Turquía y Brasil eran, hasta hace poco, improbables países para que prendiera la protesta. Ambos eran emergentes, la situación socio-económica era mejor que en otros lugares más golpeados por la crisis, la credibilidad de sus gobiernos era razonablemente sólida. Se trata de casos distintos, por supuesto, aunque la popularidad de Erdogan y Roussef sea compartida. Los reflejos autoritarios del primero no se aprecian en la segunda, aunque la presidenta brasileña ha recibido críticas por cierta arrogancia ante determinadas iniciativas de protesta, lo que ha ocurrido también en el caso del primer ministro turco.

Hasta hace sólo unos semanas, varios medios prestigiosos internacionales no regateaban elogios sobre Brasil, como ‘país de moda’, tras ser seleccionado para albergar el Mundial de Fútbol de 2014 y las Juegos Olímpicos de 2016. En el verano del año pasado, DER SPIEGEL titulaba de esta forma tan elocuente un reportaje sobre el gigante iberoamericano: ‘Brasil, de la pobreza al poder. Cómo el buen gobierno ha hecho del país una nación modelo’. El semanario alemán resumía así las claves del ‘éxito brasileiro’:

«El país disfruta de un presupuesto prácticamente equilibrado, una deuda baja y casi pleno empleo. Está a punto de superar a Francia y el Reino Unidos y convertirse en la quinta economía del mundo. A pesar de ser un país recientemente industrializado, Brasil otorga ayuda exterior al desarrollo, y sus reservas en dólares, superiores a los 350.000 millones de $. (290.000 millones de euros) le convierten en uno de los países con potencial para ayudar a rescatar a la Unión Europea».

En NEW YORKER, una publicación muy del gusto de la intelectualidad norteamericana, se podía leer por ese mismo tiempo:

«Entre las principales potencias económicas mundiales, Brasil ha logrado una inusual marca: alto crecimiento, libertad política y desigualdad decreciente. Lo que supone un contraste con respecto, respectivamente, a EEUU y la Unión Europea (el primero), China (el segundo) y casi todo el resto de países (el tercero)».

Existían, por supuesto, otros análisis menos optimistas. Pero las previsiones sobre el futuro inmediato del país eran abrumadoramente alentadoras.

Desde la izquierda, lo más valorado de estos últimos años ha sido la expansión de los programas sociales. En diez años, millones de brasileños se han beneficiado de ellos. El más celebrado es Bolsa Familia, que comenzó alcanzando a tres millones y medio de hogares sólo se reparte este años a menos de la mitad. No porque faltaran fondos, sino porque los antiguos beneficiarios han superado el indicador (35 dólares) por debajo del cual se tiene derecho a percibir el subsidio. La clase media se ha ensanchado en Brasil y ya supone más de la mitad de la población. Es la prosperidad y no un reflejo ideológico o un compromiso ético lo que ha hecho menos apremiante la necesidad de esos rescates populares de emergencia.

El antecesor de Lula, el socialdemócrata (más bien social-liberal) Fernando Henrique Cardoso, me recordaba en Brasil en mitad del mandato de Lula que esos programas los había puesto en marcha él y que el líder del PT había mantenido lo fundamental de su política económica. Tenía bastante razón. Como es sabido, Lula intentó tender puentes entre la socialdemocracia latinoamericana y la ‘vía bolivariana’, en una suerte de senda intermedia que combinaba el respeto a las buenas condiciones del capital con los propósitos redistributivos.

EL AMARGO DESPERTAR

Lula dejó Brasil mejor que lo encontró. Nadie discute eso. Pero la coyuntura jugó a su favor. Eso tampoco puede disputarse. Dilma Roussef asumió el poder con un legado favorable, pero apuntó ciertos cambios desde un principio. Hubo ciertas dudas sobre si la presidenta daría un giro a la izquierda o ampliaría la conciliación con los grandes capitales e inversionistas externos, mediante medidas liberalizadoras. Hizo un poco de cada cosa.

Hace unos días leíamos al profesor Buenaventura de Sousa, de la Universidad de Coimbra, señalar algunas tendencias inquietantes en el mandato de Dilma Roussef. El autor trazaba una línea diferenciadora entre Lula y su sucesora. Pero lo cierto es que algunas semillas del malestar se sembraron en los años del anterior presidente. El auge del llamado ‘agro-bussiness’, los megaproyectos energéticos de gran impacto ecológico, el avance de la desforestación y la lesión de los derechos de los indígenas no fueron frenados de forma clara y terminante durante los años de Lula.

En todo caso, el componente dominante de la protesta no ha sido la decepción de los pobres, sino reclamaciones de la clase media, que quiere más y más deprisa. El malestar ha estallado por algo más ocasional. Algo tan cotidiano como una subida del billete del autobús ha encendido las cosas. Pero también ha habido un cierto efecto contagio en la protesta. La televisión (siempre hostil al Gobierno) y los medios sociales propagan un clima de revuelta que no siempre engancha con motivaciones de largo recorrido. Para escarnio de una presidenta con un pasado revolucionario y unas convicciones aún progresistas y merecedoras de crédito.

La obscenidad del dispendio deportivo no hubiera sido en otro tiempo un factor decisivo de irritación. Pero ciertas facturas de infraestructuras han resultado escandalosas, incluso en un país como Brasil, que soporta la corrupción como una plaga bíblica. O que perdona todo por el gran espectáculo del balompié: la ‘caraninha’ es intocable. El grito de los jóvenes contra ese monumental desvío de fondos hacia la construcción de estadios faraónicos en localidades extrañamente ajenas a la pasión futbolística ha contado con cierto apoyo de las mayorías sólo a regañadientes. Si Brasil se impone a España (su rival presumible) en la vigente Copa Confederaciones (aperitivo inoportuno del Mundial), la borrachera ‘balompédica’ puede otorgar cierto respiro a la presidenta.

DUDAS SOBRE LA RESPUESTA

Con respecto al plan que Roussef ha anunciado para retomar la iniciativa política, lo mejor que puede decirse es que al anunciarse como respuesta a la presión callejera, nadie sabe si: a) tiene intención de aplicarlo, y b) si, aún en ese caso, podrá sacarlo adelante. Depende de la oposición bien pertrechada en el Congreso, del poder de los estados y de los grandes ayuntamientos, que ha contemplado con regocijo como la contestación inicialmente dirigida contra esos poderes locales se desplazaban hacia el Gobierno federal. De todas las medidas, la reforma constitucional para perseguir con más dureza la corrupción puede ser el más jaleado, pero el más tortuoso en su gestión. La dedicación de los beneficios petroleros a la educación resulta malabar por la competencia que tienen en su gestión los poderes regionales.

En fin, a Brasil se le pincha el balón de la potencia emergente galopando firmemente hacia la cima mundial. Pero igual que brotan los aspirantes a ídolos futbolísticos en cualquier playa, esquina o rincón del país, no le faltan al gigante suramericano recursos en sus campos, bajos marinos, fábricas y laboratorios para afrontar este desafío. No es la emergencia de Brasil lo que está en riesgo, sino la definición de su modelo social en el nuevo desorden mundial.