Había antecedentes, claro está, de cómo un acontecimiento deportivo que levanta grandes expectativas de beneficios económicos y sociales termina convirtiéndose en una losa o una pesadilla. El ejemplo de los Juegos Olímpicos de Grecia quizás sea el más reciente. Deporte, negocios y política -contrariamente a lo que muchos ingenuos o descuidados comentaristas deportivos sostienen- suelen ser inseparables. El fútbol es la ‘única superpotencia’ en el mundo del deporte. Sólo los Juegos Olímpicos rivalizan en interés.

El Mundial de Brasil ha costado ocho mil millones de euros. No todo es gasto, como se ha recordado innecesariamente. El país organizador de un evento así desencadena un proceso de inversiones de gran calado y alcance cuyos beneficios se contabilizan, en su mayor parte, más allá del acontecimiento o de las propias infraestructuras deportivas. Ese es precisamente el tipo de cálculo (o de ensoñación) de quienes tanto entusiasmo pusieron, por ejemplo, en la candidatura olímpica de Madrid en dos fallidos intentos consecutivos.

Las Olimpiadas o los Mundiales de fútbol representan una oportunidad política para dirigentes y/o regímenes en apuros. La proyección pública es relativamente fácil de traducir en propaganda. Desde los Juegos de Berlín, en la Alemania nazi, pasando por el Mundial futbolístico de la Argentina de los generales golpistas, a la muy reciente cita invernal de Sochi, en Rusia, abundan los ejemplos. En otras ocasiones, esas magnas convocatorias deportivas sirven para promocionar un país, o simplemente para perfilarlo con más nitidez en el mapa, en un momento de especial interés (caso de Barcelona, en el emblemático año 92).

CAMBIO DE FORTUNA

En Brasil’ 2014 se reunían, a priori, algunos de estos supuestos. En el momento de confirmarse la organización del campeonato, 2007, el país se encontraba en el cénit de su condición de país emergente, combinación exitosa de crecimiento económico y avance social, bajo el Gobierno de Lula Da Silva, el carismático dirigente sindical que, con tesón y pragmatismo, había conseguido alcanzar la presidencia de la República cinco años antes.

La coyuntura internacional y los aciertos del Gobierno hicieron posible el periodo más exitoso en la historia reciente de Brasil. No se pensó, o no se quiso pensar, que esa prosperidad, la disponibilidad de fondos públicos, el ánimo inversor y el optimismo social iban a agotarse o debilitarse tan pronto.

La aceleración del desarrollo tampoco significa, históricamente, la mejora de las condiciones de gestión, transparencia y distribución de la riqueza. La corrupción, muy extendida y profunda en numerosas zonas del planeta, adquiere dimensiones escandalosas en Brasil, forma parte de su cultura política y de su tejido social. El crecimiento económico no debilita este cáncer, sino que lo estimula, protege y expande.

En el ensayo general del Mundial que representó el año pasado la Copa Confederaciones, se dispararon las alarmas. La Presidenta Rousseff se vio castigada por las movilizaciones sociales más amplias y combativas desde la llegada de la izquierda al poder, hace más de una década. Poco importó que en una década la pobreza se hubiera reducido más que nunca antes en el país (20 millones de brasileños han dejado de ser técnicamente ‘pobres’), que los programas sociales de Lula/Rousseff y el aumento continuo del salario mínimo hayan mitigado lo que el programa reformista no es capaz de solventar, o que las clases medias disfruten de servicios antes vedados. La población descontenta empezó a pedir transportes modernos, más y mejores hospitales, una educación más amplia e inclusiva.

En sólo tres semanas, la popularidad de Dilma Rousseff se redujo casi treinta puntos (del 57 al 30 por ciento). Coincidieron tres elementos negativos: la desaceleración económica (el crecimiento pasó del 7,5% en 2010 al 1% en 2012), debido a la contracción del comercio mundial; el aumento de los precios; y las informaciones cada día más precisas y detalladas sobre lo que iba a costar el Mundial.

Este último factor ha sido decisivo. La demora en la ejecución de las obras es un recurso habitual de los promotores de este tipo de construcciones para inducir ansiedad en los responsables y obtener de ellos el pago indiscutido de cantidades adicionales, siquiera exorbitantes, para cumplir con unos plazos inamovibles. En Brasil, el sobrecoste ha alcanzado el 300%, sólo en la construcción de los estadios: pura delincuencia organizada. El ‘evento deportivo del siglo’ dejó de percibirse como un estímulo. Empezaron a perfilarse las críticas al exceso, el despilfarro, la desmesura, la desorganización, la mala planificación y la deshonestidad.

Este malestar coincidió con la eclosión de las nuevas formas sociales de protestas, menos controladas o dirigidas, más espontáneas, en términos generales, y por tanto más difícil de canalizar. Ahora se pide más porque se percibe que puede obtenerse más. El beneficio no ha sido sólo material. La izquierda ha promovido una actitud social más exigente. Por eso, tampoco es sorprendente el efecto boomerang que representa favorecer la crítica y recibirla.

TIEMPO PARA REMONTAR

Así las cosas, Dilma Rousseff trata de hacer virtud de la necesidad. En una entrevista reciente admitía los fundamentos de la protesta: «Los servicios crecieron menos que la renta (…) las clases medias tienen más deseos, más demandas». Pero, a pesar de la frustración social, la Presidenta considera que el Mundial «ofrece la oportunidad de fortalecer la posición de Brasil en la escena mundial» (2).

Por sus orígenes, su trayectoria y su condición de mujer, no es una entusiasta del fútbol. Pero tiene la suficiente intuición como para presumir que en Brasil no hubiera sido prudente renunciar a un Mundial, que ha sido conquistado cinco veces, siempre lejos del suelo patrio. Este año apunta a ser la gran oportunidad de enterrar la gran decepción histórica de 1950, cuando se perdió la final contra Uruguay en Maracaná.

A ello hay que sumar la «conspiración del calendario». En octubre se celebran elecciones presidenciales y legislativas. La candidata del PT sigue siendo la favorita, en gran medida porque los candidatos alternativos (en el centro y la derecha) no terminan de resultar convincentes (3). El resultado del Mundial no será un factor despreciable en el veredicto electoral. Si Brasil gana (no vale cualquier otro resultado), el clima de malestar se diluirá en gran parte. A los futbolistas (un grupo de desclasados, de una extracción social de miseria y una realidad actual de privilegio), les otorgarán el rango de héroes nacionales. Aunque hayan empezado el partido con un gol simbólico en contra, habrán remontado y hecho de nuevo ‘realidad’ ese futbolero dicho de que ‘Dios es brasileiro’.

(1) «Brazilian Discontent Ahead of World Cup». PEW RESEARCH CENTER, 3 junio 2014.

(2) «Brazilian President rejects criticism over World Cup». NEW YORK TIMES, 3 junio 2014.

(3) Un buen análisis de las opciones electorales en «Brazil Ebbing Tide». MATTHEW TAYLOR. CURRENT HISTORY, Febrero 2014