La Cumbre de Copenhague tiene supuestamente como objeto atender a estos desafíos. Sin embargo, ni la forma ni el contenido de la Cumbre parecen responder a las expectativas generadas durante los últimos años. La organización del evento se asemeja más a una asamblea de facultad que a un foro internacional con pretensiones de obtener resultados eficaces. Cuando se trataba de superar el colapso financiero, las grandes potencias convocaron el G-20 y en pocos días estaba listo y en aplicación un plan global bastante efectivo. Resulta evidente que estas potencias aún no entienden que la magnitud y la urgencia del colapso ambiental merece al menos una reacción equivalente.

Todo parece indicar que las conclusiones del encuentro estarán a la altura de su organización. La limitación de emisiones anunciada no pasa de vagos compromisos unilaterales, con nula posibilidad de verificación en el caso de los chinos, por ejemplo. La presidencia del cónclave ya ha renunciado a fijar presupuestos concretos para adaptar los modelos de desarrollo de las sociedades más desfavorecidas a las condiciones de sostenibilidad. Los cambios precisos en el modelo energético global ni siquiera están en el orden del día, porque quienes tienen capacidad de decisión no lo van a permitir.

Las decisiones realmente relevantes tienen que ver con las transformaciones en las formas de producción, con la sustitución de la energía del carbono por la energía renovable, con las estrategias globales para la preservación de los espacios naturales, con el compromiso de los ya desarrollados para hacer sostenibles sus modelos, y con la ayuda a los demás para que diseñen su desarrollo conforme a parámetros de sostenibilidad.

Atención también con la «sostenibilidad» de algunos discursos ecologistas. Desde el ámbito de la planificación de infraestructuras públicas, por ejemplo, nos enfrentamos a veces a planteamientos poco equilibrados. A menudo, las presiones ambientalistas llevan a sortear colonias de mariposas o cuevas de murciélagos en el trazado de una carretera o de un túnel, con un coste extraordinario (que también puede medirse en clave ambiental). Algunas demandas judiciales terminan también con la amenaza de cierre parcial o total de costosas infraestructuras aeroportuarias para solventar problemas de ruido, que debieran encontrar otro tipo de solución.

Sin embargo, lparecen mucho más escasas y débiles las reivindicaciones para generalizar los motores eléctricos en la automoción privada, responsable de más del 50% de las emisiones causantes del cambio climático en nuestras ciudades.

Efectivamente, si queremos que no cambie el clima, tendremos que cambiar el sistema. Y parece que, a pesar de las buenas intenciones, la Cumbre de Copenhague contribuirá poco a hacerlo realidad.