Los resultados de las elecciones legislativas del 26 de septiembre podrían, en una inesperada paradoja, significar justamente lo contrario. Eso, naturalmente, si Chávez hace la lectura correcta. No la que pretenden sus adversarios ni la que él sostiene públicamente («suficiente para profundizar en el socialismo»), a estas alturas de experiencia revolucionaria. Chávez ha demostrado ser un superviviente y, aunque a muchos les resulte difícil de aceptar (o de tragar), un político mucho mejor que el resto de los de su generación.

¿UN NUEVO ANTICHAVISMO?

Nada hay más fácil que el antichavismo. Desde este lado del atlántico y al norte del Caribe, se percibe o proyecta al presidente venezolano como un populista afortunado y extravagante, con instinto autoritario (si no dictatorial) casi irrefrenable y un disparatado programa político sin más futuro que el despilfarro económico, la tensión social y la quiebra nacional. Un heredero, en demasiadas ocasiones esperpéntico, del líder cubano, Fidel Castro.

Con ese discurso, la derecha y una cierta izquierda latinoamericana y europea (qué decir de los deslegitimados burócratas norteamericanos!) no sólo han fracasado en su intento de acortar lo que consideran una insensata deriva venezolana. En realidad, lo han reforzado. A Chávez se le ha llamado dictador con un desparpajo vergonzante y se le ha negado el más modesto reconocimiento público de algunos logros, por matizables o discutible que hayan sido. Se han apoyado, consentido o alentado operaciones claramente antidemocráticas en contra del proyecto bolivariano, por torpeza, impotencia, arrogancia y precipitación. Y sin apenas sustento en el interior del país. La inexistencia de oposición efectiva no se ha debido a la represión, a la persecución de disidentes o a un clima de intimidación estructural. En Venezuela, estos últimos años, ha habido abuso de poder, intolerancia, purgas de propios y descalificación sistemática de los descontentos. Pero la principal enemiga de la oposición ha sido la oposición misma. El último rival de Chávez en las elecciones presidenciales, Manuel Rosales, sencillamente no daba la talla. Populista a rabiar, incapaz de conectar con el pueblo y carente de confianza incluso entre esas clases medias que desprecian a las bases sociales del chavismo y continúan mostrándose incapaces de analizar sus comportamientos y actitudes durante décadas de despilfarro, corrupción e insensibilidad. No está claro que los dirigentes que emergen de las legislativas construyan una alternativa suficientemente sólida.

BALANCE CONTRADICTORIO

De la misma forma que la oposición se ha estado derrotando y deslegitimando a si misma desde 1998, algo parecido puede ocurrirle ahora a Hugo Chávez. Se ha metido en el laberinto de una revolución a veces atrabiliaria y con frecuencia vocinglera, ha malgastado parte de un enorme caudal social y se enfrenta ahora a un riesgo alto de bancarrota. Chávez ha quemado a decenas, centenares de colaboradores, buenos y malos, ejemplares e impresentables, pero a todos con pareja arbitrariedad.

En vísperas de las últimas elecciones presidenciales pude recorrer varios barrios pobres de Caracas y comprobar el enorme entusiasmo que la experiencia socialista estaba despertando. A pesar de sus inevitables contradicciones y defectos, los programas sociales del chavismo -las misiones- mejoraron la vida de miles de humildes ciudadanos (en educación, en sanidad, en otros servicios sociales), tras una criminal degradación durante varias décadas de invisible prosperidad petrolera. Ya entonces, sin embargo, eran muy perceptibles los riesgos de un agotamiento del entusiasmo sin que la «revolución» hubiera consolidado un rumbo acertado, un programa sólido y unos dirigentes lúcidos. Las bases empezaban a inquietarse por la demora en abordar los problemas que habían corrompido el servicio público venezolano durante tantos años. Se confiaba en Chávez, pero no tanto en los chavistas de ocasión, que estaban más preocupados en adular al jefe que en presentar las necesidades populares de forma realista y solvente.

El deterioro en estos últimos cuatro años ha sido imparable. La recesión económica ha desnudado las debilidades del discurso chavista y lo han dejado en evidencia. Es demagógico decir que Chávez no ha acabado con la pobreza, porque hubiera sido imposible hacerlo, incluso para el gobernante más lúcido y responsable. Lo malo es que los logros obtenidos pueden derrumbarse con más rapidez que se edificaron. La criminalidad asociada al incremento del desempleo no es un fenómeno del chavismo sino una enfermedad endémica del país. Pero los sucesivos responsables de orden público han dedicado más energías a denunciar la indudable manipulación de los datos y de la naturaleza del fenómeno que a afrontar sus raíces y a mitigar o debilitar sus apabullantes manifestaciones.

FUTURO IMPREVISIBLE

Es difícil augurar si Chávez tiene espacio, tiempo y estómago para una rectificación inteligente y revalidarse como Presidente en 2012. Si puede o si quiere. Puede continuar emborrachándose con las proclamas o repetir desafíos perjudiciales como gobernar por decreto hasta que se constituya el nuevo Parlamento. Tiene acreditado un dudoso gusto por la precipitación. Sentirá una fuerte tentación de pisar a fondo ahora, para neutralizar a la oposición antes de que ésta tome asiento en el legislativo renovado, es fuerte. Pero podría ser el error más grande de Chávez. Quizás se debe a su instinto militar, pero Chávez propende a atropellar verbal y políticamente a la oposición en vez de afrontarla y desafiarla a que muestre su alternativa para señalar sus debilidades y contradicciones.

Si Chávez estuviera bien asesorado, si demostrara templanza y claridad de juicio, aprovecharía este resultado -que aún le proporciona un envidiable margen de maniobra- para cambiar de estilo, sin renunciar a sus objetivos. En la oposición se reúnen propósitos y planteamientos muy dispares. Algunos, por cierto, son muy aprovechables y fortalecerían la causa de los más vulnerables si fueran tratados como potenciales colaboradores y no como rancios lacayos del imperialismo y la reacción.

En una ocasión le preguntaron a Perón, durante su exilio, que haría para regresar al poder. El general, sardónico, respondió: «Nada: todo lo harán mis enemigos». En parte, algo así ocurrió. Argentina vivió un dramático tardoperonismo, más por los despropósitos de sus enemigos que por méritos propios. A Chávez le puede ocurrir lo contrario: que sus adversarios lo desalojen del poder no por el vigor de sus propuestas políticas, sino por la persistencia en una actuación desnortada.

El presidente venezolano necesita otra estrategia, otro discurso y otra conducción. Los más pesimistas creen que si aceptara este diagnóstico y corrigiera el tiro no sería él, de forma que esa disyuntiva resulta imposible. Para dar sentido y valor a una revolución progresista liberadora, Chávez tendría que librar la batalla más difícil de su vida: vencerse a sí mismo.