Desde la Comisión aseguran que muchas de las medidas que presentan “estos países” –como si hablaran de algo ajeno y no de una parte de la propia Unión Europea— no se materializarán plenamente de golpe, sino que serán de aplicación gradual y a medio plazo. Algo de lo que se lamentan allí –en esa especie demás allá que se ha convertido para muchos Bruselas— pues consideran y así lo verbaliza Rehn, que es “primordial una aplicación general y rápida” de estas medidas. Medidas que pasan, entre otras, por realizar una reforma fiscal sobre el consumo y por terminar con lo que denominan “desgravaciones ineficientes”.

Para España es fundamental, según la Comisión Europea, una nueva reforma del mercado laboral que contemple, por ejemplo, la reducción del número de contratos, el abaratamiento del despido, la rebaja de cotizaciones sociales y el endurecimiento de las condiciones para cobrar el subsidio de desempleo (que en el imaginario de estos señores de Bruselas parece que sigue planeando la idea de que en España, lo de vivir del paro es un chollo y se ha convertido en afición y costumbre de los españoles). Moraleja: Bruselas (ese ente austericida de insaciable ansia por recortar bienestar y derechos de las personas a las que dicen representar, tomando como excusa una especie de paternalismo basado en la obligación que se han autoimpuesto de proteger el bien común de los europeos) no se ha enterado de nada después de los comicios del pasado 25 de mayo.

Los europeos, esos ciudadanos que constituyen la Unión Europea, han expresado su malestar en las urnas hacia la gestión que se está haciendo desde sus instituciones. Francia, la víctima más reciente de las exigencias austericidas de Bruselas, es el ejemplo más claro de la repulsa que existe en las calles (lugares donde vive gente que conforman la Unión Europea más allá de las uniones de carácter meramente económico amparadas por los mercados, los Bancos y los pactos de estabilidad) por las políticas aplicadas y de la materialización del euroescepticismo. La derrota de muchos de los partidos que gobiernan los países miembros, o resultados como el de España con una reducción vertiginosa de los votos obtenidos por el PP, deja claro que los europeos –los ciudadanos de la Unión Europea— están cansados de que Europa exija reformas estructurales que asfixian a los ciudadanos o sirva de excusa a los gobiernos de sus países, para aplicar estas reformas. Y es que, en algún momento habrá que hacer autocrítica y asumir que, aprovechando la excusa de “cumplir con Bruselas”, los Gobiernos de los países más afectados por la crisis (Grecia, Italia, España sin lugar a dudas y más recientemente Francia y el giro de Hollande hacia la derecha) han realizado reformas impopulares echando balones fuera a la hora de asumir su responsabilidad (por no denominarla culpa). La Unión Europea necesita un plan, pero los Estados miembros también. Si Europa quiere una economía de primer nivel, ha de contemplar ayudar a salir de la crisis a aquellos países que lo necesitan, pero no a golpe de tijera, y dejando víctimas a su paso imposibles de recuperar, excluyendo a muchos ciudadanos y consolidando procesos donde la desigualdad es la norma, sino con el esfuerzo de entender que el problema es de todos y la solución también ha de ser para todos. Los ciudadanos, al conceder su confianza en las últimas elecciones a partidos de carácter antieuropeo, reclaman reducir el peso de la Unión Europea en la gestión de sus países e incrementar el poder de los Estados miembros para gobernarse. Pero también son conscientes de que sus gobiernos no han sabido cumplir las expectativas generadas en las elecciones generales de sus países donde, tras una serie de promesas electorales que no se han cumplido, confiaron en un partido político que ha hecho justo lo contrario a lo que prometió. Los ciudadanos reclaman capacidad, responsabilidad y un discurso que conecte con la realidad de sus vidas, y que les ponga en valordentro de la Unión Europea, donde Bruselas, muchas veces, actúa para ellos como un elemento de presión y no un aliado.