“Hay literatura que no tiene alma, corazón ni vida detrás de su exquisita factura expresiva, hay muchos ejemplos, algunos de los cuales forman parte de los nombres más reconocidos del panorama nacional. Esta peculiaridad suele coincidir con la que les marca como escritores que no tienen nada que contar, algo que se observa con frecuencia en algunos cenáculos del mundillo. Juan Marsé no tiene nada que ver con ese tipo de literatura; es más, podría considerarse el mejor exponente de la contraria”

Víctor Claudín.

“La esperada nueva novela de Juan Marsé no podrá resultar una sorpresa para ninguno de sus lectores, porque no hay en ella nada ajeno al mundo que el escritor ha ido configurando, obra tras obra, desde hace más de medio siglo. Podría decirse, para simplificar, que Caligrafía de los sueños es puro Marsé”

Ricardo Senabre

“La historia que narra el barcelonés es un drama colectivo que sólo su pluma es capaz de plasmar, hecatombe colectiva vista desde los ojos de un adolescente con claro matiz autobiográfico, como si el autor de Si te dicen que caí -donde ya aparece Ringo, el protagonista- quisiera ajustar cuentas con toda su anterior producción desde la experiencia que confieren los años”

Jordi Corominas

Tras la obtención del Premio Cervantes en 2008, “Caligrafía de los sueños” es la primera novela de Juan Marsé que ve la luz. En ella retorna al escenario de su niñez, la Barcelona de la posguerra, y, como en otras obras, lo hace de forma especial y seductora, nada melancólica, aventura de los derrotados que se ha transformado, posiblemente, en el principal rasgo distintivo de su literatura. Hay incluso quien opina que cuando Marsé ha cambiado el escenario espacial y existencial en sus novelas (un buen ejemplo es “Canciones de amor en Lolita’s Club”), el resultado no ha sido el esperado.

“Caligrafía de los sueños” es la novela más autobiográfica de Juan Marsé. Y así lo ha confesado el propio autor, que por primera vez ha tratado su adopción desde un punto de vista literario, tema que no había tocado porque lo consideraba demasiado íntimo. Concretamente, Ringo, uno de los protagonistas, aglutina muchas de sus facciones en un teatro vital en el que se rehacen acontecimientos de sus años juveniles.

El punto de partida de la obra es la malograda y extravagante aventura amorosa que vive una de las vecinas de Ringo, Vicky, mujer que se dedica a dar masajes en su casa y que en su tarjeta de visita se define como sanadora, quinesióloga y experta en malestares lumbares. Mujer un tanto atolondrada y esperpéntica, de moral relajada, tiene a su marido, ex alcalde de barrio y falangista, ingresado en un hospital psiquiátrico. También tiene una hija, Violeta, dos años mayor que el quinceañero Ringo, con el que tiene una cauta e insólita relación. La afectuosa Vicky está viviendo una enardecida historia de amor con uno de sus clientes, un ex futbolista.

Ringo es un espectador aventajado de esta historia que, como todas las historias de amor, tiene siempre el mismo objetivo: la búsqueda de la felicidad y la capacidad de perdón en el sentido más elemental cívico. Una aventura que es el cordón umbilical de la obra, y que al mismo tiempo se convierte en el pretexto para adentrarse en ese universo fracasado y popular que tan bien conoce y comprende. El marco será la cotidianeidad de un barrio popular de la Barcelona de los años cuarenta, los bailes, cines y burdeles como únicos caminos para escapar de una realidad execrable, las diversiones populares de unos personajes con las bocas cerradas, el racionamiento, el papel social y antropológico de la bodega Rosales como centro y altavoz de ese reducido mundo, el franquismo más sórdido y gris empeñado en silenciar y encarcelar a los considerados desafectos al nuevo régimen… Quizá uno de los más logrados fragmentos es cuando nuestro protagonista se adentra en el Barrio Chino, reino de lo prohibido con patatas bravas, gitanos, alcoholes, putas y el claroscuro del centro, “terra ignota”, área reservada a los que tienen una cifra consentida por las autoridades en el carnet.

Ringo dejará de estudiar y se pondrá a trabajar. Sin embargo, un accidente le obligará a abandonar el mundo laboral. Durante su recuperación, la bodega Rosales se convertirá en su refugio. Desde allí observará el devenir existencial de su barrio y la evolución del drama amoroso de Vicky con su desesperada soledad, su pobreza afectiva y su obsesión por una carta que nunca llega y que mantendrá en vilo al lector hasta el final. También desde allí alimentará una añoranza de porvenir y una paulatina oposición hacia el ambiente que sus abundantes y enredadas lecturas expanden. Ringo, iluso, ermitaño y novelero, se alejará de sus amigos y del determinismo social inherente a muchos de ellos. En su caso, la socialización será diferente: logrará sacar provecho estético a su huella de ostracismo y pesadumbre. Poco a poco abandona su ilusión de ser músico por la de escritor. El resultado será la reinvención de sí mismo y el rechazo del entorno adverso en el que crece.

No resulta arriesgado afirmar que “Caligrafía de los sueños” no añade nada especial a la obra de Marsé, en el sentido de que no se adentra en territorios nuevos. Estamos ante la fidelidad del autor a un mundo personal, a unas ideas y a un estilo narrativo. ¿Más de lo mismo? ¿Repetición de viejos temas y recursos? La respuesta es afirmativa, pero maticemos: perfeccionados. A estas alturas de la vida, Marsé no tiene ninguna necesidad de acreditarse ni apostar por novedades sorprendentes. Está siempre presente con una identidad palpable. Su trayectoria le confirma y esta novela es una muestra clara que hila un colorido mosaico donde cada acción, escenario y narración asumen un papel sobresaliente que en su transparente locución van más allá.