Entretanto, crece entre las poblaciones desesperadas una peligrosa percepción de Alemania como potencia egoísta, que etiqueta a los débiles como perezosos y los somete a su intransigente disciplina. Ni siquiera los ‘creyentes’, es decir, los que han defendido contra viento y marea la conveniencia de las políticas de sacrificio y ajuste, ahora piden una flexibilización porque no se explican como algo que debía funcionar no tiene los efectos benéficos deseados. Aceptan el magisterio de Berlín pero refutan su severidad.

Varios lustros de obstinadas políticas socio-económicas, de liderazgo mediocre y extraviado y de creciente escepticismo ciudadano han recluido a Europa en una especie de sanatorio político y social. Por primera vez, los europeos no dejarán a sus hijos un legado de mejora material y moral. Se acabó el mito de la superación generacional.

Hasta hace poco, Europa sacaba pecho ante Estados Unidos, pese a su aparente decadencia y sus periódicos conflictos domésticos. Después de todo, logros como los servicios sociales casi universales, el equilibrio entre libertad e igualdad, la combinación de tradición y modernidad mantenían a Europa como referente a la hora de aportar soluciones o remedios a los problemas globales. La crisis, entre otras cosas, también ha barrido esa percepción de la relevancia europea.

INVERSION DEL DEBATE TRANSATLÁNTICO

Hay cierta frustración en la actual Administración norteamericana sobre el estancamiento europeo. Los dos polos del debate occidental han cambiado de campo, como los equipos de futbol tras el tiempo del descanso. Ahora es Estados Unidos quién juega en el terreno de lo público como solución, siquiera sea parcial, y no como problema. Europa, en cambio, se encierra en el área de la austeridad y la reducción de lo público, percibido como causa atávica del problema, y fía la solución a mantener su puerta a cero, es decir, sus cuentas sin números rojos.

En su comentario semanal para THE NEW YORK TIMES, el analista conservador David Brooks se lamenta de que el sector más progresista del legislativo norteamericano (el ala izquierda de los demócratas, para entendernos) confía más que nunca en el Gobierno para avanzar soluciones. «Los demócratas quieren extraer 4.200 millones de dólares del sector privado y asignarlo al Gobierno, donde creen que pueden ser empleados de forma más eficiente». Y para hacerlo, claro, suben los impuestos, que estarían ya, según sus cifras, en su máximo histórico. Ya se sabe: en Estados Unidos, cualquier debate político concluye en la consideración fiscal.

Brooks advierte que este ‘keynesianismo’ supuestamente radicalizado puede tener el efecto de ‘declive europeo’. Basándose en un estudio del Nobel Edward Prescott, el comentarista presenta un dato para el debate: «en los cincuenta, cuando los impuestos que soportaban eran bajos, los europeos trabajaban más horas que los americanos; cuando los impuestos subieron, se redujeron los incentivos para trabajar (…) y al cabo de unas décadas, las horas de trabajo en Europa se redujeron un 30%».

Desde otra óptica pero con parecida elegancia, su compañero de columna en el NYT, Paul Krugman, viene replicando que la crisis empezó a incubarse cuando se destruyeron las políticas de cohesión social y reducción de desigualdades que el sector público contribuyó decisivamente construir. O que el aligeramiento fiscal no genera por sí mismo riqueza, sino el reparto más desequilibrado de la misma. Pero pasemos al otro lado del axioma geopolítico.

EL SENTIDO DEL ‘RENACIMIENTO CHINO’

Mientras asistimos a esta inversión en el debate interatlántico, los druidas del pensamiento estratégico norteamericano enfocan sus miradas en el Pacífico. Washington ha convertido a Asia en su prioridad estratégica: en los hechos y en las doctrinas. Centrémonos en el pilar dominante de la emergencia asiática.

En China toma el mando un nuevo equipo sin ruptura con el legado comunista, pero con un discurso de rectificación que merece atención. Sinólogos nuevos y viejos, escépticos y curiosos advierten un tono acorde con las necesidades. El jefe del gobierno, Li Keqiang, toma el testigo de su antecesor, Wang Yaobang, y promete una sociedad más justa. Condición imprescindible para el cumplimiento de esta ecuación es la ‘erradicación de la corrupción’. El remozado mandarinato chino no acepta que el proyecto de ‘hombre nuevo’ de la sociedad comunista se haya disuelto inevitablemente en la condición codiciosa del enriquecimiento material particular. Marx y Confucio siguen siendo antídotos contra las explosiones sociales. Es dudoso, en cambio, que los llamados ‘príncipes chinos’ (la versión local de la ‘nomenklatura’) crean de verdad en la nivelación social, una vez desestabilizado el sistema colectivista.

Pero también se perciben alertas. El flamante Presidente Xi Jinpiang proclama un «renacimiento chino» o un «rejuvenecimiento de la nación». Expertos como el Director del Centro de Estudios Chinos de Sídney, Kerry Brown, ven en esta exhortación una peligrosa añoranza de la ‘era dorada’ del Imperio del Centro, a comienzos del siglo XVII, cuando China era la primera potencia económica mundial y proyectaba su dominio sobre todo Asia.

China compite en todos los frentes. Quiere ser fuerte económica y militarmente para blindarse políticamente y neutralizar quizás no tanto las fracturas sociales, cuanto más bien sus consecuencias. Ya sea en la reivindicación aparentemente nacionalista de los archipiélagos de su balcón marítimo, la ‘neocolonización’ de África, la protección interesada de la tiranía bufonesca norcoreana o el insidioso acecho de secretos industriales y pilares estructurales de la potencia rival, los chinos piensan ‘hacia adentro’. No se trata de una política expansiva, de conquista, de dominación del exterior cercano o lejano, sino de mantenimiento de la disciplina nacional. Dicho en corto: casi todo en China es política interna. Pero cuando se ocupa uno de cada quince kilómetros cuadrados de las tierras emergidas y se alberga a un quinto de la población mundial, todo lo interno es global. Y es susceptible de percibirse como amenaza.