Con tal apresuramiento y anticipación, los personajes quieren marcar la agenda electoral en Madrid, y actúan como líderes mediáticos por encima de la democracia interna. Es una mala forma de hacer política por dos razones: primero, porque estos procedimientos relegan a los militantes de los partidos a convidados de piedra que asisten mudos al reparto de poder desde arriba; y segundo, de cara a los y las ciudadanas, porque les ofrece el espectáculo poco edificante de la política reducida a electoralismo, los partidos políticos reducidos a máquinas plutocráticas y aparatos al servicio de intereses particulares y los políticos convertidos en personajes ambiciosos, calculadores y que entienden la política como aprovechamiento personal de oportunidades, lo que viene a confirmar el deterioro de la imagen de los partidos y de los políticos frente a una sociedad cada vez más alejada de tales enredos.

Los partidos políticos han transitado un penoso camino desde su nacimiento como herramientas dinamizadoras de las ideas políticas y de las voluntades y compromiso de tanta gente que militaba en ellos, hasta el actual burocratismo corporativo, con insuficiente democracia interna, mínima actividad política (entendida más allá del electoralismo), ínfima permeabilidad a los problemas y demandas de la calle y pobre participación en la toma de decisiones por parte de la (cada vez más desencantada y pasiva) militancia. Este no es el camino para la regeneración democrática que, en mi criterio, se necesita para enfrentar la complejidad de nuestra sociedad y de los desafíos de un mundo que, tras lo que parece no ser una simple crisis cíclica, ya no será como hasta ahora en los próximos años.

Por tanto, devaluación de la participación, que en el caso de Madrid es más alarmante, y de ello le cabe una gran responsabilidad al Partido Popular de Madrid, al cohonestar con la corrupción y al mantener como cargos públicos a “imputados” por la presunta comisión de delitos, al mantener a un tesorero de partido con poca credibilidad, y al no adoptar decisiones de ejemplaridad que muestren la lucha de la política contra la corrupción.

Esta precipitación de la agenda electoral que ha proclamado el Partido Popular de Madrid no es positiva y por eso, la decisión del PSOE para seguir los plazos y los procedimientos establecidos en sus estatutos es una medida más ejemplar y educativa.

Antes de hablar de personas, hay que pensar en el programa y en el desarrollo de las resoluciones del congreso del partido en Madrid celebrado el año pasado. Antes de prometer ofertas embaucadoras, hay que analizar el estado de cosas en la Comunidad, conocer las necesidades de la gente y debatir las estrategias para mejorar la situación de los pueblos y ciudades de la Comunidad, hay que establecer líneas de trabajo y escenarios de revitalización de la sociedad y debatir una estrategia compartida que unifique a toda la militancia para ganar en Madrid. Si se desarrolla una buena metodología de participación previa, los cónclaves que se celebrarán en otoño serán una buena oportunidad para definir de forma conjunta y sin prisas la oferta política (y no sólo electoralista) del PSM. En mi criterio, cuanto más transparentemente se haga esto, más ejemplar será el proceso de cara a la educación de la ciudadanía.

Por otra parte, la decisión sobre los candidatos a cargos públicos, incluidos los cabezas de cartel, no es baladí, porque visibiliza la política que se quiere hacer. No es lo mismo que el cabeza de cartel, pongamos por caso, sea paternalista o promotor, autoritario o dialogante, inteligente o zafio, populista o ponderado, elitista o no elitista. No es lo mismo que se presenten concejales o cargos públicos invisibles y sin personalidad, adeptos y meramente fieles, que valiosos y reconocidos por la ciudadanía, trabajadores y con ideas. No es lo mismo que aparezca en las listas tendencias machistas o demasiadas complicidades con los sectores económicos privilegiados a que aparezcan otro tipo de personas. Lamentablemente, en general, sólo se prima el perfil fotogénico del personaje, pero los socialistas debemos aspirar a presentar el rostro comprometido, racional e inteligente de un proyecto compartido y no la foto mediática de una persona.

Por esta razón, la elección de un candidato debe ser lo más compartida y democrática posible, lo más transparente y participativa, porque se trata de dar visibilidad a toda una organización, no de secuestrarla por fines electorales y mero cálculo.

Esta importancia se comprueba en la propia opinión de los y las militantes de base de los partidos. Cuando se sospecha que en algún recóndito lugar se pretende “cocinar” la designación de candidatos sin participación de las bases, siempre surgen voces críticas. El Partido Popular en Madrid ya tuvo este tipo de protestas antaño, aunque en vez de dar la voz a la militancia, las acallaron autoritariamente.

