Las elecciones al Parlamento europeo ofrecieron un resultado que los sondeos anticipaban pero que parecía ilógico. Cuando el paro, la precarización, las desigualdades acentuadas, la pobreza disparada azotando a los ciudadanos, éstos otorgan una ventaja indiscutible en escaños a la Derecha frente a la Izquierda, digamos las Izquierdas y así ya entramos en el tema. Si añadimos una abstención que logra una holgada mayoría entonces nos encontramos con material suficiente para echarnos las manos a la cabeza y maldecir una especie humana que cuantos más palos recibe, más pide en un extraño éxtasis masoquista.

Pero de una sencilla suma se saca otra versión. En la mayoría de los países la suma de los votos de quienes reclaman más solidaridad, más justicia, más política social y más intervencionismo del estado, los que se oponen a un liberalismo descarado, es mayoritaria. Frente a estos votos la derecha consigue catalizar temores al provenir, a la inseguridad, a los cambios societales que agrupan y borran discrepancias. Cuando las opciones políticas se presentan en la oficina electoral muchas veces el ciudadano tiene que escoger, en la practica, entre una papeleta de derechas y varias, numerosas, papeletas de izquierda. En una elección a una vuelta, el resultado esta cantado: ¿unión contra desunión?

Para los medios de comunicación, para los politólogos, para los intelectuales el responsable de la derrota no puede ser otro que el único que puede vencer a la derecha: los Partidos socialistas. Se admite que sólo ellos pueden competir con la derecha, solo ellos pueden materializar la alternancia en el poder, pero como no conservan su electorado son culpables. El juicio, sumarísimo, no tiene recurso. ¿Que tienen algo de culpa? Claro que sí. ¿Que sólo la tiene ellos? Eso está por ver.

Es un verdadero círculo vicioso. La derrota electoral multiplica entre las izquierdas incitativas que la fragmentan y la debilitan. Cada nueva formación que surge necesita, para identificarse mejor, marcar diferencias en la familia, y cuanto más débil sea, más se opondrá «al padre”. La derecha puede entonces ocuparse de otros asuntos, el ajuste de cuentas entre grupos de izquierda le ahorra trabajo. El ejemplo francés es de los más ilustrativos, y no solo por las evidentes responsabilidades del Partido socialista. Ya hemos denunciado su situación caótica por la multiplicación en su seno de «cabezas de ratón”, facilitada por la convicción que no va a ser león y que entonces de nada sirve ser » cola».

Pero las disidencias, antaño comunistas, hoy socialistas, amplían la confusión. Cuando un líder joven, con talento e imaginación, Besancenot, afirma que sacrifica su pequeño partido de extrema izquierda, que de paso quita 5% de votos al PS, para crear un nuevo partido anticapitalista, ni siquiera obtiene la adhesión de su rival de extrema izquierda, el cual acostumbra regalar unos 3% de votos a la derecha. Y como esto no basta, un socialista, Melanchon, cansado de ser «cola» crea un nuevo partido socialista que» encabeza» ¡para socorrer a un agonizante Partido comunista!

Esta política de restar y nunca sumar no se debe a cualquier desesperación suscitada por los conflictos que esterilizan al PS. Hace tiempo que esta demostrado que ese camino de división lleva al triunfo de las derechas, buenos ejemplos se pueden encontrar en Italia o Alemania. Pero ello permite a ciertos políticos ser «cabeza de ratón» con la jubilosa complicidad de los medios de comunicación en su inmensa mayoría ansiosos de propagar líos e intrigas que se venden bien. ¿Cómo hubiese sido nuestra transición democrática si la multiplicación de partidos de izquierda que un día amenazó hubiese conseguido instalarse? Y en una sociedad que «presidencializa» la política, dicho de otra manera lleva al culto de la personalidad, cuan tentador resulta el protagonismo individual.

Con el tiempo las coyunturales discrepancias se institucionalizan y petrifican. La provechosa convergencia resulta entonces ilusoria. Los intelectuales tienen una indiscutible responsabilidad. Son ellos quienes mayormente encabezan, físicamente e intelectualmente, los grupos políticos. Su condición social les ofrece libertad de análisis, acceso a las ideas, individualización de las soluciones y sobre todo capacidad crítica. Esto nunca sobra en una formación que se propone obrar por un socialismo democrático. Pero debemos guardar la crítica en un marco constructivo y no demoledor, como lo prevé nuestra Constitución, para no caer en un caos teorizante. Rebeldes pero disciplinados deben ser los intelectuales. ¿Es tan difícil acatar la voluntad de una mayoría aunque no nos guste? El compromiso de izquierda es incompatible con el ego. Si la disciplina parece intolerable o discutible, si no se aguanta el estar equivocado frente a la voz mayoritaria de su partido, al intelectual le queda el refugio inviolable de su conciencia. Pero un refugio secreto huyendo de la tentación mesiánica, para no desconsiderarlo.