Italia es políticamente imprevisible. Éste es un axioma desde que la revolución “manos limpias” descompusiera el tinglado de la IV República y los precarios pero estables gobiernos democristianos con complicidades variables.

La aparición del fenómeno Berlusconi coincidió con la pérdida de rumbo de la izquierda. Los socialistas, destruidos por el craxismo. Los comunistas, autoengañados con la falsa complacencia de convertirse en la opción inevitable. A esa izquierda le han fallado todas las estrategias en los últimos tres lustros. Ni siquiera decentes gestiones como la de Romano Prodi les ha servido para acabar con uno de los fenómenos políticos europeos más bochornosos desde la segunda guerra mundial, como es la imposible alianza de populistas, xenófobos, postfascistas y pseudo separatistas.

Italia es el país europeo al que más le cuesta renovar su clase política. Por no hablar de sus mensajes, que esconden viejas ideas bajo etiquetas extravagantes.

La victoria de Berlusconi y de Allemanno pone en evidencia la fragilidad y la superficialidad de la oferta electoral de una izquierda confusa. Las derrotas sucesivas de las parejas Veltroni-Rutelli han demostrado que no son mejor alternativa que “il proffesore” Prodi, a quien no fueron precisamente leales. Está acertado el diario económico IL SORE 24 ORE, cuando afirma que el candidato derrotado a la alcaldía romana, Franco Rutelli “paga los errores de un partido sin identidad”.

La derrota en Roma debilita aún más a Veltroni –como Rutelli, exprimer edil de la capital- y confirma la lucha por el liderazgo de una izquierda desdibujada. Será difícil que no cuajen voces de revancha dentro de una constelación que vive en permanente sobresalto.

Las causas de esta doble victoria de una derecha improbablemente solvente son varias. Destaquemos el efecto de la inseguridad, que tanto Berlusconi como Alemanno han explotado sin pudor. El rechazo al inmigrante rumano ha servido de pivote a una campaña del miedo, tan eficaz como antigua. Rutelli sintió la tentación de no parecer débil y se sometió a la dinámica de la puja. Algunas afirmaciones de la campaña del candidato de la izquierda podían haber sido defendidas, más por la forma que por el fondo, por su rival post-fascista.

Algunos diarios italianos sostienen que la clase media ha abandonado a esta izquierda sin color, gris, ambigua y desconcertada, y se ha refugiado en las propuestas de orden. “El deseo de orden, de seguridad y de cambio expresado por los electores ha impedido el equilibrio imposible de una capital que oscilaba entre la magia de los festivales de cine y la periferia abandona a si misma” , escribe CORRIETE DELLA SERA.

LA STAMPA de Turín no es menos cruel: “Con Veltroni se han multiplicado las estrellas, los festivales, las pasarelas, mientras que en los barrios de la periferia se violaba”.

Este clima de inquietud social, de inseguridad ciudadana, de frivolidad y liberalidad han impregnado la gestión de una izquierda ligera, liviana, demasiado pendiente de las modas mediáticas. Veltroni asumió el lema de Obama en las generales, igual que Rutelli trató de civilizar el mensaje de la derecha. Esta falta de identidad ha resultado fatal para ambos.

Recientemente, LE MONDE DIPLOMATIQUE, anticipando las dimensiones del fracaso, pedía una reflexión de fondo a todas las familias de la izquierda italiana. Sería saludable que se produjera, para que Italia dejara de ser el laboratorio europeo de las anomalías políticas.