Los Gobiernos socialistas llevaron el porcentaje de estudiantes becados hasta el 23%. El Gobierno del PP lo dejará en el 16% durante el próximo curso. 35.000 becarios menos en este curso, y otros 85.000 becarios menos en el curso 2013-14. Casi un tercio menos de beneficiarios en el sistema de becas. 110 millones de ahorro en este año y otros 300 millones el año que viene. Pero no hay ahorro más dramático. Porque cada beca suprimida equivale a un hijo o una hija de una familia trabajadora condenado a no seguir sus estudios por falta de recursos económicos. Cada beca suprimida es un paso atrás para equidad y un paso adelante para la reproducción de las desigualdades.

La educación española es la más igualitaria de la OCDE tras Finlandia, según uno de los índices PISA que el ministro Wert no acostumbra a citar. Y el Gobierno se ha propuesto arrancar de raíz este buen dato. El desmontaje está perfectamente planificado. Primero recortan más de 5.000 millones de euros en los presupuestos educativos públicos, deteriorando calidad y equidad. Después establecen por ley unas reválidas punitivas y unos itinerarios segregadores para ir sacando del sistema a los alumnos con más desventajas. Y finalmente dan un hachazo al sistema de becas para asegurarse de que la enseñanza posobligatoria no se les llena de pobres.

Cuánta ingenuidad la de aquellos que centran sus análisis y sus denuncias sobre la ley Wert en la religión y en las lenguas cooficiales. Mientras muchos se entretienen en debates colaterales, el Gobierno sigue una hoja de ruta con una meta perfectamente marcada: la consolidación de las desigualdades. Hablan de garantizar el “esfuerzo”, pero es una falacia. Primero porque los datos demuestran que el aprovechamiento de los estudiantes becados es ya de un 14% superior al aprovechamiento general. Y segundo porque las becas no han de tener como objetivo premiar los mejores expedientes académicos, sino asegurar que ninguna persona queda fuera del sistema educativo por razones de incapacidad económica. Las becas son derechos, no premios graciables conforme al criterio del ministro de turno.

El borrador del nuevo decreto de becas para el curso próximo plantea un galimatías de franjas fijas y variables. Las fórmulas son confusas, pero la intención es muy clara y el resultado también lo será. Suprimen algunas modalidades, como las becas para desplazamiento, y rebajan la cuantía de las demás. Aumentan gravemente los requisitos académicos para acceder a las becas y para mantener las becas. El hijo de una familia con un padre y una madre que cobre por encima de 1.400 euros al mes, o con padre, madre y hermano mileuristas, no tendrá derecho a beca. Y el estudiante de carrera no técnica que suspenda un solo crédito no podrá renovar su ayuda para el curso siguiente.

En resumen, según el modelo educativo Wert, los hijos de familias pudientes pueden acudir a la universidad tanto si son listos como si son torpes. Pero los hijos de las familias trabajadoras sin recursos para pagar la matrícula solo podrán ir a la universidad si son unos genios. ¿Por qué solo se exige un esfuerzo extra a quien tiene menos recursos? ¿No sería más justo exigírselo a quien ha contado con más oportunidades por los recursos de su familia? Todo el montaje destila una ideología darwinista de lo más deplorable.

Quien esto escribe fue la primera persona de una familia humilde en acudir a la universidad, gracias a las becas creadas por aquellos Gobiernos socialistas de Felipe González, Alfonso Guerra y Alfredo Pérez Rubalcaba que jamás pensaron, como Wert, que había demasiados universitarios en nuestro país. Cada día es más evidente que algunos trabajan con denuedo para que no se generalicen estos saltos en el orden natural de las cosas…

Se nos acumulan las batallas, pero esta de las becas no es de las menores.