China cambia de líder y de liderazgo. Estamos ante la primera generación de dirigentes que no han vivido la Revolución. La pregunta es: ¿cambiará China?, ¿se adoptarán reformas relevantes?, ¿se producirá una reorientación del antiguo ‘Imperio del Centro’?

UN PERIODO DE INCERTIDUMBRE

Analistas internos y externos predicen un periodo de incertidumbre, lo cual no tiene por qué implicar cambios, sino todo lo contrario, un cierto atrincheramiento, si los gestores máximos no se sienten seguros para emprender auténticas reformas. La jerarquía china, con notables excepciones, no gusta de los vuelcos políticos. Es un poder intrínsecamente conservador. Cierto es que en el último medio siglo hemos asistido a dos periodos de transformaciones radicales: la ‘Revolución Cultural’, a mediados de los sesenta; y el giro radical posterior hacia el ‘socialismo de mercado’, a finales de los setenta. El segundo proceso fue, en parte, reacción al primero: una rectificación enorme motivada por las dimensiones cataclísmicas del periodo anterior. Pero en los últimos treinta años, la llamada ‘doctrina Deng’ ha ido enterrando los residuos revolucionarios. El ‘pensamiento Mao Zedong’ es hoy apenas una referencia emocional y puramente decorativa.

En China ha triunfado el ‘socialismo de mercado’; o mejor, el ‘capitalismo de Estado’. Casi nadie con poder e influencia en el país lo cuestiona. El grupo de dirigentes que acaba de cumplir su ciclo deja a China como segunda potencia económica mundial indiscutible, con capacidad para condicionar y amenazar la hegemonía de la única superpotencia y a las puertas de conquistar una posición de supremacía militar en su área geográfica natural. Según datos oficiales, el PIB se ha multiplicado por cinco en una década gracias a un índice de crecimiento estable en torno al 10% anual. La renta de las poblaciones urbanas se ha triplicado con creces. En las zonas rurales se ha producido también una prosperidad apreciable, pero al partirse de una situación muy pobre, los datos no son tan significativos.

Pero Hu Jintao (Presidente y Secretario General) y Wen Yaobang (Primer Ministro) no han podido reconducir los aspectos más inquietantes de este modelo de crecimiento, basado excesivamente en el ímpetu de las exportaciones, sin un aumento equivalente del poder de compra interno. Como era de esperar, los efectos de la caída de demanda global ha terminando por lastrar el crecimiento chino, lo que ha obligado a programas de estímulo.

Además, ese modelo no ha generado una prosperidad equitativa. La riqueza ha crecido, pero no se ha repartido. La brecha social es descomunal, debido a una desigualdad galopante, la mayor del mundo, según el índice ‘Gini’, aunque las autoridades chinas hayan suspendido su publicación. Las políticas sociales compensatorias son débiles aún. Como ejemplo, la inversión en salud, apenas un 5% del PIB, no ha aumentado proporcionalmente.

Por todos estos motivos, China es hoy un Estado en conflicto, permanente y creciente. Las huelgas y protestas se han duplicado en los últimos cinco años, a pesar de la represión de toda índole, la censura y opacidad informativas. El peso aún excesivo de la propaganda como narrativa dominante ya no oculta, ni a los menos avisados, la gravedad de los problemas. El deterioro medio ambiental adquiere dimensiones de emergencia (el consumo de carbón se ha duplicado, con las consecuencias contaminantes conocidas).

El otro elemento desestabilizador, por su dimensión, es la corrupción, que amenaza con gangrenar todo el sistema, como advirtió el propio Hu en su discurso de despedida ante el Congreso comunista. El caso Bo Xilai sólo es una muestra, escogida e interesada, del desprestigio de la clase política.

Y, además de eso, la apertura política es nula. No hay ‘brotes verdes’ de democracia en China. Hay cierto lustre mediático, muy controlado, manejado con mano firme. Las confrontaciones políticas se siguen resolviendo en clave de intrigas, juegos de influencia muy opacos, una práctica muy insidiosa del consenso entre los distintos sectores de poder y una ausencia absoluta de participación ciudadana. Como sostiene Liu Xiobo, profesor en Columbia, la práctica del poder en China se cierne a un reequilibrio de intereses entre las familias. Más que el partido, la ideología o la visión, el factor determinante en el ejercicio del poder es la red de conexiones. Un alimento imparable para la corrupción.

CONJETURAS SOBRE LOS NUEVOS ‘PRINCIPES’

Xi Jinping y Le Keqiang formarán el nuevo tándem dirigente. El primero seguirá siendo un ‘primun interpares’ y el segundo una especie de ejecutor de las grandes líneas políticas. Este dúo encarna el gran pacto político entre las familias. En un principio, el favorito de Hu Jintao para sucederle al mando era Le Keqiang, pero éste contaba con menos apoyos y un curriculum familiar menos glamuroso. Por el contrario, Xi Jinping gozaría del invaluable apoyo de la ‘gran familia militar’, presenta una biografía muy conveniente como ‘victima’ resistente de la Revolución Cultural y goza del respaldo del poderoso clan de Shanghai, donde ejerció hace años como líder del PCCH (liderado por el todavía muy influyente ex-Presidente Jian Zeming).

Los analistas escudriñan en las manifestaciones de Xi sus intenciones venideras. Pero, como pragmático a ultranza que parece ser, no serán sus ideas la base de sus actuaciones, sino la capacidad de amoldarse a las circunstancias y a las imposiciones de la realidad. Se cree que, por sus conexiones con el mundo militar, respaldará una política más nacionalista; es decir, una retórica de reivindicaciones territoriales, especialmente en las áreas insulares. China mantiene fronteras más o menos conflictivas con buena parte de sus catorce vecinos. El reciente incremento de las tensiones con Japón, Vietnam o Filipinas por el control de los islotes de los mares del Sur y Este han hecho palidecer lo que, hoy por hoy, constituye la gran espina clavada en el orgullo chino: la escisión de Taiwan, la antigua China nacionalista. En los últimos tiempos Pekín ha conseguido entablar relaciones más constructivas con Taipei, pero no es un tema que cualquier dirigente chino puede dar por resuelto hasta que no se consume la reunificación del país.

Es probable que los problemas derivados de una probable ralentización económica tiente a los nuevos dirigentes chinos con la fabricación de cortinas de humo exterior y se generen escenarios artificiales -o naturales, aunque exagerados- de crisis externas para desviar la atención. Tampoco sería descabellado lo contrario: que la dimensión de los problemas, y la falta de canales políticos adecuados maniaten al régimen y lo obliguen a una introspección no deseada. En otras palabras, que las ‘guerras internas’ neutralicen las ‘aventuras exteriores’.

En sus relaciones externas, China no sólo tendrá que lidiar con la renuencia de los vecinos a dejarse imponer una lógica de superpotencia ávida de poder. Lo más decisivo será, como señala THE NEW YORK TIMES, la naturaleza de sus relaciones con los Estados Unidos, que acaba de emprender un viraje estratégico irreversible hacia la zona de Asia y el Pacífico.

Como señalan Nathan y Scobell en un reciente artículo para FOREIGN AFFAIRS, China vive una contradicción insalvable: la atracción de numerosos cuadros de sus élites actuales y futuras hacia el modelo económico y cultural de Estados Unidos (el propio Xi, en cierto modo, con sus años de estudio y formación allí) y la creencia, ampliamente extendida en la jerarquía china, de que la superpotencia capitalista no es sincera en sus protestas de colaboración y sólo pretende controlar y, en último término, abortar la aspiración china de liderazgo mundial e incluso regional.