El cambio climático puede frenar el proceso de reducción de la pobreza. Pero además, la falta de políticas de desarrollo adecuadas y compatibles con el medio ambiente podría empujar a otros 100 millones de personas a la pobreza extrema en el año 2030, dando al traste con los “esfuerzos” que se han venido realizando en las últimas décadas por erradicar la pobreza. Al mismo tiempo, que se ocasionan pérdidas humanas y físicas irreparables, que afectarán más a las personas y a los países pobres al estar más expuestos y ser más vulnerables a los cambios climáticos: desastres naturales, inundaciones, sequías que privan de los medios de subsistencia, enfermedades transmitidas por el agua, aumento de los precios de los alimentos…

Estos estremecedores datos, figuran en el informeShock Waves: Managing the Impacts of Climate Change on Poverty (Grandes cataclismos: Cómo abordar los efectos del cambio climático en la pobreza), elaborado por el Banco Mundial, donde de una manera inequívoca se reitera algo que los mayores generadores de contaminación y uso intensivo de los recursos, e incluso algunos políticos, siguen queriendo ignorar: la estrecha relación entre el cambio climático y la pobreza.

Aquí, nuevamente, se produce una enorme contradicción entre los deseos de la población y lo que finalmente realizan sus gobiernos. Una muestra, el 78 por ciento de la opinión pública internacional dice estar «muy preocupada» por el cambio climático, y un 70 por ciento considera que los acuerdos alcanzados desde 1992 no han sido suficientes para frenar el cambio climático, según datos de la consulta ciudadana World Wide Views Clima y Energía. Nos encontramos así, ante un claro ejemplo de cómo la agenda del poder económico acaba desplazando la agenda de los ciudadanos, con el consentimiento cómplice de unos gobiernos que mayoritariamente solo piensan en las próximas elecciones y no en las siguientes generaciones. Algo siempre grave, pero más en esta ocasión porque estamos ante unas decisiones que pueden terminar con la vida tal y como la conocemos en este Planeta.

Pero parece que algo está cambiando. Cuando quedan pocas semanas para que se celebre una nueva Cumbre sobre el Cambio Climático, en esta ocasión en París, muchas son las voces que piden que de esta cita salga un acuerdo vinculante para la reducción de los gases de efecto invernadero en el que estén presenten todos los Estados, incluidas las grandes potencias.

Las reuniones previas, constatan la implicación que a priori se producirá en la Cumbre, donde han confirmado su asistencia a la apertura ciento diecisiete primeros ministros o presidentes; ciento sesenta países ya han presentado sus planes nacionales; y donde el optimismo reinante está llevando a plantear la superación de la meta de la comunidad internacional, que consistía en mantener el calentamiento global 2°C por debajo de los niveles preindustriales, y hablar ya de 1,5 grados, lo que permitiría eliminar el riesgo a largo plazo que representa el cambio climático para la eliminación de la pobreza.

Para lograr el objetivo de los 2 grados, mucho más 1,5 grados, son precisos amplios cambios estructurales en la economía mundial. Y la pregunta que surge es ¿Esta vez sí o al final, como en otras ocasiones, todo se irá al traste? Por ese motivo, y a pesar de que los preparativos van bien, no hay que precipitarse todavía en cuanto a los resultados. Aunque en estos momentos, si se puede decir que muchas cosas están cambiando. Una de ellas, junto al incipiente giro político en esta materia en alguna de las grandes potencias, es el hecho de una mayor participación y presión ciudadana para que se lleguen a acuerdos vinculantes ya, y para todos.

Participación que, entre otras actuaciones, se ha podido ver en la consulta ciudadana World Wide Views Clima y Energía, una iniciativa impulsada por la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC) y el Gobierno francés, país anfitrión de la Cumbre del Clima, donde han opinado más de 9.000 ciudadanos de 76 países mediante jornadas nacionales de debate.

Esta consulta, que es la mayor realizada sobre energía y cambio climático hasta ahora, ha logrado uno de sus principales objetivos al hacer oír la voz de la ciudadanía en este tipo de foro internacional, que habitualmente está restringido en sus debates a expertos y políticos, cuando es algo que nos afecta a todos y entre todos tenemos que solucionar. En ella, se ha concluido que de esta cumbre debe salir un acuerdo que sustituya al protocolo de Kioto, que expira en 2020.

El mandato es preciso. Y al mismo, hay que sumar lo que establece el informe del Banco Mundial cuando señala que la pobreza debe tenerse en cuenta también al diseñar políticas de reducción de emisiones de gases de invernadero. Poner fin a la pobreza y estabilizar el cambio climático serán dos logros sin precedentes y dos grandes pasos hacia un desarrollo sostenible, que no pueden considerarse aisladamente. Para ser social y políticamente aceptables, las políticas de reducción de emisiones deben proteger, e incluso beneficiar, a los hogares pobres. Y para erradicar la pobreza de manera sostenible, las políticas de reducción de la pobreza deben contribuir a la estabilización del cambio climático.

A los que todavía niegan el cambio climático, incluido al primo del Presidente del Gobierno, solo hay que recordarles que no hacer nada será catastrófico. Un ejemplo, en el verano de 2003, en Europa una ola de calor provocó más de 70.000 muertes. Si no se hace nada, ese verano podría convertirse en habitual al final del presente siglo. ¿Es lo que deseas? Creo que no.

La meta es ambiciosa, y los Gobiernos deben actuar ya, porque reducir las emisiones salvará el desarrollo, el medio ambiente y el planeta, a la vez que se acaba con la pobreza.

Merece la pena.