CAMBIO DE GUARDIA CON PASO FORZADO

A pesar del tono de fanfarria empleado por la prensa afín, no fue la escena triunfal con la que habían soñado los tories estos últimos años. La primera foto del PM David Cameron en el «10» resultó tardía y un tanto apagada. El jefe de gobierno más joven en casi dos siglos, llegó hasta Downing Street «a trompicones». ¡Qué distinto a la «irrupción» de Blair en 1997! , escribían los comentaristas críticos.

Después de sesenta y cinco años de gobiernos monocolores, Gran Bretaña se hace más europea también en este aspecto político. Al final, los liberal-demócratas se han ido del brazo de los conservadores, tras unas negociaciones más cargadas de táctica que de sustancia, a tenor de lo que se sabe acerca del acuerdo de la coalición. El socio menor tendrá cinco carteras, ninguna decisiva, y a su líder como «deputy», una especie de vice, con poderes aún por precisar. Los aspectos más derechistas del programa fiscal conservador se suavizan, pero se mantienen severos recortes inmediatos del gasto público. Habrá un referéndum electoral, con vistas a implantar el mecanismo del voto alternativo, pero los tories harán campaña en favor del mantener el sistema mayoritario. El sueño liberal de la proporcionalidad se diluye. En compensación, las legislaturas tendrá duración fija de cinco años, para conjurar la tentación tory de intentar conseguir antes de tiempo la mayoría absoluta que ahora se les ha negado.

El pacto de centro-derecha ha generado poco entusiasmo entre sus aparentes beneficiarios. Los dos líderes transmiten escasa empatía, aunque intenten escenificar lo contrario. Sus estados mayores no ocultan cierto descontento. ¿Y las bases? Pura decepción. Unas, por no haber conseguido la mayoría absoluta para desmontar algunos andamiajes del «nuevo laborismo». Otras, por terminar vinculados a unos socios que representan todo lo contrario a esos postulados de renovación política que han proclamado.

Clegg estaba abocado a este desenlace desde la noche del 6 de mayo, cuando advirtió que su «auge» era asimilable al del souflé. La única carta que el líder liberal tenía era coquetear con unos y otros para que mejoraran sus dotes. Los liberales escenificaron las evidentes discrepancias con los conservadores en política fiscal, migratoria, europea y de seguridad para proyectar la complicación del pacto y abrir el apetito de pacto a los laboristas. Pero la mayoría de la dirigencia del partido derrotado había terminado por aceptar que el momento se antojaba propicio para cerrar el capítulo del «nuevo laborismo» y pasar a la oposición. Y nada mejor que una derrota para despedir al líder. Los medios británicos, como era de esperar, recibieron el gesto del líder dimisionario con valoraciones opuestas: los de centro de izquierda lo consideraron un gesto que compensaba fracasos anteriores y acreditaba su altura política; los derechistas, tabloides o «respetables», «un golpe de efecto típicamente labour».

DEL ACUERDO INCONVENIENTE AL MATRIMONIO DE CONVENIENCIA

Tardaremos en saber las verdaderas intenciones de Brown al ofrecer su dimisión al frente del Partido Laborista a principios de semana, supuestamente para favorecer un acuerdo de gobierno entre los suyos y los liberal-demócratas. El ya ex-primer ministro sabía que esa fórmula necesitaría de socios adicionales para conformar una mayoría parlamentaria «progresista»: escoceses, norirlandeses, etc. Pocas garantías de estabilidad, por tanto. O ninguna. Algunos negociadores laboristas filtraron a sus medios afines la temperatura de las negociaciones con los liberales: frialdad, suspicacia y tacticismo. Uno de ellos le dijo al principal articulista de THE GUARDIAN, Jonathan Freedland, que los liberales exigían recortes del déficit muy perjudiciales para las prestaciones sociales. «Y luego dicen que son progresistas», comentaba el confidente.

El estado mayor laborista tampoco se encontraba cómodo con la aspiración liberal de reformar el sistema electoral. Un buen sector del partido no estaba por la labor de hacerse el hara-kiri con unas medidas que, a buen seguro, reducirán indefectiblemente su futura presencia parlamentaria en el norte de Inglaterra y, sobre todo, en Escocia. Muchos percibían que el pacto serviría simplemente para prolongar su permanencia en Downing Street por una temporada corta, a cambio de poner mucho más difícil su regreso después de ser definitivamente desalojados . Partida concluida.

