NI CÁNCER, NI DESGASTE

Éstas eran las elecciones más difíciles para Chávez. Por el desgaste en el ejercicio del poder y por la incertidumbre que provocaba el alcance de su enfermedad. El último de estos factores ha podido tener un efecto paradójico. Teniendo en cuenta que no se conoce el expediente médico del Presidente, o la mayoría de la población ha hecho un acto de fe en la superación del cáncer, o bien el caudal de simpatía parece haber sido más fuerte que las dudas sobre su capacidad de dirigir el país, o incluso de permanecer en el puesto.

La respuesta resulta llamativamente contundente, porque Chávez no ha apuntado a un ‘alter ego’; es decir, no estaba garantizada una sucesión ordenada, al menos sobre el papel. Después de catorce años de ‘quemar’ colaboradores, el puñado de estrechos colaboradores -Jagua, Cabello y Madero- parecen figuras menores, aunque uno de los principales asesores del presidente, el español Monedero asegurara hace unos meses que «la continuidad del trabajo estaba garantizada sin el más mínimo problema».

En todo caso, la impresión de los observadores más atentos es que se ha votado por Chávez y no por el proyecto. El propio Presidente avaló esta interpretación cuando personalizó expresamente en su persona el destino de la ‘revolución bolivariana’. Casi todo el mundo en el aparato de poder chavista sabe perfectamente que la desaparición del ‘comandante’ abriría una crisis importante, de ahí que el asunto de su salud se haya esquivado.

El otro factor que debía haber pesado en contra de la tercera reelección, el desgaste por la permanencia prolongada en el poder, resulta más interesante y complejo de analizar. Los medios occidentales -y muy en especial la mayoría de los españoles- se toman muchas licencias con el caso venezolano -más exactamente con el ‘chavismo’- que no se permiten con otros gobiernos, de la región iberoamericana, al menos. Aparte de Cuba, y por otras razones, sólo encontramos un caso similar: la Argentina de Kirchner (más Cristina que Néstor).

DISTORSIONES PROPIAS… Y AJENAS

A la gestión de Chávez se le aplican epítetos como autoritaria, populista, ineficaz, caótica, excéntrica, impredecible, arbitraria… e incluso, en algunos caso, antidemocrática, cuasi dictatorial, etc. Ciertamente, el llamado ‘modelo bolivariano’ no es ejemplar, desde luego. Tal vez no es lo que su líder o sus exégetas pretenden que es. No es un proceso de ‘liberación del imperialismo yanqui’, ni un proyecto de justicia social, ni la construcción de un socialismo futuro (‘socialismo del siglo XXI). Pero es innegable que el maná petrolero ha servido -también- para reducir la pobreza considerablemente (de la mitad de la población a menos de un tercio: más que en cualquier otro país del entorno) y para dar a la gente humilde servicios de los que nunca había disfrutado (vivienda, sanidad, educación). Y no menos importante: respeto. Con sus altibajos, sus contradicciones enormes, sus inconsistencias estructurales y un despilfarro innegable, el sistema bolivariano ha supuesto un avance para los sectores más vulnerables de la población venezolana.

Finalmente, los críticos del chavismo consienten en reconocer eso. Pero los más recalcitrantes se empeñan en explicar la permanencia del ‘régimen’ durante tres lustros simplemente por el reparto de prebendas, el miedo a las represalias y la eliminación de todos los contrapesos del poder ejecutivo. De todo eso ha habido, pero Venezuela está muy lejos de ser una dictadura. En otros países de la zona se detectan con facilidad elementos muy perturbadores del sistema democrático (por no hablar de justicia social) y no merecen atención crítica semejante a la que se pone en el caso venezolano.

Los enemigos más feroces del chavismo actuaron con relativa facilidad antes y después del chapucero golpe de Estado de 2002. La oposición ha tenido bastantes oportunidades para organizarse, dotarse de recursos económicos y presentarse con opciones relevantes en las citas electorales. Ha fracasado una y otra vez, no porque estuviera perseguida, sino principalmente por sus divisiones internas, sus errores de diagnóstico, la falta de sintonía de sus propuestas con las necesidades populares y la debilidad de sus ‘lideres’. En muchas ocasiones, la oposición a Chávez se había derrotado antes de ser vapuleada en las urnas.

UN NUEVO ESCENARIO

No parecía éste el caso de Capriles. Los medios internos y externos habían conseguido forjar una buena imagen de él. Se ha destacado su corta pero exitosa experiencia política como gobernador de uno de los principales estados (Miranda) o como alcalde de un suburbio de mayoría acomodada cercano a Caracas. Algunos analistas le han llegado a situar en el centro izquierda, quizás porque el viejo partido representante de esta tendencia ideológica, la Acción Democrática del ya fallecido Carlos Andrés Pérez, le ha brindado su apoyo. Sin embargo, un escrutinio serio y preciso de su trayectoria y de sus propuestas no resiste esa adscripción a una versión renovada de socialdemocracia.

En un comportamiento ‘a lo Romney’, Capriles ha ofrecido proyecciones muy diferentes de sus recetas. Y cuando se le ha pedido concreciones o aclaraciones, generalmente se ha salido por la tangente. El mayor valor que los adversarios de Chávez veían en él es que era un candidato, esta vez sí, capaz de ganarle al ‘monstruo’. Veremos si, después de esta última derrota, la oposición será capaz de llegar unida a las legislativas de diciembre.

Las masas más pobres del país que celebran la continuidad de Chávez no pueden ignorar las señales de agotamiento. En su vida cotidiana se dejan sentir los problemas que el ‘socialismo’ en construcción no es capaz de afrontar. Y no se trata de impaciencia. El abastecimiento alimentario, la provisión de servicios públicos esenciales, la inseguridad pública o el funcionamiento regular de la administración no encuentran respuestas solventes, más allá de improvisaciones, golpes de efecto, actuaciones voluntaristas y buenas intenciones. Si a ello unimos el fracaso del régimen en atajar la corrupción -peor aún: la aparición de formas nuevas y más escandalosas del fenómeno-, hay razones para temer que el declive físico del Comandante podría ser corolario de la decadencia del proyecto bolivariano.

Lo peor para Venezuela no ha sido la derrota de la alternancia, sino la incapacidad del régimen para reinventarse, corregir sus excesos, perfilar políticas sólidas y garantizar un ejercicio del poder más institucional y menos personalista. Con respeto absoluto a la identidad nacional y a la trayectoria histórica, pero sin que estos factores -dignos de total respeto- se siguen invocando como coartadas para justificar derivas de mal gobierno.