Hasta que el dogma liberal se dio de bruces con la realidad del crack financiero. Ningún sector había llegado tan lejos en la aplicación de sus recetas desreguladoras como el sistema financiero internacional. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. La burbuja de la especulación y la codicia sin control estalló, llevándose por delante más de 25 millones de puestos de trabajo y sumiéndonos en la mayor crisis de la economía real desde el desastre de 1929. Algunos de los obispos liberales llegaron a admitir la necesidad imperiosa de “un paréntesis en la economía de mercado” mientras se afrontaba el estropicio. El dogma fracasó, pero el catecismo liberal sigue vivo y algunos de sus sacerdotes siguen aferrados a sus preceptos contra toda lógica y razón.

Ahí esta Rajoy. Su apego por la comodidad debe impedirle la lectura de otro libro. El catecismo liberal le sirve para todo. Le sirvió en tiempos de bonanza económica y le sigue sirviendo sin apenas matices para los tiempos de la crisis. La letanía se asemeja al rezo del rosario: bajada de impuestos, reducción de gasto público y reformas desreguladoras. Y como ocurre con muchos seguidores de algún otro catecismo, la reiteración del sacramento no obsta para actuar en sentido contrario a lo que se recita. Porque allí donde gobierna, como ocurre en Madrid, el PP sube los impuestos (acaba de recuperar la tasa de basuras), eleva el gasto público improductivo (por ejemplo en publicidades) y resulta más intervencionista que Stalin (que se lo pregunten a los dirigentes de la Cámara de Comercio o a los responsables de Cajamadrid).

Pero me preocupan más los otros. Me preocupa esa legión de supuestos “analistas”, “especialistas” y burócratas varios, que aparecen en radio y televisión inoculando sus dogmas periclitados bajo la coartada de la “técnica”, que suscriben informes tan faltos de rigor como sobrados de prejuicio liberal, que proponen regulaciones para dejar de regular ignorando la repercusión laboral y social de sus actos, que se entusiasman con la aplicación ortodoxa de las directivas liberalizadoras que vienen de Europa cuando en toda Europa se resisten a aplicarlas en defensa de sus mercados… Estos son los peligrosos.

Solo dos ejemplos derivados de mi trabajo parlamentario más reciente. Primero la ley “Omnibus”, en general una ley razonable, que pretende transponer una directiva europea de liberalización de servicios. La directiva original excluye a muchos sectores del mercado, por ejemplo taxis y alquiler de coches con conductor. Pero a alguien se le ha ocurrido que los españoles hemos de ser más papistas que el papa en la aplicación del catecismo. Y allí donde no hay un problema, ni de productividad, ni de calidad del servicio, ni de precios, ni de reclamaciones ciudadanas, pueden generar un conflicto de consecuencias sociales importantes. Si este sector funciona razonablemente con un sistema de autorizaciones limitadas y de condiciones reguladas para la prestación del servicio, ¿por qué empeñarse en promulgar la ley de la selva?

Segundo ejemplo, el servicio postal. Antes del año 2011 está previsto transponer en todos los países de la Unión una norma que liberaliza el servicio y abre la actividad para todas las empresas interesadas en el negocio. ¿Qué ha hecho Alemania? Blindar su servicio público de correos (150.000 empleados). Ha establecido como requisito “sine qua non” para las nuevas empresas del sector unas condiciones laborales equivalentes a las del sector público. ¿Qué ha hecho Francia? Blindar su servicio público de correos. Le ha atribuido oficialmente el “servicio postal universal”, garantizándole una subvención pública suficiente para los próximos 15 años. ¿Qué plantean los tecnócratas del catecismo en España? Desregulación total. Empresas sin condiciones organizativas ni condiciones laborales reguladas que puedan hacer negocio fácil, utilizando incluso los recursos de la red pública. ¿Y Correos? “Que sea más competitivo”, se le dice. ¿Y cómo lograrlo?, cabría preguntar. ¿Precarizando el trabajo de sus 67.000 empleados o suprimiendo el servicio en las miles de urbanizaciones y pequeños municipios que hoy disponen de oficina, buzón y cartero?

Hay muchos más ejemplos. Y hay que pararles.