradación de las prácticas policiales, un empeoramiento de la convivencia. No parece ser así. Obama lo dijo certeramente el otro día: lo que ocurre no es “nuevo”, se ha estando gestando durante mucho tiempo, es casi imposible que no enseñe la cara de vez en cuando. Una chispa propalada por cualquier medio electrónico es el principio del caos.

Con respecto a la brutalidad policial, los antecedentes de Baltimore son pavorosos. THE WIRE no descubrió nada: lo enseñó al país y al mundo. Un diario local, THE BALTIMORE SUN, publicó en otoño pasado unas cifras escalofriantes sobre la conducta de las fuerzas locales de seguridad. En los últimos cuatro años, se han producido un centenar de sentencias o resoluciones judiciales condenatorias de la policía por malos tratos, brutalidad y violación de derechos civiles. El catálogo de consecuencias es pavoroso: huesos quebrados, órganos dañados, traumas cerebrales e incluso fallecimientos (2).

Esta realidad, apabullante en Baltimore, encuentra réplica en otros muchos lugares de del país. El Departamento de Justicia ha abierto 21 expedientes de investigación por presuntas conductas delictivas de cuerpos de policía local y en quince de ellos se ha visto obligado a establecer programas pactados de reformas. Pero como han denunciado numerosas publicaciones progresistas e incluso moderadas en Estados Unidos, no existe la voluntad política suficiente o los recursos no parecen los adecuados para conseguir resultados de forma más rápida y contundente.

Para entender lo ocurrido, conviene combinar la perspectiva racial con la social. La realidad de estos suburbios urbanos norteamericanos no distan mucho de la de algunos europeos, donde se agolpan inmigrantes y personas en la marginalidad. La capacidad (y en algunos casos, la voluntad) de las autoridades no son muy diferentes a uno y otro lado del Atlántico. La cuestión racial es decisiva pero no exclusiva. Como sostiene un periodista de la radio pública norteamericana, de gran calidad, esta explosión de Baltimore es más un conflicto de clase que un conflicto racial, porque la policía y el Ayuntamiento están dirigidos por negros (3).

Muy cierto. No obstante, un reciente estudio titulado “Beyond Discrimination: Racial Inequality in a Post-racist Era” (4) analiza el peso de las instituciones en la conformidad de una mentalidad discriminatoria incluso sin pretenderlo directamente. Uno de los autores es o ha sido un alto responsable de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad John Hopkins, uno de los orgullos de Baltimore, de esas joyas que apenas si aparecen citadas de pasada en el sórdido mundo real que magistralmente retrató THE WIRE.

EL PELIGRO ESTÁ EN CASA

En un país durante años traumatizado por un atentado, cuya gravedad, indiscutible, fue desproporcionadamente amplificada por un impacto visual directo y un tratamiento mediático y político desbocado, la violencia cotidiana transcurre con increíble normalidad.

El principal enemigo de Estados Unidos no es exterior, en este momento, el ‘terrorismo yihadista”, como propalan políticos, especialistas y medios más o menos cómplices de un sistema de propaganda engañosa. El terrorismo que vive cada día el norteamericano medio (aunque ‘técnicamente’ no adquiera tal nombre) habla inglés, consume hamburguesas, se divierte en el fútbol o en el béisbol y reza en las iglesias. Y, en muchos de los casos, viste uniforme pagado por los contribuyentes.

La apelación a la calma después de conocerse el último episodio de bestialidad policial en Baltimore (el joven fallecido tenía rota el 80% de su columna, unos daños que no pueden ocasionarse sin un maltrato descontrolado) es una reacción lógica, necesaria y sensata. Pero no debe extrañarnos su futilidad. Los espasmos de revancha perjudican sobre todo a la comunidad afro-americana más pobre porque consolida visiones prejuiciosas no sólo sobre su conducta en un momento y un lugar concretos, sino acerca de su “naturaleza” o «condición».

En lo visto estos días, hay otros elementos secundarios pero también inquietantes. En particular, el tratamiento de heroína que le he dado la prensa sensacionalista a la madre que golpea a su hijo en público para llevarlo a casa, después de haberlo visto en televisión participando en los disturbios. El diario NEW YORK POST, del magnate Murdoch no tuvo empacho en titular que mejor que la Guardia Nacional, lo que habría que desplegar son estas madres. Al cabo, otra forma de hacer apología de una violencia familiar, de baja intensidad. Se manipula sin escrúpulos el enfado o el nerviosismo de una madre para presentarlo como un ejemplo de firmeza. Por supuesto, las causas que originan los disturbios quedan minimizadas.

 

(1) LE MONDE, 28 de abril (crónica de GILLES PARIS, enviado especial a Baltimore).

(2) Datos extraídos del resumen de la investigación del BALTIMORE SUN, en el editorial del NEW YORK TIMES, el 29 de abril.

(3) «Baltimore is not Fergusson. Here is what’s really is». STEVE INSKEEP.

http://www.npr.org/2015/04/29/402971487/residents-disappointed-at-how-rioters-tore-up-baltimore?utm_source=facebook.com&utm_medium=social&utm_campaign=npr&utm_term=nprnews&utm_content=20150429

(4) Un resumen de este trabajo se puede leer en el artículo “Racial Discrimination After Racism”, en el número de marzo y abril (2015) de FOREIGN AFFAIRS. El autor de la John Hopkins es ROBERT C.LIEBERMAN, y su colega es FREDRICK C.HARRIS, profesor e investigador en la Universidad de Columbia.