Las coyunturas económicas de crisis suelen afectar de manera especial a las clases medias. No es extraño, por lo tanto, que a medida que se ha ido extendiendo la crisis se empezaran a detectar datos que alertaran sobre las posibilidades de un deterioro de la situación de las clases medias que pudiera traducirse en unos efectos políticos y sociales difíciles de prever, como ocurrió en algunos países europeos en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

En aquellos años, el deterioro económico y la pérdida de estatus de amplios sectores de las clases medias dio lugar a un fenómeno de radicalización política y de búsqueda de “autoridad” y “seguridad”, que propició en varios países europeos un caldo de cultivo idóneo para la expansión de los fascismos. De hecho, los grandes partidos fascistas acabaron encontrando en las clases medias declinantes –y frustradas– uno de sus principales apoyos electorales.

El problema es que actualmente puede llover sobre mojado, es decir, lo que ahora se detecta se añade a unas tendencias de declive de carácter sistémico que empezaron a aflorar antes de la crisis, en una forma que puede alterar algunos de los supuestos y de las concepciones tradicionalmente establecidas sobre las clases medias y sobre los sistemas modernos de estratificación social en general.

En estos momentos, en determinados sectores de las clases medias confluyen problemas de estancamiento y deterioro económico (que afectan a diversos sectores de las viejas clases medias propietarias y profesionales), junto a problemas de empleabilidad (que afectan a los núcleos más débiles de las nuevas clases medias asalariadas) y una tendencia adicional de fondo de movilidad social descendente que sufren muchos hijos de familias de clase media, que ni encuentran trabajo, ni alcanzan niveles de ingresos y de estabilidad similares a los de sus familias de origen. De hecho, una gran mayoría de los jóvenes que han estudiado y que han conocido un período de prosperidad y de consumismo en sus familias, al llegar a la edad adulta se encuentran con un panorama totalmente distinto al que habían vivido hasta hace bien poco. Sin apenas oportunidades ni perspectivas de futuro, con grandes dificultades para tener una vivienda propia y un proyecto sostenible de autonomía personal, su realidad les aboca a una situación de clara movilidad social descendente. Es decir, estos jóvenes van a vivir –ya están viviendo– peor que sus padres y peor de lo que ellos vivieron durante su infancia y adolescencia. En peores casas –si las tienen– con menos ingresos, con peores trabajos –si los logran– y con unas perspectivas vitales más inciertas.

En algunos casos, la prolongación de la permanencia en los hogares paternos –o el retorno a ellos– está afectando también al nivel general de vida de muchas familias de clase media, sobre todo en las familias con hijos dependientes de más edad, que al coincidir su situación de dependencia y de necesidad con la edad de jubilación de los padres ven como el conjunto de la familia sufre un deterioro global de su situación económica y de su estatus.

Aunque estas tendencias económicas de base suelen tardar en traducirse al nivel de la conciencia, sobre todo entre las clases medias, lo cierto es que los últimos datos sociológicos disponibles ya empiezan a mostrar un cierto declive de la conciencia de clase media. En el caso de España, por ejemplo, la Investigación sobre Tendencias Sociales que realiza el GETS permite disponer de evidencias empíricas recientes que apuntan en esta dirección (Vid. gráfico 1).

Durante los últimos años, se ha ido produciendo una cierta reducción de la proporción de personas que se identifican como clase media, en contraste con la anterior tendencia ascendente de este patrón de identificación, mientras que aumenta la proporción de aquéllos que se identifican con fórmulas que implican subordinación (clase obrera o trabajadora, clase baja, etcétera).

Grafico