En el Partido Socialista de Madrid ya aparecen algunos grupos, en Facebook, postulando candidatos. Grupos de base postulan en Internet tanto al actual portavoz del ayuntamiento David Lucas, como a Pedro Zerolo, concejal y Secretario de Movimientos Sociales del Federal. Se abre así el debate en la red para ganar adeptos.

Son cosas nuevas y que tal vez rebasan los cauces tradicionales de debate, pero que ofrecen un tremendo potencial de transparencia al mismo y que van encaminadas a conseguir la celebración de primarias en el propio Partido Socialista de Madrid, y para evitar que acabe ocurriendo como en el Partido Popular, donde alcaldes y otros cargos se autodenominan de forma asombrosa y cerrando un debate antes de que se abra.

Esta movilización telemática de las bases, bien asimiladas en un marco deliberativo de respeto, contribuyen a la exigencia y la ilusión que pide la militancia, y son una vía de expresión que a veces es más difícil conseguir por las canales establecidos formalmente.

Las llamadas a primarias que de forma creciente aparecen en blogs y otros instrumentos de las nuevas tecnologías (ya he contabilizado más de veinte blogs de estas características en solo una consulta), aportan frescura al debate y dinamizan una posición mayoritaria en la militancia. Quizás anticipan tiempos que los propios estatutos tienen marcados con mayor sosiego, pero expresan una demanda que el partido debe saber acoger de forma inteligente.

En general, los partidos son reacios a la celebración de primarias, a pesar de venir estas contempladas en sus estatutos. Se ha dicho, y es el principal argumento, que las experiencias de primarias no han sido buenas y que cuando se provoca este marco deliberativo la ciudadanía percibe desunión y vota al contrario. Ahora bien ¿ha sido más ejemplar o ha traído mejores resultados la designación de líderes de otro modo?

Quiero resaltar el papel que estas pueden tener en la vida del partido. Desde mi punto de vista resultan más convenientes que inconvenientes, sobre todo cuando ocurre, como ya sabemos, que la ciudadanía “cree que todos los partidos son iguales”, desconfía de la llamada “clase política” y exige más credibilidad, transparencia y democracia a los partidos.

Unas primarias pondrían a militantes de un mismo partido a competir desde la racionalidad por ser el candidato a un cargo político representativo, abriendo un período deliberativo para las ideas y las propuestas. En cuanto a los contenidos democráticos, moviliza a la participación antes de las elecciones, lo que no reduce a electoralismo la vida de los partidos políticos.

Por otra parte, la consulta a los militantes y la vida alrededor del proceso en el partido, permiten seleccionar reposadamente el candidato con el que la militancia se compromete. Es un candidato más real. Como esta decisión es colectiva, el elegido disfruta de un plus de legitimidad democrática, pues atiende mejor al sentir de la militancia y de los simpatizantes, lo que, al menos en Madrid, constituiría un revulsivo de credibilidad.

Hacia el interior de la vida de los partidos, la elección de candidatos por la militancia refuerza la implicación. Permite sentirse parte de la decisión y por tanto corresponsables. Unas primarias dan visibilidad a los candidatos y a la imagen del partido en términos de más democracia.

Hacia la sociedad “desmovilizada” permite acompañar los debates e identificarse con unas u otras ideas, lo que asegura un mejor vínculo y diálogo con la sociedad. Pero, además, existe un argumento de índole ético: es preferible la democracia. Es más democrático que cualquier otro sistema de selección. Es una razón de valores y de confianza en los valores.

Ahora bien, ¿puede tener este proceso inconvenientes?

Hay mucho temor en general a dar la visión de estar divididos y podría ser si no se hace pedagogía de este a la ciudadanía. Porque en España, a diferencia de otros confines, la tendencia de participación es de delegación, no de deliberación, y se suele confundir el debate limpio con la crispación, al oponente con el enemigo y al pluralismo con la división. Es herencia de nuestro pasado reciente y muestra una de las debilidades de nuestra democracia. Pero ello no debe ser excusa para realizar también desde la ejemplaridad, pedagogía ciudadana. Por otra parte, abre la oportunidad de asumir los retos que la globalización y las nuevas tecnologías imponen hacia una mayor y real participación de los ciudadanos, máxime cuando los partidos encarnan esa representación.