Era evidente que las negociaciones entre liberales y laboristas nunca estuvieron dominadas por el entusiasmo, pero Clegg dejó que se desplegara su ala izquierda para inquietar a los tories. Lo consiguió, en parte. Cameron seguramente contaba con el farol, pero no quiso correr riesgos, revitalizó las conversaciones con Clegg y mejoró su oferta.

Para completar la escena de la derrota, Brown recortaba los plazos de su desaparición política: no será en otoño, sino ya mismo. La figura emergente del laborista es David Milliban, el jefe saliente del Foreign Office. Joven, ambicioso y con buena imagen de esa que ahora se aprecia y resulta políticamente rentable. Pero también inasible, políticamente. Algunos comentarios malintencionados sobre sus pretensiones ya se escucharon en la noche electoral.

Clegg ha obtenido lo máximo que podía conseguir y ha hecho virtud de la necesidad. Tuvo claro que no podía abrazarse al deshollinador (Brown) sin evitar quedar manchado, como le advertía ácidamente un comentarista de THE TIMES. Colaborar con Cameron le hará responsable de medidas que serán difíciles de explicar a sus bases más «progresistas». Cierto. Pero puede proclamar que arrima el hombro en beneficio del país (mensaje al conjunto del electorado) y atempera el giro a la derecha (guiño a los suyos más disgustados con la solución). Los diarios de centro-izquierda (THE GUARDIAN y THE INDEPENDENT), que recomendaron votar por el partido de Clegg, se muestran comprensivos con la decisión liberal de coaligarse con los tories, como ejercicio de realismo y responsabilidad. Pero también de oportunidad: se frena así la temida «revancha» conservadora. Los aliados de este lado del Canal también experimentan cierto alivio, porque confían en que los liberales, convencidos europeístas, puedan neutralizar los instintos euroescépticos de los dos ministros conservadores más influyentes: Hague (Exteriores) y Osborne (Finanzas).

LOS APUROS DE MERKEL

Y mientras un gobierno de coalición se inaugura en Gran Bretaña, otro se adentra en parecidos escenarios de incertidumbre, en Alemania. Los malos resultados de su partido en las elecciones regionales de Renania-Westfalia le complican la tarea de gobernar a Ángela Merkel. Pierde la mayoría en el Bundesrat (la Cámara alta) y le obliga a frenar ciertos compromisos electorales con sus socios liberales, sobre todo las rebajas fiscales. La coalición gobernante en Berlin podría empezar a experimentar tensiones. Pero los liberales no están para muchas exigencias, porque, proporcionalmente, el electorado renano les ha castigado tanto o más que a los democristianos. Para aliviar la amargura, el SPD sigue atrapado en la herencia de Schroeder: aunque pocos, también ha perdido votos, y para gobernar en Renania debe convencer a verdes y rojos, que han sido los vencedores morales. Para ser un länder tradicional, es significativo que los ecologistas y socialistas de izquierdas más comunistas hayan duplicado sus puntos porcentuales de apoyo electoral.

Los analistas creen que la gestión de la «crisis griega» ha pasado factura a Merkel. Pero el análisis es escurridizo y poco convincente. Desde Europa se le reprochaba a la canciller que no se atreviera a avalar el rescate y que estirara los plazos hasta que pasaran las elecciones renanas. Como los dueños del casino internacional amenazaron con emboscadas letales contra el euro, Merkel decidió in extremis apoyar el paquete de ayuda a Grecia, aunque eso desagradara a la mayoría de los electores, nada partidarios de pagar los platos rotos griegos. Probablemente no habría servido de nada la pausa táctica, porque el malestar ya había prendido en Alemania, como en Gran Bretaña, en Francia, o en España, por mencionar sólo países europeos. Salvo los partidos que nunca van a tener responsabilidades de gobierno, todos están sometidos ahora al castigo de las urnas y a la penitencia de las coaliciones.