El olvido es una conducta habitual de los medios en el tratamiento de guerras, conflictos y catástrofes del Tercer Mundo. Por lo que se ve, en esta categoría se encuentran ya algunas zonas de Europa, incluso aquellas en las que se ha invertido tanto esfuerzo, dinero, prestigio, sangre y vidas.

Alguien podrá decir que las elecciones han despertado poco interés, porque no traerán un cambio o mejora en el país. No es un argumento válido. Lo cierto es que Bosnia vive momentos decisivos y, más que nunca desde el final de la guerra, hace quince años, afronta el riesgo de una nueva crisis generalizada.

«Las elecciones de la última oportunidad», escribía recientemente un prestigioso analista bosnio, Darko Brkan, director de la ONG Zasto ne («¿Por qué no?»), que se ocupa de escrutar a la clase política. Brkan considera que Bosnia necesita un cambio profundo y urgente para evitar el hundimiento en el caos y un nuevo descenso a los infiernos. Aunque hay una alta coincidencia en que nadie quiere otra guerra, no debe descartarse un enfrentamiento radical y la implosión del país.

UN ESTADO FANTASMA

Bosnia es un Estado fantasma. Ese fue el precio que se pagó por los acuerdos de paz de Dayton. La paz no fue el resultado de un compromiso político sino del agotamiento de los contendientes y de la irritación internacional (sobre todo americana). A los serbios de Bosnia se les obligó a renunciar a ciertas partes del territorio conquistado, a cambio del reconocimiento de su miniestado (la República Srpska) dentro del Estado (una entidad de características confederales). A los bosnios musulmanes se les compensó con el mantenimiento de ese Estado unitario ficticio, pero se les la preexistente fórmula de la Federación con los croatas (el otro mini-estado), a lo que se avinieron con la nariz tapada. Los bosnio-croatas, la minoría más pequeña de las tres, se conformó con una solución que vivieron como transitoria, a la espera de que la imposible ecuación deviniera en una descomposición pacífica que les permitiera integrarse en la madre patria Croacia, de igual manera que los serbo-bosnios no dejaron de aspirar a la unión con la atormentada madre Serbia.

Esa pléyade nacionalista fue privada de su capacidad de guerrear, pero no se ha relajado. A día de hoy, el discurso nacionalista sigue dominando las relaciones políticas en Bosnia y condicionando el desarrollo social, económico y cultural. Como señala el enviado especial del diario británico THE INDEPENDENT, esta separación comienza en la escuela, con curriculums completamente diferentes, un empeño obsesivo en diferenciar unas lenguas que hasta hace poco eran comunes o casi idénticas y una exaltación enfermiza de los mitos nacionales propios y el desprecio de los ajenos.

Muy pocos creían en el Estado unitario, y la mayoría de los que creían lo concebían como mecanismo de coerción, caso de los musulmanes intransigentes. En consecuencia, se construyó un edificio institucional de dudosa viabilidad. Aparte de la Constitución Estatal (con su Presidencia tripartita, su gobierno central y su legislativo bicameral), cada entidad bosnia (la serbia y la musulmano-croata) dispone de su propia Constitución, su gobierno, parlamento, sistema judicial, policía, burocracia, etc. A ello hay que añadir el aparato institucional de los diez cantones que componen la Federación musulmano-croata y el distrito de Brcko, que no pertenece a ninguna de las dos entidades. En total, cinco presidentes, catorce primeros ministros, más de 180 ministros, 14 parlamentos, 760 diputados y centenar y medio de ayuntamientos. Todo en un país con cuatro millones de habitantes. El bloqueo institucional es continuo, porque los representantes de cada comunidad pueden acudir al veto aduciendo defensa del «interés nacional vital».

Este sistema fragmentado no sólo es ineficaz. Es insoportable. El aparato institucional consume el 60% del PIB bosnio (en la Federación, el 70 %). ¿Y para qué? La calidad de vida de la población ha mejorado muy escasamente en quince años. El desempleo supera el 40%. La cuantiosa ayuda económica, subsidios, préstamos, etc. se han diluido sin apenas fruto. La corrupción atenaza el funcionamiento del país. La alianza entre la clase política y la clase criminal y delincuente, forjada durante la guerra en todos los bandos y entre ellos, se ha reforzado y consolidado.

Bosnia necesita otra constitución. Así lo ha sancionado el Consejo de Europa. El Parlamento europeo exigió en 2005 la revisión de Dayton. Los observadores y analistas están de acuerdo. Pero los líderes nacionalistas que sacan tajada de la endiablada situación actual han conseguido abortar las negociaciones emprendidas para pactar la reforma constitucional.

PRIMERA LECTURA ELECTORAL

Es cierto que han surgido voces y proyectos sensatos que proclaman la necesidad de desmontar la inservible arquitectura de Dayton y las perversiones consentidas desde entonces. Pero son minoritarios y están sometidos a presiones sin cuento. Las elecciones han consagrado el dominio de los nacionalistas en la Presidencia colegiada. Con algunas correcciones, en todo caso. Haris Siladzjic, que fuera ministro de Exteriores y primer ministro durante distintas etapas de la guerra, no ha sido revalidado por los musulmanes. Hace unos años, rompió con el gran partido nacionalista musulmán (SAD) y créo el suyo propio, con bases doctrinarias más radicales. Su sucesor en esa Jefatura del Estado sui generis será, como se esperaba, el candidato del SAD, y no cualquiera, sino Bakir Izetbegovic, el hijo del que fuera padre de la independencia bosnia. En el lado croata, la escisión de los nacionalistas parece haber beneficiado a los más dialogantes.

Lo más positivo es el triunfo del interétnico Partido Socialdemócrata en una de las cámaras legislativas estatales y en el parlamento de la Federación croata-musulmana. Este resultado permite albergar cierta confianza en que es posible erosionar la base social del nacionalismo y desmontar su respaldo electoral. También han obtenido resultados interesantes algunos disidentes de las formaciones dominantes o nuevas figuras emergentes, en ámbitos locales.

En el bando serbo-bosnio, el hasta ahora primer ministro Mirolad Dodik, se convierte ahora en Presidente de la República Srpska y coloca en su antiguo puesto a uno de sus seguidores. El Presidente de Serbia, Boris Tadic, optó por participar en la campaña de Dodik y su partido, también nacionalista, pero menos agresivo que el Partido Democrático serbo-bosnio de los herederos de Radovan Karadzic. Alentado por el reconocimiento internacional de la independencia de Kosovo, Dodik ya ha anunciado que seguirá presionando por una «autonomía reforzada» de su República, lo que sería antesala de la escisión para unirse a Serbia (el designio de la guerra).

Frente a estos augurios preocupantes, la comunidad internacional dispone todavía de ciertos elementos de presión. Bosnia sigue siendo un protectorado. El Alto Representante Internacional oficia de virrey. Veta leyes, suspende cargos, interfiere en la dinámica ejecutiva. Frente a la amenaza de desintegración, la UE puede decidir bloquear el proceso de incorporación de Bosnia, para favorecer la sensatez. Si los serbo-bosnios se empeñan en su proyecto secesionista, podrían aplicar el modelo chipriota; es decir, dejar a la comunidad serbo-bosnia fuera de la UE, como le ocurre a la autoproclamada República turco-chipriota. Pero tales palancas no son semilla de futuro, sino contenciones que se viven como insidiosas e injustas por una población a la que no se ha alentado a convivir del todo.