La tradicional desconfianza de los políticos hacia los españoles es cada vez más aguda. Los españoles, sus necesidades y exigencias molestan. Las razones de Estado, la alta política, los intereses del país, son metáforas que esconden una realidad tan mezquina que duele. La desafección de los políticos por la política es cada vez más intensa. Su máxima aspiración son las mayorías absolutas: un estado perfecto de no-política. La política es negociación, buscando el punto medio que da el equilibrio. Tenemos unos políticos que desconfían de los ciudadanos, y que aspiran a «pequeñas dictaduras» de cuatro años. Ahora vivimos el último ejemplo.

Lo de Rajoy y su Gobierno es peor que la peor pesadilla que imaginarse pudiera. Nadie en su sano juicio hubiese pensado ese regreso de Dios, la Patria y tantos otros valores de destrucción masiva. Todos juntos, campando bajo la mirada de un Rajoy del que sabemos por qué calla. Está muchísimo más guapo, electoralmente, callado. Las protestas se etiquetan desde el principio con verbo franquista: grupúsculos (curiosa palabra que daría para una tesis) violentos o jóvenes con antecedentes (los ficharon en la anterior manifestación). Y, evidentemente, van a más, conforme la crisis continúa y la respuesta de la derecha es amordazar a quien protesta. Lo de siempre y que ya vivimos: la policía (trabajadores públicos al fin y al cabo) y los jóvenes se parten la cara y la cabeza en las calles. Hay un paralelismo curioso entre esos policías cuyos mandos dejaron solos y rodeados, y los jóvenes que les rodeaban, a los que también han dejado solos y abandonados en las cunetas de tantas carreras.

Y en este mundo dónde la seguridad levanta banderas y barricadas se culmina una fase. En lo que las tendencias mundiales apuntan, una de las principales tensiones políticas son el nacionalismo y el localismo. Es una fuerza motriz que corta en blando: trasversal a las clases sociales, con empresarios y obreros de la mano. Superada la cleavage principal, que es la dominación socioeconómica, la lucha identitaria campa por doquier. Además, tiene su aquel progresista y romántico. ¿Quién no quiere ser un Lord Byron con faldita corta, luchando por la independencia de Grecia? Bueno, yo no. Pero para mí, si fuera nacionalista, sería el no va más. Es una de las ventajas de ser nacionalista: siempre tienen a mano ropas muy exóticas y bordadas, aunque debemos reconocer que no siempre sientan bien. Todo hay que decirlo. Y así en Escocia, el Véneto, Cataluña y todo lo que vendrá. Es maravilloso este capitalismo financiero transnacionalizado que, por si acaso, no le vienen mal Estados cada vez más pequeños, fragmentados y excluyentes. Balcanizar el mundo. Justo lo contrario de Orwell (con los grandes bloques inspirados en la época). Parece una pesadilla de la historia: ¿avanzaremos hacia un capitalismo internacional con una expresión política feudal?

Ucrania es el punto de inflexión. Pero, antes, permítanme que estire un poco las neuronas. Yo me preguntaba (a lo Burning), qué hacen algunos países postcomunistas en un sitio como este, en la Unión Europea. Muchos de ellos son anocracias dominadas por élites económicas, con inestabilidad, corrupción y tensiones antidemocráticas continuas. Los datos dicen que, en el mundo, las anocracias han pasado de ser unas veinte a más de cincuenta. Y entrar en la Unión Europea, con lo que nos costó a los del sur. Nos costó la leche en cuotas, como mínimo, y Marín lo sabe. La Unión Europea era sinónimo de club de los demócratas «guais». Algo perfecto para el club de las dictaduras muertas (Grecia, Portugal y España). Por eso, todos estos países post, ingresando a las bravas, sin reconocer el acervo europeo y tomándose el medioambiente a chicota y muchas cosas más…

En su momento, ingenuamente pensé que era una cuestión de mercados. También una cuestión de potencia europea. En algún documento de los 90 se preguntaban, ¿dónde termina la Unión Europea? ¿Es un concepto geográfico o político? ¿Acaso Israel no está ya en Eurovisión? Había quien proponía que una cosa era la Europa geográfica y otra la Unión Europea dónde no se ponía el sol. Podíamos crecer hasta más allá. Mientras nos dejaran…

Desde el punto de vista de la Federación Rusa, las incorporaciones masivas a la Unión Europea fueron realmente anexiones en caliente con cobertura demócrata. Su efecto, cercar y limitar el área de influencia rusa. Ahora en Crimea le han tocado los bemoles. Ya veían venir la anexión de facto, mediante acuerdos comerciales, políticos y de esas cosas. Y para anexionártela tú, me la quedo yo. Sobre todo estando los barcos en el agua. Las ampliaciones de la Unión Europea hacia los post no eran solamente apoyo a las democratizaciones. Era geopolítica pura y dura. Y en esa lógica global, la propia Unión Europea paga las consecuencias. La fragilidad del sistema político es muy elevada (en Bulgaria, Rumanía, Hungría, etc.). Su peso en el Gobierno de la Unión Europea relevante (¿Recuerdan los episodios con los hermanos polacos?) Las barreras a la movilidad intraeuropea (la joya de la corona de la Unión) se excusan en búlgaros y rumanos. Ahora que ya pagamos las consecuencias, solamente quedan las incorporaciones precipitadas de los Estados balcánicos. No sea que les dé por pedir asilo en Rusia…