Cierto es que, en demasiadas ocasiones, el interés de lo que Bono llama la “clase política” aparece claramente divorciado del interés común entre los ciudadanos a los que tal “clase” debe representación y servicio. A veces, los que mandan parecen tan solo empeñados en seguir mandando, y los demás parecen dispuestos a todo para echar a los que mandan. Es verdad que a los partidos se les reprocha a menudo, y puede que justamente, el tibio cumplimiento del cometido que les encarga la Constitución: expresar “la manifestación de la voluntad popular” y encauzar la “participación política” de la ciudadanía. Pero este es un reproche general que responde a una limitación no resulta en el conjunto de los sistemas democráticos, incluyendo al Reino Unido que busca imitar el Presidente Bono.

Se han practicado muchos intentos para “acercar a electores y elegidos”, aquí y en el resto del mundo. Y algunos hemos llegado a la conclusión de que el cumplimiento de tal objetivo tiene más que ver con la vocación honesta del político en cuestión que con la fórmula que se aplique en su elección. Muchos británicos cuestionan el sistema de pequeños distritos uninominales, porque cierra el paso a las minorías y dificulta la estabilidad del ejecutivo. Resulta muy dudoso, además, que pudiera lograrse el “amplio consenso” que Bono requiere en la misma entrevista para una modificación constitucional, imprescindible en este caso (el artículo 68.2 de la CE dice claramente que “La circunscripción electoral es la provincia”).El propio Presidente del Congreso manifiesta, por otra parte, el escaso éxito práctico de la propuesta por antonomasia para el máximo “acercamiento” entre votante y votado: las listas abiertas.

Tras estas y otras propuestas similares late siempre un propósito “más profundo”, que Bono plantea de una manera abierta y valiente: “Sería conveniente que las cúpulas de los partidos redujeran el poder que tienen”. Aquí está la madre del cordero. Se establece una relación directa, y a mi entender más que dudosa, entre el debilitamiento de las direcciones de los partidos y la calidad de la representación democrática. ¿Por qué? En las sociedades altamente complejas y mediáticamente determinadas como la nuestra, la promoción de un político ante su electorado requiere de influencia y dinero. Si no son “las cúpulas de los partidos” las que suministran tales instrumentos de promoción en virtud de intereses colectivos, ¿quiénes promocionarán a los políticos en sus carreras personalistas? ¿Y a cambio de qué? Este camino se ha recorrido largamente en el sistema electoral estadounidense, y es cierto que sus legisladores dependen poco de unas “cúpulas” partidarias debilitadas en extremo. El último debate sobre la instauración de un seguro sanitario universal y público ha mostrado a todo el mundo con quienes “deben llevarse bien” (por utilizar las palabras de Bono) los representantes americanos: con el dinero de la industria farmacéutica que paga sus campañas.

Los partidos deben asumir con más entusiasmo y acierto el reto de hacer de la política una actividad más inteligible, cercana y participativa. Y sus “cúpulas” habrán de esforzarse en hacer uso de sus funciones de una manera más transparente, más democrática y a la postre más eficaz en el servicio a la ciudadanía. Ahora bien, somos muchos los convencidos de que la autonomía de la política en la búsqueda del interés general constituye un valor a preservar. Y esa autonomía es más fácil de asegurar mediante partidos fuertes y “cúpulas” legitimadas y capaces. O dicho de otro modo: esa autonomía es más fácil de quebrar mediante un sistema de concejales y diputados a la carrera por obtener el favor de quienes pueden ofrecerle dinero y notoriedad para sus campañas personales.

En todo caso, el desafío es real, está ahí presente en las encuestas y en el debate ciudadano. Y hay que reconocer a Bono su acierto al plantearlo abiertamente y con coraje.

Aunque yo suscribo mejor otros pasajes de la entrevista. “La igualdad de los españoles es más importante que la autonomía de los territorios”, por ejemplo.