En ocasiones le dan por demasiado pactista y otras veces por negarse a pactar. Le sacuden por tirarse al monte de la radicalidad, y también por no diferenciarse de las políticas de la derecha. Recibe unos días por querer controlarlo todo, y otros días por no mandar casi nada. Los golpes adoptan en general forma de descalificación o de infundio, pero también se le somete a «encuestas» de rigor tan discutible como su intencionalidad. Paradójicamente, se le buscan sustitutos con más empeño que al Presidente menos popular de la historia de España y, quizás lo más doloso, algunos suelen empaquetarle con Rajoy, cuando posiblemente no haya dos personajes más dispares.

Él es buen fajador y rara vez responde a las provocaciones. Y no se trata de hacer valoraciones de justicia sobre la hoja de servicios de cada cual. Hace tiempo que la política dejó de lado parámetros tan racionales. Pero quizás no resulte muy prudente tanto castigo sobre el máximo responsable del principal partido encargado de controlar al Gobierno y ofrecer alternativas en un contexto de crisis. Jugar al pim-pam-pum con aquel que se pone a tiro es sencillo, resulta incluso liberador ante tanta frustración, y seguro que despierta algunos aplausos. Pero puede que tanta diversión nos debilite, al partido, a la alternativa, y al propio sistema.

¿Que su imagen está desgastada? Lo extraño sería lo contrario. La crisis de credibilidad ha alcanzado ya la médula del mismísimo régimen de la representación democrática, y él representa al régimen como pocos, a sus virtudes y a sus defectos. Además, el PSOE aún atraviesa el desierto del reproche por los fallos pasados, y él personifica el paso de los socialistas por el Gobierno, para bien y para mal. Y los mismos ciudadanos que valoran en abstracto los ejercicios de democracia interna en los partidos después castigan los ruidos que provoca tal ejercicio, y él es el responsable de la coherencia de su partido. Claro que hay desgaste, para el PSOE, para el sistema democrático, y para quien da la cara por el PSOE y por el sistema.

Ahora bien, llevemos la reflexión un poco más allá. Puede que en un marco de emergencia nacional el país necesite de un interlocutor en la oposición que sea capaz de llegar a acuerdos de interés general, resistiendo la tentación fácil de dejarse llevar por las corrientes de rechazo, como por cierto hizo Rajoy desde el estallido de la crisis. Y ese progresismo de columna, que por las tardes pergeña grandilocuentes llamadas a los pactos de Estado y por las mañanas se suma con brío a las consignas anti-política, anti-partido y anti-Rubalcaba, podría llegar a la conclusión de que solo las direcciones fuertes pueden conducir a un partido de oposición por la senda de los grandes consensos útiles al progreso.

Hasta aquellos que apuestan legítimamente por un candidato socialista nuevo para las próximas elecciones debieran interesarse por la fortaleza del equipo que ahora dirige su partido, y por su liderazgo. Podría invocar el respeto debido a las decisiones adoptadas democráticamente en los Congresos, o a los valores del compañerismo y la solidaridad que siempre caracterizaron al partido de los socialistas. Pero seré más modesto y más práctico aludiendo solo a los intereses.

Porque no dudo de que en estos momentos hay quienes entienden que al PSOE y al país le vendría bien prescindir de la (demasiada) experiencia de su secretario general, para probar con Beatriz Talegón como candidata a la Presidencia del Gobierno de España, por poner como ejemplo a la única persona que hasta ahora se ha postulado públicamente. Y en su momento habrá que elegir libre y democráticamente a quien nos represente al frente de las candidaturas. Pero incluso aquellas personas entenderán que para maximizar las posibilidades del PSOE en las próximas elecciones habrá que llevar a cabo un trabajo duro e inteligente en orden a recuperar el diálogo, el respeto y la confianza de la ciudadanía. Y que este trabajo de interlocución social y de oposición institucional requiere de una organización sólida y coherente, centrada en sus obligaciones externas antes que en sus conspiraciones internas. ¿O no?

Resulta curioso cómo algunos buscan enterrar a toda velocidad el perfil altamente valorado de un político que hasta hace bien poco encabezaba todas las clasificaciones de respeto ciudadano, al menos las bien hechas. Los éxitos en la gestión de Gobierno, incluido el fin de ETA -en fin, poca cosa-, son sepultados rápidamente bajo reproches que en otros tiempos fueron elogios: la experiencia, la prudencia, el equilibrio, la querencia por el acuerdo… Y la etapa de la historia reciente del PSOE con más producción de alternativas solventes, desde la reforma constitucional hasta el pacto por la reactivación, pasando por el federalismo y la reforma laboral propia, se tacha en algún editorial amigo de propuestas «indefinidas». ¿Indefinidas? ¿No estará más indefinido el discurso de quienes un día escriben a favor de los grandes pactos nacionales entre los grandes actores políticos, y otros días arremeten contra la «fosilización del bipartidismo» y llaman a la atomización del Congreso con «nuevos actores políticos»?

Pero la moda ha alcanzado también a la política, incluso a parte de la intelectualidad progresista. Ahora no se llevan los políticos maduros, experimentados e inteligentes. Alguna socióloga que reconoce hacer encuestas «con el corazón» redacta cuestionarios con preguntas del siguiente tenor: «¿El PSOE debería elegir como líder a un político de otra generación distinta a la de Rubalcaba?». Solo falta que pregunte: «¿Prefiere usted un/a líder para el PSOE que sea joven, alto/a y guapo/a o uno que sea viejo, bajo y calvo?». No, ahora se llevan los políticos «guays», que no serán necesariamente más maduros, experimentados e inteligentes, pero se expresan «guay», tienen amigos «guays» entre periodistas «guays», y hacen socialismo «guay».

Tengo claro que el perfil que se promociona hoy en política es el perfil «guay», pero no tengo tan claro cómo se logra. Si lo que se busca es mejorar la empatía en el gesto y en el mensaje, puede ser interesante, aunque se sobrevalore a mi juicio. Pero hay otros riesgos. Puede que ser «guay» en un contexto de grave contestación a la política democrática consista en nadar siempre a favor de corriente, y jugar a hacer anti-política desde la política. Puede que se trate de decir lo que entendemos que quiere escuchar la mayoría en cada momento, para encontrar el aplauso fácil. O puede que baste con bailar regularmente el agua al periodista más influyente o al tertuliano que promete citarte y promocionarte. O quizás esté equivocado, y lo que ocurre es que, aunque no sea maduro, experimentado e inteligente, tampoco soy capaz de acomodarme al nuevo socialismo «guay». Esto último es lo más probable.

Cada uno de nosotros, en el partido o fuera del partido, tiene todo el derecho a opinar como considere y actuar en coherencia con su opinión. Y es perfectamente legítimo y razonable que el líder del PSOE concite admiración entre unos y animadversión o indiferencia entre otros. Solo reclamo una cosa: respeto. Respeto por nosotros mismos, por el trabajo que hemos de hacer, con la dirección que hemos elegido en buena lid democrática. Y, sobre todo, respeto por todos los españoles que esperan de nosotros que nos ocupemos de sus problemas antes de entretenernos en crear más problemas entre nosotros.

Si puede ser, vamos.