Al comprador de ropa occidental no le puede chocar que encuentre qué ponerse por un precio comparativamente razonable con respecto a otros objetos de consumo. Es un lugar común atribuir ‘a los chinos’ la confección de bajo precio y dudosa calidad, aunque no siempre nos molestemos en comprobarlo. Pero cuando adquirimos eso que se llama «ropa de marca» hay quien se convence de que, se fabriquen donde se fabriquen, esos productos están sometidos a ciertas normas. Lo único que se acepta con resignado interés es que los manufactureros deben percibir salarios bajos que aquí. Cuando ‘aquí’ se hacía ropa, claro.

La tragedia ocurrida el 24 de abril en Rana Plaza, una macrofábrica de Dacca, la capital, ha puesto en evidencia la desinformación sobre lo que llevamos encima. Lo que nos cubre o nos abriga huele a podrido y mancha, aunque no percibamos el olor y la suciedad que desprende.

Un incendio pavoroso destruyó la fábrica textil. El derrumbamiento de la defectuosa instalación sepultó a miles de trabajadores. Más de mil cien perecieron o desaparecieron sin esperanza. A medida que se recuperaban los cadáveres iban filtrandose los datos que reflejaban una situación a todas luces criminal: la falta de controles, de medidas de seguridad, de garantías elementales. Pero también otras condiciones menos inmediatas del trabajo.

Bangla Desh es el gran telar del mundo. La consultora MacKinsey, una de esas empresas que se dedican a señalar el terreno del negocio a las empresas ávidas de extender los márgenes de beneficio, animaba recientemente a seguir localizando la producción textil en aquel país al menos durante los próximos años: estimaba que la producción podía duplicarse en apenas dos años más y triplicarse en los cinco siguientes. La ropa confeccionada ya representa más del 80 por ciento de las exportaciones nacionales. Es decir, que ‘el país vive de eso’. En realidad, sus habitantes están encadenados a esa ‘prosperidad’. Cada día es más competitivo. Lo que quiere decir que los productores viven comparativamente peor.

Hasta hace sólo unos años, Bangla Desh era un rincón de miseria azotado por los ciclones y resignado a mortandades pavorosas. La evolución de la economía mundo produjo ciertas condiciones que favorecieron la emergencia manufacturera del país. Los salarios se elevaron en China como consecuencia del desarrollo industrial. El retraso de Bangla Desh se convirtió en su principal atractivo. Cuatro millones de brazos disponibles y una cultura de sumisión casi absoluta se conjugaron para suministrar a las grandes marcas de la confección ‘lo necesario’ para seguir compitiendo salvajemente por un consumo bajo la amenaza de la crisis.

En los telares de Bangla Desh no hay derecho de sindicación. Los intentos de organizar a los trabajadores se castigan con la persecución, el despido y peligros aún peores. Las presiones de la producción obligaron, sin embargo, a elevar los salarios un 30% hace apenas tres años. Aparentemente, una mejora notable. Otra percepción equivocada. Después de la subida, un trabajador medio no gana más de 25 o 30 euros al mes. Una miseria maquillada. Enumerar el resto de las condiciones laborales equivale a desgranar un catálogo de horrores. El flamante Papa Francisco ha calificado la situación de los trabajadores textiles bengalíes de «exclavitud». No es una figura retórica ni piadosa.

Bangla Desh vive una lógica perversa, conocida en el sector como el momento ‘tee-shirt’ o ‘momento camiseta’. Significa esto que se encuentra atrapado en una fase de acumulación de excedentes de los grandes imperios de la confección. La dependencia es máxima porque el país no dispone aún de los medios para dar el salto a otra fase del desarrollo industrial y económico. No dispone de alternativas para mantener su fuerza de trabajo activa. Otros países vivieron esa fase productiva antes; los más recientes, vecinos asiáticos como Vietnam, Camboya, ciertas regiones de la India o Sri Lanka. Los antecedentes del Reino Unido o la Norteamerica sureña constituyen una recreación literaria o cinematográfica.

La tragedia no es casual, no es fruto de una negligencia puntual, de un fallo humano, ni siquiera de una cadena de errores. Es una característica estructural, como nos recuerdan estos días algunas organizaciones como ‘CLEAN CLOTHES’. En Bangla Desh consitituyen una condición necesaria de la competencia, del ‘exito del país-factoria’. En los últimos veinticinco años se han ido acumulando muertos más o menos silenciosos. El estruendo del 24 de abril no ha podido taparse bajo el manto de esa engañosa ‘prosperidad’. Un viento de cólera ha recorrido el país y ha agitado la preocupación de los ‘clientes’ mayores.

En la actualidad, como revelaba un diario local estos días, sólo hay 51 inspectores para vigilar 200.000 factorías mientras otros tantos puestos juzgados imprescindibles estan vacantes. Conscientes de que, evocando a Lampedusa, algo hay que hacer para no poner en peligro lo fundamental, gigantes europeos como la sueca ‘H&M’ (primera productora en el país), las españolas ‘Inditex’ (‘Zara’) y ‘El Corte Inglé’s, las británicas ‘Mark&Spencer’, ‘Primark y ‘Tesco’, la holandesa ‘C&’A o la italiana ‘Benetton’ se han avenido a suscribir un acuerdo que mejore la seguridad de las instalaciones fabriles, promovido por los sindicatos. Con una pose no exenta de hipocresía, estas grandes firmas proclaman ahora que aceptarán el «examen completro y riguroso» de «inspectores indepedientes» para acreditar el cumplimiento de las normas y reglamentos en materia de salubridad y seguridad de las plantas.

La mayoría de las competidoras norteamericanas, algunas tan señaladas como ‘WalMart’ o ‘Gap’ se han mantenido de momento al márgen con esquinados argumentos legales (Si ha consentido a firmar, en cambio, ‘PVH’, la matriz de ‘Calvin Klein’ y ‘Tommy Hilfiger’). En sus comunicados mediáticos, esas firmas multinacionales tienden a responsabilizar a las autoridades locales y a las empresas subsidiarias, como si ellas fueran concurrentes pasivas de la situación.

Veremos donde quedan esas buenas intenciones forzadas por la presión del momento. Uno de los principales asesores del Gobierno comentó escandalizado ante los reclamos laborales y sindicales que sería suicida matar a la «gallina de los huevos de oro». La frase no es una muestra de insensibilidad. Es un reflejo fiel de la realidad parcial de la economía local.

En este lado del proceso mercantil, el desagrado o la mala conciencia que provocan tragedias de este tipo soportan fechas de caducidad muy cercanas. Por otro lado, la tentación del boicot tiene las alas cortas. Y, más significativamente aún, como advertía estos días una bloguera en THE GUARDIAN, muy activa en asuntos de deslocalización y explotación, el castigo a estas empresas cómplices se ejercerá en primer término sobre los ‘esclavos de Bangla Desh’. No dejaremos de comprar ropa en nuestras tiendas de moda. Por mucho que ‘manche’ o ‘apeste’.