Silva, líder del Partido Verde, era la copiloto del candidato del Partido Socialista de Brasil, Eduardo Campos. Un mortal accidente aéreo convirtió a la ex-ministra de Medio Ambiente con Lula en aspirante a la presidencia, en una decisión polémica y discutida en las filas del PSB. Silva se convirtió en «afiliada transitoria» de esta formación política, cuya identidad resulta del todo engañosa. La apelación «socialista» tiene poco que ver con su ideario y su programa. Como mucho, podría asimilarse al ala derecha de los partidos socialdemócratas europeos. Se trata de una impostura muy habitual en Brasil. El segundo partido del país, al que pertenece el rival de Dilma en la segunda vuelta, tampoco es social-demócrata, como indica su denominación, sino rotundamente liberal en lo económico y conservador en lo social e ideológico.

A comienzos de verano, una sensación de incertidumbre dominaba el ambiente político de Brasil. Dos trimestres consecutivos de «crecimiento negativo» situaron a Brasil técnicamente en la recesión. Las protestas estudiantiles y ciudadanas de los últimos meses habían revelado el desgaste de la actual presidenta y un cierto agotamiento del modelo de expansión propulsado durante los años de Lula. Finalmente, el despilfarro en la organización del campeonato mundial de fútbol y el no menos escandaloso fiasco deportivo de la selección nacional contribuyeron a colocar a Dilma Roussef contra las cuerdas.

El 13 de agosto se produjo el accidente aéreo que costó la vida a Eduardo Campos. En el último momento, Marina Silva decidió no subir al avión y, de repente, se convirtió en aspirante a la presidencia. En un país tan religioso como Brasil, era inevitable que surgiera un discurso con ribetes de misticismo y predestinación. Las creencias evangélicas de la candidata ecologista, sus humildes orígenes sociales y su estrecha colaboración con Lula en el primer mandato de éste propulsaron sus opciones. Marina Silva fue la favorita en los sondeos durante alguna semana de septiembre.

Silva había roto con Lula aparentemente por los casos de corrupción, pero sobre todo por discrepancias con la política ambientalista del histórico sindicalista. La líder del Partido Verde giró claramente a la derecha, tanto por convicción como por oportunismo, cuando las recetas gubernamentales empezaron a quebrarse por efecto de la crisis mundial. Silva se acercó al social-liberalismo de Campos, o mejor dicho, del ex-presidente Fernando Henrique Cardoso, que atesora un formidable liderazgo intelectual en el país por el rigor y la seriedad de su gestión en los noventa.

Los factores emocionales y humanos desplazaron a los puramente políticos en el tramo medio de la campaña y obligaron al equipo de la presidenta Rousseff a reaccionar, haciendo ver las contradicciones de su ex-compañera y ahora rival. Los excesos de la ‘outsider’ favorecieron el debilitamiento de sus opciones. Las propuestas de política fiscal y financiera fueron atacadas por el Partido de los Trabajadores como proclives al reforzamiento del poder bancario. El acercamiento a Estados Unidos y la Alianza del Pacífico suponían un cuestionamiento de la estrategia de los BRICS como polo equilibrador de la hegemonía mundial. Los ajustes en el gasto público hicieron temer un retroceso en las políticas sociales de la década contra la pobreza y la exclusión. La pérdida de energía de la campaña de Marina propició la apertura de un segundo frente de rivalidad para ella. El candidato de la derecha más dura, Aecio Neves, que pareció desahuciado cuando la disputa quedó planteada como una ‘lucha de damas’, modificó su estrategia y en lugar de atacar a la presidenta se concentró en desgastar a la aspirante, para recuperar el segundo puesto y acceder a la segunda vuelta. El mensaje estaba claro: si quieren una alternativa a la actual conducción del país, no compren una copia o una «arrepentida», aquí está la mía, que es la original. Por lo que se ha visto, fue una decisión acertada.

Ahora viene lo difícil para Neves. Después de haber demolido el programa «impostor» tendrá que conseguir convencer a ese 14% del electorado que ha votado por Marina y/o por el PSB para que lo apoyen en la segunda vuelta, para lo cual va a contar con el apoyo explícito declarado por la propia Marina Silva, y aún así necesitará «morder» votos en otros caladeros para mejorar el 34% obtenido el domingo.

Por su parte, Dilma Rousseff, sin renunciar a recuperar alguno de los votantes desengañados que se mantuvieron fieles a Silva, es muy probable que dirija su mayor esfuerzo en rescatar a los abstencionistas y desmovilizados de su base social e ideológica y añadir ese diez por ciento mínimo que necesita para enderezar el rumbo y consolidar el más importante proyecto social y político en la historia del país más significativo de Iberoamérica.