La estrategia diplomática de la derecha entre 1996 y 2004 consistió básicamente en contribuir a la creación de un «eje del bien» con Estados Unidos y algunas naciones europeas escogidas por la proximidad de sus gobiernos a la Administración Bush. Tal coalición, bajo liderazgo norteamericano, inventó un «eje del mal» con el que confrontar sobre el ideario del «choque de civilizaciones» y la excusa de la amenaza terrorista. El drama de la guerra de Irak ha desenmascarado los intereses reales que se escondían tras tanta parafernalia mesiánica y maniquea: las cuentas de resultados de determinadas empresas petrolíferas y de armamento.

El vasallaje al emperador incluía obstaculizar los intentos por generar una política exterior y de seguridad común en Europa, romper el tradicional eje hispano-franco-alemán en el impulso a la integración europea, olvidarnos de Iberoamérica, y generar una tensión con nuestros vecinos del Magreb tan absurda como peligrosa. La heróica invasión de la isla de Perejil y la conquista de sus rebaños de cabras fue un buen colofón para la diplomacia «aznarista».

¿Tenía algo que ver tal estrategia con los intereses de España? ¿Podían sentirse los españoles mayoritariamente representados en la foto de las Azores o en el gesto de Aznar colocando sus botas sobre la mesa del rancho tejano de Bush? Evidentemente no.

El viraje en la política exterior española bajo gobierno socialista ha sido de 180 grados. Es cierto. Y estaba plenamente justificado. Los españoles reivindicaban una acción diplomática en consonancia con los intereses de nuestro país, sin rendir pleitesía a nadie. La ciudadanía reclamaba una estrategia internacional acorde con los principios de respeto a la legalidad internacional, la búsqueda de la paz y el fomento de la cooperación al desarrollo para erradicar la pobreza y la ignorancia en el mundo. Y eso es lo que hemos tenido.

La derecha tacha de «buenismo» ingenuo la iniciativa de la «Alianza de las Civilizaciones». Su virtualidad práctica a corto plazo puede ser escasa. De acuerdo. Pero en un contexto internacional de desencuentro constante, de conflictos enquistados y de violencia extrema, fomentar el diálogo y el entendimiento no debe considerarse como un esfuerzo baldío. Somos muchos los que nos sentimos orgullosos de que nuestro país sea conocido ahora por iniciativas de «buenismo», antes que por el «malismo» de colaborar en la sangrienta invasión de Irak bajo la bandera de la mentira y el negocio sucio.

España ha recuperado el liderazgo en la aventura de la integración europea, con Felipe González al frente del equipo encargado de «repensar» las instituciones de la Unión. España vuelve a ejercer como referencia de progreso y puente con Europa para nuestros hermanos latinoamericanos. España es el país de la OCDE que más ha hecho crecer sus presupuesto en cooperación al desarrollo, y durante la próxima legislatura seremos la primera gran potencia económica en llegar al 0,7% del PIB. Y la mirada española sobre Africa no es ya una mirada de recelo sino de solidaridad y colaboración. Ahí están nuestros valores y nuestros intereses.

¿Buenismo? Sí, y con mucho orgullo.